La política y los cerebros de izquierda y derecha

¿Alguna vez usted sintió que, a pesar de hablar el mismo idioma, su interlocutor no lo entiende?
¿No le ha pasado que cuando usted habla de política cree que la otra persona, sobre todo si pertenece a una antípoda ideológica, está hablando en otra “frecuencia”?
¿Cuántas veces hemos desistido de un intercambio de opiniones con un opositor porque no creemos que nos vaya a comprender o porque debemos definir cada palabra, convirtiendo al diálogo en un dilema interminable?
¿Por qué pocas veces podemos tener un debate político fructífero? ¿Por qué los discursos son tan confrontativos? ¿Por qué nacemos y vivimos creyendo en las mismas consignas y “un buen día, como tantos, nos vamos bajo la tierra” sin haber entendido a los que no piensan como uno?
“Nuestro español bosteza” (decía Machado).
“¿Será de hambre, sueño o hastío?
¿Doctor, tendrá el estómago vacío?
El vacío está más bien en la cabeza.”
Y sí, es en el cerebro donde debemos buscar las diferencias.
¿Por qué pensamos distinto?
El tema se ha prestado a debate y a investigación. En 2022, la A-MARK Foundation revisó 36 trabajos que ahondan sobre la relación entre cerebro y política: 15 de ellos señalaban diferencias fisiológicas -es decir, en la estructura del cerebro-, mientras que otras 21 indicaban cambios psicológicos -es decir, diferentes conductas según su ideología-.
Muchos de estos estudios fueron realizados en norteamericanos. Esto merece una aclaración porque la terminología utilizada es diferente a los conceptos argentinos. El sistema político americano es un sistema esencialmente bipartidista, más fácil de analizar, y hay una larga tradición norteamericana de familias de demócratas y republicanos que corresponden a posicionamientos enfrentados a lo largo de décadas.
La palabra “conservador” se lo asocia a individuos inclinados a la derecha del espectro político; hasta allí es comprensible. El problema lo tenemos cuando los americanos hablan de “liberales”, que para ellos es equivalente de progresismo y comprende a parte de la izquierda del espectro político.
En Argentina, por “liberal” se entiende una parte del espectro de derecha, donde muchas veces se confunde con políticas conservadoras.
Por tal razón, hablaremos de derecha o conservador y de izquierda o progresista.
LA MISMA IMAGEN, DISTINTA IDEOLOGÍA


Un estudio analizó la resonancia magnética de 928 individuos norteamericanos entre 19 y 26 años con similares niveles educativos.
Este demostró, con bastante precisión estadística, que dos estructuras del cerebro eran significativamente diferentes, y esos cambios tenían un estrecho correlato con las inclinaciones ideológicas de los participantes.
Los conservadores presentaban un volumen aumentado de la amígdala cerebral. Esta estructura controla la percepción de las amenazas y la incertidumbre que despierta un supuesto peligro. Suelen ser individuos con más aversión a la pérdida y mayor necesidad de seguridad, con rechazo a todo lo que aumente su percepción de incertidumbre, inclinados a ideas conservadoras que mantengan el status quo.
También existía una relación entre el volumen de la materia gris de la circunvolución fusiforme derecha (una región del lóbulo temporal esencial en las funciones visuales y cognitivas) entre los que adhieren a ideas conservadoras en cuestiones económicas y sociales.
“Estas regiones se relacionan con el reconocimiento facial”. El solo recuerdo de la cara de un político hace que esta circunvolución fusiforme se active.
En cambio, aquellos que se definen como progresistas o de izquierda tienen un mayor volumen de materia gris en la corteza cingulada anterior, área que está relacionada con una mayor tolerancia a la incertidumbre, asociada a la gestión de conflicto y la adaptación a nuevas situaciones. Este grupo tolera mejor la incertidumbre.
SUEÑOS POLÍTICOS


También se ha detectado que los conservadores aprenden mejor de los estímulos negativos y evitan el riesgo más que las personas en sus antípodas ideológicas.
Aquellos que se definen como progresistas o de izquierda suelen ser más abiertos a nuevas ideas, mientras que los conservadores son más estructurados y tienden a estar mejor organizados.
Uno de los aspectos más curiosos de este estudio está relacionado con el sueño. Kelly Bulkeley, en la revista “Dreaming”, señaló que los conservadores tienden a dormir más profundamente, pero recuerdan menos su actividad onírica. Los progresistas suelen tener más pesadillas y su actividad onírica es más bizarra que la de los conservadores.
Los 36 estudios fueron conducidos en distintas universidades norteamericanas, donde es más frecuente el bipartidismo que en los países latinos y donde, generalmente, hay un corte más preciso entre la izquierda y la derecha (aunque últimamente esas diferencias se van diluyendo).
Un aspecto interesante para señalar sobre el compromiso biológico de las ideologías lo han mostrado los gemelos univitelinos (lo que podríamos llamar clones), que fueron separados en la infancia y criados en distintos hogares. Sin embargo, las inclinaciones políticas de los gemelos coincidían en el 75 % de los casos.
¿Pueden extrapolarse estos hallazgos a la política argentina o al confuso espectro político de los países latinos?
¿Puede esto proyectarse a un país que en 80 años aumentó su índice de pobreza del 4 % a casi el 40 %?
¿Pueden proyectarse estos patrones en un país que entró nueve veces en default con innumerables crisis económicas?
La incertidumbre es parte de nuestra historia. Los argentinos la vivimos a diario.
En mi humilde opinión, creo que hay elementos válidos como para tomar algunos factores de estos estudios en cuenta. La amígdala es una estructura muy primitiva que nos advierte sobre los peligros que nos acechan. Y tiene todo el sentido que los conservadores sean más proclives a las reacciones amigdalinas y justifica su mayor volumen en estas personas.
Obviamente, hay dudas.
¿Es este número de estudiados significativo? A primera vista, aunque el número parezca reducido (928), es una muestra válida, más cuando se buscaron grupos diametralmente opuestos para facilitar la detección de diferencias.
La realidad en política es mucho más compleja en la vida real.
¿Por qué heredamos nuestras inclinaciones políticas? ¿Tiene algún sentido evolutivo? ¿Estamos condicionados por nuestras estructuras anatómicas o estas se modifican de acuerdo con nuestras experiencias vitales?
¿Qué papel cumple el bombardeo mediático sobre nuestro cerebro?
¿Qué papel cumple la educación, el medio social en el que se ha desarrollado? ¿Hay una influencia epigenética?
¿Qué influencia tienen las amistades o los líderes de grupos?
¿Cómo afectan las hormonas nuestras inclinaciones políticas?
Estas y muchas otras dudas nos asaltan cuando vemos estas variaciones anatómicas que parecen ir contra lo que nos gusta creer que tenemos: libre albedrío.
¿Somos esclavos de nuestros neurotransmisores y nuestras hormonas?
La visión biologista de nuestras inclinaciones políticas probablemente no agote la realidad, pero agrega una perspectiva más objetiva y profunda a nuestra percepción de los acontecimientos… y quizás nos ayude a entender que hay diferencias que no se pueden zanjar.