La salud del rector, Nicolás Avellaneda

Nicolás Avellaneda prefería presentarse como ex rector de la Universidad de Buenos Aires antes que recordar que había sido Presidente de la Nación.
No era para menos: había iniciado su gestión con la revuelta de Mitre contra el fraude electoral que lo consagró presidente en 1874 y finalizó su mandato en medio de la revolución de 1880, que lo había obligado a mudarse al pueblo de Belgrano, convertido en efímera capital de la República, por los duros enfrentamientos que caracterizaron los combates con las tropas de Carlos Tejedor.
En Belgrano, Avellaneda se sumó a las tropas dirigidas por Julio Argentino Roca, su coprovinciano, que también sería su sucesor. Estos enfrentamientos, hoy olvidados, costaron la vida de tres mil personas.
Era el final poco feliz de un gobierno signado por las obligaciones contraídas por otras administraciones. Así las cosas, Nicolás Avellaneda se había visto obligado a gobernar sobre “el hambre y la sed” de los argentinos a fin de afrontar los pagos del servicio de la deuda (que entonces se cobraban con cañoneras y no con discusiones técnicas con el FMI).
La administración de los escasos recursos le aparejó infinidad de problemas que pudo sortear, no sin dificultades, ya que tenía la obstinada oposición de los seguidores de Bartolomé Mitre, con quien se vio obligado a negociar a lo largo de su mandato.
Por esta y otras circunstancias que son largas de explicar, no tenía un buen recuerdo de su presidencia. Siempre decía que los años más felices de su vida fueron los que desempeñó al frente de la casa de altos estudios.
Avellaneda no tuvo una vida fácil. El día que cumplió cinco años, su padre, Marco Avellaneda, fue degollado salvajemente en Metán por adherir a las huestes de Lavalle. Perseguido desde la derrota de Famaillá, fue arrestado y condenado a esta horrible ejecución, hecha con alevosía.
Su cabeza fue expuesta sobre una pica en la plaza de Tucumán y con su piel, los secuaces de Rosas, comandados por el ex presidente uruguayo Manuel Oribe, se hicieron unas maneas. Este gesto de barbarie ilustraba a las claras el destino que les esperaba a los opositores.
“El infortunio hace precoces a los hombres”, decía Avellaneda, quien bien sabía de qué decía porque fue el más joven de los presidentes argentinos.
Era un hombre menudo que usaba botas con tacones más altos para disimular su mínima altura. Por tal razón, sus opositores lo llamaban “Taquitos”.
Excelente alumno, se graduó en Derecho y pronto ingresó al gobierno de manos de Sarmiento, de quien fue ministro y sucesor.
Durante su presidencia, la cabeza de su padre, que había sido robada por una amiga de la familia, Fortunata García de García, le fue devuelta y pudo entonces enterrarla en el cementerio de la Recoleta, bajo una lápida que recordaba “a los seides de Rosas”, neologismo inspirado en ‘Seide’, el servidor de Mahoma, como sinónimo de los serviles sicarios del Restaurador.
Avellaneda logró la repatriación de los restos del general San Martín, quien desde hacía treinta años esperaba volver a la patria que había asistido a liberar. No solo fue un acto de justicia: fue una hábil maniobra política para acercarse a Bartolomé Mitre, su más tenaz opositor. Este acababa de publicar su historia de San Martín y ¿qué mejor forma de trazar una alianza con su opositor político que convertirlo en el referente de este evento?
En la oportunidad, Avellaneda sostuvo que los pueblos “que se apoyan sobre tumbas gloriosas son los que mejor se preparan para el porvenir”.
Hacia 1884, la salud de Avellaneda se resintió, afectado por un severo problema renal que se le había declarado poco después de dejar la primera magistratura. Muy probablemente una nefritis había alterado el funcionamiento renal, aunque en esos tiempos era difícil determinar las causas porque no existían los reactivos actuales.
Como no había una propuesta superadora de los médicos locales, decidió viajar a Europa en búsqueda de una solución para sus problemas. Antes de partir combatió la ley de educación laica, tema sobre el que tanto había debatido con su amigo Eduardo Wilde, por entonces ministro del Interior del gobierno del general Roca.
Avellaneda era un devoto cristiano y creía, como tantos otros —incluido Pedro Goyena—, que quitar la educación de la esfera religiosa no sería beneficioso para las próximas generaciones. Esa era una perspectiva muy difundida en su tiempo.
En París, además de la atención de otros célebres facultativos como Germán Fer, asistió a la consulta del doctor Luis Güemes, nieto del general salteño, que estaba perfeccionando sus estudios en Francia. En realidad, volvió a estudiar toda la carrera y, cuando retornó al país, el doctor Güemes se convirtió en el “médico de los presidentes”, pues varios magistrados recurrieron a su autorizada opinión.
Poco se podía hacer por Avellaneda y su afección: la enfermedad de Bright (término que hoy ha caído en desuso para denominar la nefritis o glomerulonefritis) solo podía tratarse con una dieta estricta y reposo. Esta afección renal podría haber sido ocasionada por infecciones como la escarlatina, o enfermedades autoinmunes, diabetes e hipertensión.
Sintiéndose morir, por empeoramiento del edema y un malestar generalizado, quiso hacerlo en su patria, a la que tanto le había dado, aunque ella no siempre lo retribuyera con la misma moneda.
En noviembre de 1885 se embarcó en el vapor Congo. Frente a las costas de Uruguay perdió las esperanzas de ver por última vez las luces de la ciudad de Buenos Aires e hizo llamar al padre Letamendi —cura de Canelones, embarcado en la misma nave— para confesarse en presencia de su mujer, Carmen Lóbrega. Recibió la extremaunción y murió en brazos de su querida esposa y del doctor Aristóbulo del Valle, que se hallaba presente en ese momento.
Su cuerpo fue preservado hasta llegar a Buenos Aires, donde fue enterrado en el cementerio de la Recoleta junto a los restos de su padre y, más tarde, con los de su hermano Marco, que fue senador por Tucumán por más de una década.
“Solo se aprende a pensar pensando, a trabajar trabajando y a ser libres usando la libertad”, sostenía Nicolás Avellaneda, un gran argentino.
Les deseo de corazón a todos mis sufridos lectores que tengan un excelente 2026.