DISPUTAS, AMENAZAS Y AUSENTES EN EL DEBATE DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
La radicalización de la memoria
Tras la cancelación de un congreso en Sevilla, el profesor Miguel Ayuso recuerda la complejidad del hecho histórico que se pierde en las discusiones presentes y cuestiona el silencio sobre el carácter religioso de la contienda. Las heridas fueron reabiertas y exacerbadas, afirma. Hoy no hay diálogo posible.
El próximo 18 de julio se cumplirán 90 años desde el inicio de la Guerra Civil española y el aniversario viene precedido por la polémica. Las jornadas de debate 1936. La guerra que perdimos todos, que iban a celebrarse en Sevilla del 2 al 5 de febrero, dirigidas por el escritor Arturo Pérez Reverte, debieron ser canceladas tras una ola de deserciones, presiones para vaciarlas de oradores y amenazas violentas, y en medio de denuncias contra los organizadores por el supuesto intento de “blanquear el franquismo” al invitar a “personajes extremos” con quienes es un “riesgo razonar”. Escándalo y violencia, intolerancia e intimidación que no solo eclipsaron el ciclo ‘Letras en Sevilla’, pospuesto ahora para octubre, sino que proyectan una sombra sobre España toda.
La disputa se inició cuando el escritor español David Uclés, que había comprometido su participación en el debate público, que se pretendía “ecuménico”, cambió de opinión y anunció que no asistiría para no compartir cartel con el ex presidente José María Aznar y con Iván Espinosa de los Monteros, de Vox, en sus antípodas ideológicas, según consideró. Detrás de su desaire, otros ponentes siguieron sus pasos: la portavoz del socialismo en Andalucía María Márquez, el coordinador de Izquierda Unida Antonio Maillo y la investigadora Zira Box, doctora en sociología.
“¿Solo queremos participar en encuentros ideológicamente afines?”, exclamó Zira Box, en medio de otras denuncias del “movimiento memorialista”.
¿Se radicaliza la memoria histórica? ¿Se quiere imponer la intimidación y el silencio para galvanizar una narrativa? ¿Hay una regresión en la vida política española?
Para asomarse a lo que hay detrás de esta controversia, para “tomar la temperatura” a España, La Prensa entrevistó al doctor Miguel Ayuso, profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Pontificia Comillas, eminente pensador tradicionalista.
El profesor, que escribió más de una treintena de libros y es director de la revista Verbo, de formación cívica y acción cultural según el derecho natural y cristiano, acababa de regresar a su país desde México, donde organizó un importante congreso sobre el centenario de la guerra cristera, y estaba a punto de partir hacia París, por lo que pidió ir respondiendo por escrito en sus ratos libres entre ambos compromisos. En abierto contraste con las opiniones maniqueas y simplificadoras que prevalecen en el presente, Ayuso se detiene en su reflexión en la amplia gama de matices y divisiones que hubo desde el inicio del alzamiento, y en la mayor complejidad que tuvo luego durante el conflicto armado, para luego admitir que las heridas de la guerra, que se habían suturado, hoy fueron reabiertas y exacerbadas, hasta el punto de que no hay diálogo posible.
- ¿Son verdaderamente posiciones tan irreconciliables, como se dice, las que iban a presentarse en el ciclo ‘Letras en Sevilla’? ¿Son tan “ecuménicas” estas convocatorias? ¿Cómo entender la disputa? ¿Hay una sobreactuación calculada? ¿Cómo lo ve usted?
- La guerra de España ha dado lugar a una literatura más abundante incluso que la de la segunda guerra mundial. Desde luego fue un acontecimiento que, en su momento, levantó pasiones que el paso del tiempo −como se ve− no ha extinguido del todo. Se trató de un fenómeno bien complejo. Y las posturas de ambos bandos no fueron siquiera internamente unitarias. En el lado de los vencidos se hallaban los revolucionarios (divididos además en social-comunistas y anarquistas) que cometieron toda suerte de tropelías. Eran propiamente los «rojos».
