UN ILUSTRE SALTEÑO QUE FUE POLITICO, JURISTA, HISTORIADOR Y DOCENTE
La poesía de José A. Dávalos
POR CARLOS MARÍA ROMERO SOSA
Eran otros tiempos. Entonces para buena parte de los actores del período inmediatamente posterior a la Organización Nacional, salvo algún duelo caballeresco, el descanso no los tentaba a mantenerse en los campos de batalla como lo poetizado en el romance popular del siglo XVI: “La Constancia”, que memoró Cervantes al tratar la primera salida que de su tierra hizo Don Quijote, incorporando al título del capítulo el verso: “Mis arreos son las armas”. Al saltar los siglos y de por medio el Océano de los senderos de Castilla recorridos lanza en ristre por el Ingenioso Hidalgo, en la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX, “los caminos por usar” del romance, tomaron en algunos hombres públicos de la Generación del Ochenta por los ejercicios literarios y en especial el de la poesía.
Ricardo Rojas en el último tomo de su Historia de La Literatura Argentina correspondiente al segundo de “Los modernos”, da cuenta de las inquietudes poéticas de los autores que nucleó y calificó como “Las promesas de la gloria”; en general creadores muertos en forma prematura y que en gran medida dejaron una obra lírica olvidada. Y no por carecer de valores intrínsecos, sino debido a la irrupción de las nuevas estéticas guiadas por el modernismo proveniente de Francia y en particular por su recreada versión en nuestra lengua debida al genio de Rubén Darío que todo lo revolucionó en el campo de las letras castellanas.
MIXTURA
Así el movimiento Modernista Americano desgajó las ramas otoñales de los ejercicios neorrománticos y realistas mixturados con ciertos resabios del neoclasicismo peninsular, un poco o un mucho a lo Gaspar Núñez de Arce o a lo Federico Balart, dos españoles bien leídos por aquí como algo después el mexicano Salvador Díaz Mirón; dejando a flote entre naufragadas influencias, apenas a un Juan Castaing (1838-1864) con su ímpetu patriótico que aun emociona. O a Alberto Navarro Viola (1856-1885) traductor de Víctor Hugo y autor de dos sucesivos poemarios: Versos. A Miguel Ortega (¿?) y su telurismo vivo en El Gaucho. Al meditativo Horacio Mendizábal (1847-1871). Al sufriente Gervasio Méndez (1843-1898). Al filosófico Carlos Encina (1838-1882). A Manuel Marcos Zorrilla (1848-1915), el salteño que además de actuar como secretario privado de los presidentes Avellaneda y Roca, haber sido Subsecretario del Interior de la Nación y escribir en prosa libros de memorias, dio a conocer un tomo intitulado Versos. Al igualmente salteño, algo mayor en edad que los nombrados y fallecido en 1891, José María Zuviría. Un abogado y legislador hijo del doctor Facundo de Zuviría, el presidente del Congreso que sancionó la Constitución de 1853. José María compiló su extensa labor lírica en el libro Obras poéticas, nutrido por algunas piezas “ingenuas por su fondo y triviales por su forma, aunque siempre nobles por su intención moral, pero desarticuladas” a juicio de Ricardo Rojas.
A este conjunto al que valdría agregar el nombre de Juana Fowlis (1850-1902) y que salvo en lo cronológico resulta algo heterogéneo por las temáticas abordadas y las actividades extra literarias cumplidas por sus integrantes, debe sumarse la voz de José Arturo León Dávalos, otro salteño como Zorrilla, Zuviría y su comprovinciana y amiga Fowlis.
El nombrado fue político, legislador provincial, dos veces diputado nacional, ministro, jurista, magistrado, periodista, historiador, docente y estudioso de la cuestión de límites de la República Argentina. Además como él mismo lo confesó a su amigo Fermín Merizalde, se sintió rendido al llamado de las Musas, prestándoles oído en cada alto de las ocupaciones profesionales y políticas. Lo visitarían es de suponer en “las horas descansadas” en la finca familiar Colomé, en Molinos, instándolo a “poetizar en Calchaquí”.
