Historias del Conurbano

La política discute, la calle se tensa



Hay climas sociales que no anuncian su llegada con estruendo, sino con señales que la política prefiere leer tarde. Paros convocados en medio de debates legislativos, fábricas que cierran, policías que vuelven a tensarse y vecinos que hablan tanto de inseguridad como de inflación marcan un cambio de época silencioso. No hay todavía una crisis abierta, pero sí una acumulación de indicios que empiezan a modificar el humor colectivo.

El problema para la dirigencia es que ese cambio no siempre aparece en los indicadores que se celebran en conferencias o mesas técnicas. Se percibe en la caída del movimiento comercial, en las suspensiones que vuelven a mencionarse en voz baja y en la sensación creciente de vulnerabilidad que atraviesa barrios enteros del conurbano bonaerense. El cierre de FATE, en ese contexto, no es sólo una noticia industrial: es una señal política sobre cómo la recesión y la apertura de importaciones empieza a tener rostro territorial.

En ese contexto, la conflictividad policial en la provincia de Buenos Aires -que adelantamos la semana pasada- dejó de ser una advertencia silenciosa. El episodio del fin de semana largo en la comisaría 1ª de Mar del Plata, con efectivos retirados y sus familias manifestándose por cuestiones salariales, volvió a encender alarmas que muchos prefieren no nombrar en voz alta. La política sabe que cada vez que la policía entra en tensión, el sistema institucional se vuelve más frágil. También sabe que los conflictos salariales dentro de las fuerzas suelen anticipar climas sociales más ásperos.

CRECIENTE MALESTAR

El malestar no aparece aislado. Se suma a una percepción creciente en los barrios sobre el aumento del delito, más allá de las cifras oficiales que intentan mostrar estabilidad o mejoras puntuales. La conversación cotidiana gira cada vez más alrededor de robos, entraderas y episodios de violencia que no siempre llegan a las estadísticas, pero que moldean el humor social. No es sólo una cuestión de números: es una sensación extendida de vulnerabilidad que empieza a instalarse como tema central.

Intendentes del conurbano admiten en privado que la preocupación por la seguridad volvió a escalar posiciones entre los vecinos, incluso por encima de la discusión económica en algunos distritos. En muchos casos conviven como los dos disparadores más notorios del malestar. El problema para la dirigencia es que esa percepción no siempre coincide con el relato oficial, generando un desfasaje que alimenta la desconfianza. Cuando la gente siente que la realidad que vive no aparece reflejada en el discurso político, la distancia se agranda.

Mientras tanto, el tablero político parece jugar en otra frecuencia. El peronismo define por estas horas su interna rumbo a las elecciones del PJ del 15 de marzo, en una disputa cargada de alineamientos, nombres propios y cálculo territorial. La rosca avanza con intensidad, pero también con una desconexión evidente respecto del clima social que empieza a consolidarse. La política discute quién conduce, mientras la calle empieza a preguntarse hacia dónde va.

No es una crítica nueva, pero sí una advertencia que vuelve a repetirse en la historia argentina: cuando los partidos se concentran demasiado en sus propias disputas, suelen perder capacidad para leer los cambios de ánimo que se gestan fuera de sus estructuras. La interna del PJ aparece así como una escena casi paralela a la realidad cotidiana de millones de bonaerenses que miran con preocupación el empleo, los salarios y la seguridad.

Es verdad que, puertas adentro, muchos intendentes sostienen que no era el mejor momento para discutir cuestiones partidarias. Sin embargo, la necesidad de no alterar los procesos legales del partido obligó a convocar a elecciones donde, en tres docenas de distritos no hubo acuerdo para una lista de unidad. Por estas horas, la depuración de las nóminas y la ingeniería política ocupan más tiempo que la lectura del clima social.