También había «republicanos», por lo común de izquierda, que contribuyeron a encubrir a los primeros y su predominio. Pero también el bando vencedor carecía de unidad. Para empezar, estaba el Ejército, o una parte del mismo, pues se dividió, aunque la orientación de unos y otros no fuese muy diferente. Los militares tienden a ser conservadores, aunque liberales, y la mayor parte habían tenido relación con la masonería. Franco, por ejemplo, se sumó in extremis y su primera proclama terminaba exaltando «la igualdad, la libertad y la fraternidad», junto con el grito «¡Viva la República!». En sus primeras declaraciones tras ser elegido «jefe del gobierno del Estado» (título del que suprimió de manera nada inocente a la hora de su publicación en el Boletín oficial las palabras "del gobierno») postuló la «separación de la Iglesia y el Estado".
La Falange, que al inicio de la guerra era minúscula, quiso incluso llegar a un acuerdo con el socialista Indalecio Prieto, que no lo tomó en serio, para reconstruir una buena República. No era el caso de los carlistas, los primeros y principales conspiradores entre los civiles, quienes no sólo combatían el comunismo sino el laicismo liberal. Por eso protestaron, junto con el cardenal Gomá, las manifestaciones que acabamos de mencionar de Franco. No se habían lanzado al combate para mantener el Estado laico.
Los demócrata-cristianos de la CEDA y El Debate, por su parte, habían hecho todo lo posible para afianzar la República, pero a la hora de la verdad −con el disgusto de su inspirador Ángel Herrera Oria, estudiante de teología en el Friburgo suizo− se sumaron al bando nacional mayoritariamente, a comenzar por su jefe político José María Gil Robles.
En el nivel internacional el campo católico también se escindió. Una franja no pequeña, con Maritain al frente, se opuso al alzamiento. Mientras que otra adhirió al mismo. Si el alzamiento fue producto de la iniciativa de una parte del Ejército sostenida en buena medida en el norte por las milicias carlistas, decisivas en un primer momento, la guerra fue un fenómeno más complejo. Muchos hubieron de combatir en el lugar donde les tocó, al margen de sus convicciones, si bien algunos trataron de pasarse y se pasaron de hecho al bando que les era congenial. La Falange, así, irrelevante al inicio, se llenó de militantes de procedencia izquierdista.
De ahí que los carlistas se refirieran a ella como «Refugium peccatorum». En la guerra hubo también desmanes en ambos bandos, principalmente en la retaguardia, con asesinatos y ajustes de cuenta. Y es que la guerra conoce el heroísmo extremo junto con la explosión de las pasiones más viles. Del lado rojo hubo una persecución religiosa inaudita, con doce obispos y siete mil sacerdotes y religiosos asesinados. La dimensión enorme de tal masacre adquiere sus perfiles más netos cuando se compara con la Cristiada mejicana, por ejemplo, en cuyo centenario estamos, y donde la cifra mayor que se da de clérigos asesinados no llega a trescientos.
Tras el fin de la guerra la represión de los vencedores fue dura, pero en todo caso judicializada. Los consejos de guerra fueron severos, y muy severos, en un primer momento, pero las penas de muerte efectivamente ejecutadas por lo común vinieron referidas a delitos de sangre, muchos horribles. Las penas impuestas, como digo muy severas, pues no en vano se trataba de una guerra civil de tres años, fueron reducidas por diferentes mecanismos muy pronto. Menos de diez años después puede decirse, en general, que se había logrado la normalidad. Y los vencidos, y sus hijos, se habían integrado en la vida civil, incluso en la Administración pública, con normalidad.

El régimen de Franco, que es otra cosa distinta del alzamiento y la guerra, se caracterizó sobre todo por buscar la supervivencia y, en consecuencia, se metamorfoseó según las circunstancias. Si fue hitleriano hasta 1942, luego hizo guiños a los ingleses para firmar pronto unos acuerdos de sumisión a los Estados Unidos en 1953. La democracia cristiana de la Asociación de Propagandistas, la de Ángel Herrera, convertido ahora en acérrimo defensor de Franco en virtud de su tesis del acatamiento a los poderes constituidos, se repartió el poder con una Falange pasada por agua y, luego, con el Opus Dei emergente. Repárese que, en 1964, al cumplirse los veinticinco años de la Victoria, la campaña maquilló las cosas bajo el lema «XXV Años de Paz». La operación de Cuelgamuros, llamada «Valle de los Caídos», también tuvo esa significación. De manera que la reconciliación adquirió un protagonismo singular. La llamada «transición», producida a la muerte de Franco, no fue sino continuación de la que él mismo protagonizó en vida. En resumen, y perdón por la extensión, pareció que la herida de la guerra se había ido suturando ya durante el régimen de Franco, para completarse a su muerte. Algo ha pasado después para que luego el proceso se revirtiera...