“RECREACIONES POÉTICAS”
Dávalos, hijo del gobernador constitucional de Salta doctor Benjamín Dávalos de Molina, fallecido en ejercicio del mando gubernativo en 1867, y de su esposa Ascensión Isasmendi Gorostiaga, nació en la ciudad del cerro San Bernardo el 27 de enero de 1851 y murió allí el 4 de septiembre de 1900. Casado con Isabel Patrón Costas, con quien tuvo tres hijos, volcó sus expresiones líricas en un volumen de 77 páginas: Recreaciones poéticas, publicado en Valparaíso en 1876 y del cual en las transcripciones de los fragmentos que siguen se actualizó la ortografía para facilitar la lectura actual.
Sin duda para él, entonces con veinticinco años de edad transitados entre códigos y trincheras, como que en 1867 había luchado contra la invasión del caudillo Felipe Varela, la poesía significó un alto en el camino hacia otras responsabilidades que no pudo postergar para darse por entero a las rimas. De allí que en una suerte de inicial advertencia al lector se reconoció “como uno de los tantos aficionados” a las artes de Erato y Calíope; artes que admitió tenían en la ciudad de Buenos Aires “sus más ilustrados apóstoles”. ¿Pensaba en el consagrado Guido Spano, en el Ricardo Gutiérrez de Lázaro de 1869 o en Olegario V. Andrade próximo a dar conocer su Prometeo?
Es curioso que no lo mencione Rojas en la Historia de la Literatura Argentina y que el poemario no figure en el catálogo de su biblioteca particular conservada en el Museo Casa de Ricardo Rojas. Tanto más de tener en cuenta que Dávalos fue diputado nacional junto a Absalón Rojas y a Lídoro Quinteros, padre y suegro del tucumano cuando “El Ochenta brega fuerte,/ e Hicieron de Buenos Aires/ la metrópoli presente”, según cantó aquel en su romance “Charcas 2837”.
Las Recreaciones poéticas donde los alejandrinos de “El Invierno” dan cuenta en su estructura de sus lecturas de Hugo y Lamartine, reúne ofrendas de ocasión como la dedicada en su cumpleaños a su hermana Celina –después esposa del político mitrista, legislador y gobernador interino de Salta, Salustiano Sosa Carrillo-, una pieza compuesta en dodecasílabos. U otra escrita según la moda, para el álbum de cierta dama donde se advierte la persecución de la musicalidad en el abundante empleo de palabras agudas epilogando las estrofas. Un recurso que retomó en los fragmentos de arte menor de “A una rubia” y en varios más dirigidos a personas de su amistad, entre ellos algún elegíaco tributo fúnebre como el que le inspiró la muerte del cordobés Monseñor doctor Emiliano Cabanillas, en 1875.
FE CATOLICA
Pero Dávalos no agotó su verbo en repentismos y armonizadas emotividades al paso. Desafió y desanduvo el esplín ahogado entre humaredas de opio de Charles Baudelaire y estuvo, quizá algo más próximo al pesimista Nuñez de Arce del “alma apagada y fría” en la composición “Treinta años” del vallisoletano. O sea que sin desmentir del todo la idiosincrasia y el sentir marcados por una época acuciada por el Mal du siècle, se advierte entre concesiones wertheanas: “aunque vivo/ Traigo muerto el corazón”, su fe católica inculcada desde la niñez en el hogar.
Notoria por ejemplo en la página “La Religión”, donde expresa en tono subjetivo y de nuevo desnudando su insatisfacción del vivir aunque ajeno al escepticismo descreído: “Augusta religión, hija del cielo,/¡Con cuánto amor el pensamiento mío/ A ti dirige su cansado vuelo,/ De esta vida terrena ya en hastío.”
Marcó así un intimismo al filo de extraviarse en la vacilación y el desengaño, peligros superados con imploraciones que finalmente lo devolvieron a su centro: “¡Llena mi pecho de tu amor divino,/ Cubra mi cuerpo tu piadoso manto,/ Mientras yo cumplo mi mortal destino/ Bajo el amparo de tu numen santo.”