El oficialismo nacional apuesta a que la estabilización macroeconómica termine ordenando el resto de las variables. Puede que los números acompañen en algún momento, pero la calle rara vez espera los tiempos técnicos de la economía. La oposición, por su parte, intenta capitalizar el desgaste, aunque todavía sin una narrativa capaz de ofrecer algo más que diagnóstico crítico. En ese vacío, el malestar se acumula sin representación clara.

En ese marco, el paro general convocado para este jueves, mientras la Cámara de Diputados discuta la reforma laboral, aparece como una prueba de estrés adicional para un sistema político que ya muestra señales de fatiga. Más allá del impacto concreto que pueda tener en la economía real -con transporte reducido, actividad comercial resentida y una agenda parlamentaria bajo presión-, el trasfondo es político: la calle vuelve a convertirse en escenario de disputa simbólica en un momento donde el Gobierno necesita mostrar control del proceso reformista. La incógnita no es sólo si la ley avanza, sino qué costo social y político deja en el camino.

RESISTENCIA Y CONFRONTACIÓN

La Libertad Avanza, en ese contexto, parece empeñada muchas veces en tirarse “tiros en los pies”, como lo sucedido con el ya famoso artículo 44 sobre las licencias médicas. Entre declaraciones altisonantes, estrategias comunicacionales que tensan innecesariamente y movimientos tácticos que complican acuerdos legislativos que parecían encaminados, el oficialismo alimenta resistencias que luego utiliza como argumento de confrontación. El riesgo es evidente: cuando la política se vuelve una sucesión de gestos hacia la propia tribuna, se debilita la construcción de mayorías estables y se amplifica un clima social que ya viene cargado de incertidumbre.

El conurbano vuelve a funcionar como laboratorio político. Industrias que frenan, policías que protestan y vecinos que sienten que el delito crece aunque los informes oficiales digan otra cosa, configuran un escenario incómodo. No es todavía una crisis abierta, pero sí una acumulación de señales que históricamente anticipan cambios más profundos.

La dirigencia parece atrapada en una paradoja: discute liderazgo partidario mientras la legitimidad política empieza a jugarse en otro terreno. Porque cuando la preocupación por la seguridad se mezcla con el deterioro económico, el humor social cambia de velocidad. Y ese cambio rara vez avisa con anticipación. La pregunta que sobrevuela es quién ordena o cataliza ese malhumor y, sobre todo, en quiénes se identifica la responsabilidad de haber llegado hasta acá.

El caso de Javier Milei es particular y merece estudio. Aún conserva niveles de aceptación cuando logra correrse del traje del político clásico para mostrarse como uno más de los indignados frente a los desbarajustes de la casta. Pero ya pasaron dos años desde que asumió el poder y la vara social empieza a moverse hacia los resultados concretos.

DILEMA

Tal vez el mayor riesgo no esté en lo que ya se ve, sino en lo que todavía no encontró canal político. La protesta policial en Mar del Plata, el cierre de industrias y la sensación creciente de inseguridad forman parte de un mismo cuadro: una sociedad que empieza a tensarse mientras la política mira sus propias internas.

El dilema de fondo es quién puede representar el espacio hoy vacante entre dos polos muy marcados. Milei logró captar gran parte del espectro de la derecha, mientras el kirchnerismo -o lo que queda de él- sigue ocupando la izquierda del tablero. ¿Hay lugar para un centro político competitivo? Como suele recordar un experimentado dirigente bonaerense, las elecciones se definen por dos variables: el tema dominante del momento y la oferta electoral disponible. Si el deterioro social se profundiza y la economía no responde a quienes todavía albergan expectativas, esa oferta será decisiva. De lo contrario, aún con dificultades, Milei podría proyectar su reelección.

La historia reciente enseña que los climas sociales no se rompen de golpe: se desgastan lentamente hasta que dejan de creer en quienes deberían interpretarlos. Y cuando la política llega tarde a esa lectura, ya no alcanza con ganar una elección partidaria para recuperar la iniciativa. Porque la calle -cuando cambia de humor- no espera resoluciones internas ni calendarios electorales. Exige respuestas.