- En efecto, ¿qué ha pasado? ¿Qué significa que ni siquiera este tipo de diálogos puedan darse en España?
- La política de Franco y la que siguió a su muerte se basó en cerrar las heridas, como acabo de decir, pero sobre bases no necesariamente sólidas. Franco estaba persuadido, así se lo dijo al general Vernons Walters, enviado por el presidente Nixon, de que su legado principal era la creación de una clase media que impediría una nueva guerra, y que a su muerte España sería una democracia más, homologable con las demás, con partidos, divorcio, aborto… Así lo contó Walters en sus memorias y es perfectamente verosímil.
El régimen de 1978, fecha de la Constitución todavía vigente, tuvo su origen en una maniobra jurídico-política por la que la «reforma» se tornaba «ruptura». Pero ambas no son compatibles, de manera que encubrían un engaño. Una Constitución sin principios podía permitir en un primer momento seguir los procesos del franquismo, aunque la política democrática es más incompetente por lo común que los de las dictaduras de desarrollo. Pero, a la larga, el aprendiz de brujo iba a empezar a causar estragos.
El Partido Socialista, verdadero culpable de la guerra, pues es quien se arrojó en brazos de la revolución en 1934, en la revolución de Asturias, cambió sus élites al inicio del siglo XXI. Rodríguez Zapatero entendió que azuzar el resentimiento le podría traer réditos electorales. Abanderó la recuperación de la política de su partido durante la guerra. Cosa que, del otro lado, el Partido Popular no estaba dispuesto a hacer, siguiendo a pies juntillas el catón de la reconciliación. Eso le llevó, inadvertidamente, a tener que condenar el alzamiento de 1936 y el propio régimen de Franco. Del que venía, aunque en verdad también buena parte del Partido Socialista. El Partido Comunista, que participó de la operación de la transición, desapareció en el marasmo de una nueva izquierda, en el fondo «radical», nihilista, cuyo foco era una revolución cultural y moral más que económica.
Los partidos nacionalistas regionales, finalmente, pudieron al principio ser leales a medias en el nuevo contexto, pero pronto pisaron el acelerador separatista. La situación de división es más profunda y peor que la anterior a la guerra. Sólo cambian las condiciones socio-económicas, esa clase media de la que se enorgullecía Franco, pero en trance de depauperación, y un amoralismo pacifista campante, que parecía acantonar las diferencias para que la sangre no llegara al río. Lo ocurrido, y que usted ha evocado, deja en claro que no hay diálogo posible en España. Y eso que apenas hay quien reivindique la posición de los combatientes del bando nacional. Aznar y Espinosa de los Monteros, quien por cierto ha sido purgado de Vox, a quienes usted mencionaba antes, no van a defender siquiera esas posiciones.
El falangismo, en este punto, en realidad como en todo, no tiene un pensamiento claro. Sólo el Carlismo, aunque minoritario, sostiene el carácter religioso de la guerra y, en consecuencia su justicia, aunque en la misma se produjeran abusos y no se solidarice con el régimen que vino luego. Esto es lo verdaderamente significativo. Que en las frustradas conversaciones de Pérez Reverte no iba a participar nadie que defendiera una posición neta, sino a lo sumo denunciar la legislación de la «memoria histórica» y luego de la «memoria democrática», que han enconado todo rompiendo el modelo irenista del último franquismo y de la transición.
- A Franco hoy pueden exhumarlo y hasta pueden profanar un lugar sagrado como la basílica del Valle de los Caídos sin que nadie se los impida. ¿A qué le teme entonces la izquierda en estos diálogos? ¿Le teme a que se «blanquee al fascismo y al franquismo», como dijo Uclés? ¿Qué es lo que estamos viendo? ¿Un blanqueamiento del franquismo o una pretensión de la izquierda de ahogar a la disidencia sobre este tema, un intento por obtener mayor impunidad para fijar cómo debe ser la memoria histórica?
