LOS ENEMIGOS DE LA IGLESIA ANTE LA MUERTE ‘VIRALIZADA’ DE UN SACERDOTE
La pregunta más vieja contra la fe
POR MARCELO DI MARCO
Ante la muerte del padre Patricio Sánchez Molinari, aplastado por un crucifijo en plena misa, las redes reflotaron la pregunta más vieja contra la fe. Vale la pena contestarla bien.
El sábado 17 de octubre, en la iglesia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Guayaquil, el padre redentorista Patricio Alfredo Sánchez Molinari celebraba misa ante sus fieles y ante la cámara que la transmitía en vivo. Momentos antes había predicado sobre la muerte: cualquiera de nosotros, dijo, puede irse en cualquier instante. Después, mientras rezaba, el gran crucifijo de madera que colgaba detrás del altar se desprendió de la pared y lo mató.
El video recorrió el mundo en horas y trajo consigo el regocijo de las sabandijas que esperan agazapadas una desgracia así para pasarle la factura a la fe.
Una de ellas compartió el video con una pregunta en apariencia honesta: si Dios todo lo ve y todo lo controla, ¿cómo se explica esto? ¿Casualidad, mala suerte, castigo, diseño divino, libre albedrío? Y cerraba, con toda seriedad y solapando el obvio desafío: “La verdad, quiero aprender”. Debajo, otro clarividente aportó en Facebook su cuota de veneno: el ángel de la guarda, conjeturaba tal piojo, estaba chateando.
Mi respuesta no se hizo esperar, y la cito en parte porque concentra lo doctrinal de esta nota: “[…] el ángel custodio hizo su trabajo. Su oficio es llevar un alma a buen puerto […] A este lo dejó llegar con la verdad recién predicada en la boca. Ojalá que a vos y a mí nos encuentre igual de despiertos”.
Dicho lo cual, y a sabiendas de que el insidioso suele usar la máscara de la curiosidad intelectual, conviene reconocerle que la pregunta es legítima y tan vieja como el dolor humano.
El antecedente más célebre es de 1755: el 1 de noviembre, día de Todos los Santos, un terremoto arrasó Lisboa con las iglesias llenas de fieles. Ni lerdo ni perezoso, Voltaire escribió un furioso poema contra la Providencia. Rousseau, que no era precisamente un beato, le contestó por carta con una observación bastante sensata: la naturaleza no había juntado allí veinte mil casas de seis a siete pisos. Buena parte del desastre la habían puesto los hombres, y no sólo con ladrillos:
“¿Cuántos desdichados murieron en ese desastre por querer rescatar uno su ropa, otro sus papeles, otro su dinero?”.
MALINTENCIONADOS
Vamos ahora al menú del malintencionado, plato por plato. ¿Castigo? Ese lo descartó Cristo en persona. Cuando le contaron de los dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, preguntó si eran más culpables que el resto de Jerusalén, y se contestó solo: no (Lucas 13, 4-5). Frente al ciego de nacimiento, lo mismo: ni él pecó ni sus padres (Juan 9). En suma, quien ve en el crucifijo caído un rayo vengador pretende enmendarle la plana al Evangelio.
¿Casualidad o diseño divino? Las dos cosas, y ninguna en el sentido que imagina el que pregunta. Santo Tomás distingue la causa primera de las causas segundas: Dios gobierna el mundo a través de un orden real, con leyes reales que no suspende a cada rato para mimar a los piadosos. Un Dios que anulara la gravedad cada vez que un justo se parase debajo de un piano de cola o de una caja fuerte columpiándose al compás de una grúa iría en contra del orden natural. En ese mundo, en lugar de elegir a Dios por amor, lo elegiríamos por conveniencia, como se elige una aseguradora contra accidentes. Pero nada escapa al gobierno divino: ni un gorrión cae a tierra sin que lo permita el Padre (Mateo 10, 29). Lo que para nosotros es azar, para Dios no lo es, y aun lo que no quiere, lo permite. San Agustín, lejos de todo malminorismo —más bien era un bienmayorista—, resuelve el problema del mal: “Porque Dios omnipotente [...] siendo supremamente bueno, no permitiría de ningún modo que existiera algún mal en sus obras, si no fuera tan poderoso y bueno que puede sacar bien incluso del mismo mal”.
En la vereda opuesta, el insidioso da por sentado que, si Dios existiese, a los buenos no les pasaría nada malo. Es teología de tótem de McDonald’s: pongo oraciones, sale salud. O, como cantaba Charly García, “Dios es empleado en un mostrador: da para recibir”. El catolicismo jamás prometió semejante cosa. Su emblema es un justo, que era Dios mismo, muerto de la manera más atroz que perfeccionó Roma, y lo tenemos colgado en cada templo para que nadie se olvide, para que nadie se escandalice de que el dolor existe. En línea con San Agustín, C. S. Lewis escribió en El problema del dolor: “Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es su megáfono para despertar a un mundo sordo”.
Ese megáfono lo escuché en casa. Lo conté en la entrevista que me hizo Analía Pinto y que el diario La Capital, de Mar del Plata, publicó el pasado abril: Nomi Pendzik, mi amada esposa, había sufrido un accidente brutal. Antes de la operación, tras pelear contra una muralla de trámites, conseguí que un santo sacerdote entrara en el hospital para confesarla y darle la extremaunción. Una de las enfermeras, testigo de esa pulseada, me dijo con lágrimas en los ojos que, después de ver aquello, había vuelto a creer en Dios. Aquel golpe nos unió como nunca a Nomi y a mí, y de paso le devolvió la fe a una desconocida.
San Pablo lo dejó escrito: Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman (Romanos 8, 28). Sabe de estrategia mucho más que el diablo.
LA TRAGEDIA MAYOR
Y ahora subo la apuesta. Como cualquiera, también los católicos venimos con fecha de vencimiento, pero sabemos que la tragedia mayor es morir desprevenido. Por eso la Iglesia reza desde hace siglos, en las letanías de los santos: “De la muerte súbita e imprevista, líbranos, Señor”. El padre Patricio murió de golpe, es cierto. Imprevisto, no: murió en el altar, revestido, rezando por su feligresía, a los pies de la cruz. Se me ocurren muy pocas maneras mejores de que Dios llame a su presencia a un sacerdote —lo cual no nos exime de rezar por su alma, conste.
Morir en el altar tiene, además, una genealogía ilustre. Al preparar el Jubileo del 2000, Juan Pablo II advirtió que la Iglesia había vuelto a ser Iglesia de mártires. En la Guerra Civil Española fueron asesinados cerca de siete mil entre obispos, sacerdotes, religiosos y monjas. En México, durante la Cristiada, al jesuita Miguel Pro, hoy beato, lo fusilaron en 1927 con los brazos en cruz y un “¡Viva Cristo Rey!” en la boca. En la Rusia bolchevique, miles de sacerdotes y obispos terminaron en el paredón o en el gulag. En sentido estricto, es evidente que el padre Patricio no fue mártir. En Guayaquil no hubo ningún masón verdugo que lo asesinara por odio a la fe. Pero murió con la misma disposición que un mártir: murió preparado y, cabe esperarlo, en gracia. Y ningún dolor ofrecido a Dios se pierde.
Nada de esto le quita una gota de horror a la escena de la muerte del padre Patricio ni de dolor a su familia y a su comunidad. Tampoco obliga a nadie a creer. Pero desarma la trampa. Al insidioso se le contesta tomándole la palabra: si dice que quiere aprender, se le enseña, con el Evangelio en una mano y la historia de las ideas en la otra, sin rodeos y sin pedir perdón por creer.
Queda la pregunta final, la que se pretendía lapidaria: en qué rincón de ese terrible escenario se ocultaba el que todo lo ve. La respuesta cabe en una línea y tiene dos mil años: estaba en el mismo lugar donde estuvo el Viernes Santo. Mirando morir a su propio Hijo, y preparándole la Pascua.