- Igual, le sorprende, pero en relación con el llamado Valle de los Caídos debo aclarar algunas cosas. Ya en 1940, el general Franco había decretado la construcción de un monumento en honor a los «héroes y mártires de la cruzada». En 1957 se materializó en una abadía benedictina y una basílica, que forman parte de la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.
Sin embargo, se produjo un cambio importante: el monumento sería el lugar de descanso de todos los caídos y no sólo de los vencedores. Si por un lado se trataba del perdón cristiano, por otro era la política irenista que se impulsaba en aquella época. Y se enterraron en sagrado los restos de los muertos en la guerra pertenecientes a ambos bandos. Con la dificultad del carácter no católico de algunos de ellos.
En 1958 se firmó un convenio entre el Estado español y la abadía benedictina de Silos. Y en 1960, una breve pontificio de Juan XXIII le concedió la condición de basílica menor de la Iglesia. En 1959, José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, fue enterrado delante del altar de la iglesia. Y en 1975, el general Franco ocupó una tumba situada simétricamente detrás del altar. Los problemas de la exhumación del general Franco han sido, en primer lugar, jurídicos, porque existen acuerdos a nivel internacional (con la Iglesia), porque el entierro se encuentra dentro de una basílica (de jurisdicción papal) y está confiado a una comunidad benedictina. Y porque la familia del general no la quería. Pero no hay que olvidar que todo el complejo está erigido, por decisión de Franco, en terrenos que son del patrimonio nacional. Sin este último hecho nada de lo ocurrido hubiera podido tener lugar.
El gobierno socialista de Sánchez ha querido desde luego acelerar la llamada «memoria histórica», una legislación que se remonta al gobierno socialista de Rodríguez Zapatero y que el gobierno centrista de Rajoy no tocó. Sánchez mutó la «memoria histórica» en «memoria democrática», ley de tinte aún más sectario. En este punto debo decirle que el Carlismo, que nunca fue franquista, siempre criticó el llamado «Valle de los Caídos», debido a su significado ambiguo y su presencia faraónica y fascista. El cardenal Segura también objetó el monumento en una línea semejante. Pero, ante medidas de venganza que pretenden «cambiar la historia» con el pretexto de «hacer memoria» y negar el sentido profundamente humano y cristiano de la guerra de España, a la que el Carlismo contribuyó de manera tan importante, no puedo sino lamentar las medidas adoptadas y que se están ejecutando.
- ¿Ve una degradación en el debate sobre la Guerra Civil? ¿Ve menor predisposición entre los españoles a pensar con criterio propio sobre el tema? ¿Hay una exacerbación de las pasiones que impide razonar sin ser intimidado, como sucede en la Argentina con respecto a su pasado reciente? ¿Hay, en este sentido, una «hispanoamericación» de España? ¿Y, si es así, a qué lo atribuye?
- Tengo la impresión de que me extendido demasiado en lo anterior, de modo que voy a tratar de referirme aquí sólo a la parte final de su pregunta, que me parece de gran interés. Es clara la radicalización de la vida política. Las imposiciones, la «prohibición de preguntar» de que hablaba Eric Voegelin con referencia al gnosticismo, proceden de arriba, de la clase política y de las leyes en que se concretan sus iniciativas. Quizá no tanto de la sociedad. Aunque el encanallamiento empieza a rebosar por arriba y termina anegando todo.
El sector liberal-conservador no ha querido cambiar de discurso, manteniendo el reconciliador de la transición. Pero los tiempos han cambiado y la otra parte no quiere reconciliación. Vox no tiene un discurso más claro, sólo más vociferante. Se trata de una escisión del Partido Popular al que reprochaba, con razón, insuficiente decisión en la defensa de ciertas políticas. Pero nada hay de auténtico en Vox. Esa degradación de la convivencia en las élites políticas se suma a las ideologías y prácticas pos-posmodernas, con efectos muy negativos. Me parece que en Hispanoamérica lo que ocurre es semejante, pero la cosa es común también a los Estados Unidos, donde la polarización es extrema, y a buena parte de los países europeos. No sé, pues, si es tanto una «hispanoamericanización» de España o una radicalización y fragmentación verdaderamente mundiales o, por lo menos, occidentales.
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La contienda fue un fenómeno bien complejo y las posturas de ambos bandos no fueron siquiera internamente unitarias, advierte el doctor Miguel Ayuso.