Ese sentir cristiano del antiguo estudiante en el cordobés y aunque nacionalizado en 1854 aun con resabios inquisitoriales Colegio de Monserrat, del más tarde colaborador del periódico La Esperanza que dirigía Monseñor Pablo Padilla y Bárcena o del dirigente de la Acción Católica de Salta y frecuente dialogante epistolar con Estrada y Goyena, se plasma reverente y apologético en otro titulo: “Dios”. A continuación muestra el acatamiento a los designios del Creador al tiempo que franciscanamente aparece reconociendo su Gloria en los dones de la naturaleza: “¡Torpe blasfemo! De injuriar tu cesa/ La admirable grandeza/ De aquel que sabio el Universo rige:/ Modera tu razón tan extraviada/ Y solo una mirada/ Sobre los cielos con placer dirige.”
Fruto maduro de una tierra que centurias atrás recorriera San Francisco Solano “con sonetos ocultos en su sayal” en expresión de Walter Adet -quien incorporó a Dávalos en su antología Cuatro siglos de literatura salteña (1981)-, el intelectual que había en él se despegó sin complejos de la vía puramente cientificista y experimental que imponía la antimetafísica del positivismo de Comte y el utilitarismo de Stuart Mill. Su inspiración aparece identificando sentimiento y pensamiento sin hacer primar el segundo con el consiguiente acarreo de las dudas humanas sobre un prístino sentir ascético regado con “la fe del carbonero”. Es de destacarlo cuando otros poetas mostraban su desorientación espiritual, como el colombiano Rafael Pombo en las décimas –notables por cierto- de La hora de tinieblas que más que seguro conoció el salteño.
Para mayor abundamiento sobre su convicción y condición militante en materia religiosa pueden leerse en la páginas 58 y 59 de Recreaciones poéticas los endecasílabos que llevan por título: “A S.S. Pío IX en el vigésimo quinto año de su exaltación al solio”. (Y valga aquí esta digresión: un amigo de José Arturo León Dávalos, Rafael Obligado, nacido como él un 27 de enero de 1851, dirigió en 1908 una plegaria en verso esta vez al sucesor de Pío IX, al Papa León XIII. En cuanto al fraterno vínculo entablado entre el salteño y el porteño, fue heredado por sus preclaros hijos: Juan Carlos Dávalos y Carlos Obligado, miembros además ambos de la recién fundada –en 1931- Academia Argentina de Letras).
LOS PAISAJES
Otro aspecto a destacar en la poética de Dávalos es el arrobamiento demostrado frente a los paisajes. Tanto el montañés de su terruño calchaquí como el de las serranías cordobesas elogiadas en octavas. A veces el panorama ante sus ojos lo retrotrajo a la Historia Nacional como en el extenso canto en octosílabos dedicado a su amigo y después cuñado Salustiano Sosa: “El Campo de la Cruz”, una exaltación del sitio donde se libró la batalla de Salta el 20 de febrero de 1813. Sin embargo, al verbo patriótico se suma de nuevo el toque religioso que lo embargó frente a la cruz ordenada alzar por Belgrano en el campo de Castañares. Y si mostró argentinismo en esos versos, el símbolo crucífero elevado ante sus ojos le redobló piedad y admiración por los héroes anónimos enterrados bajo su protección: “Cuando se oculta la luz/ Y llega la noche oscura,/ Pienso en la triste amargura/ Que inspira siempre esa cruz;/ Recuerdo de los soldados/ Que allí valientes murieron,/ Y que tan luego ellos fueron/ sobre la tierra olvidados”.
Como en el caso Rafael Obligado en sus “Leyendas Argentinas” incluidas en su único libro: Poesías de 1885; como en “Calchaquina”, “Los Menhires”, “El Indio” y otras creaciones poéticas de Adán Quiroga o como más tarde lo hará Ricardo Rojas en su obra teatral Ollantay, otra fuente de inspiración para Dávalos fue el indigenismo del que da prueba en las coplas encadenadas de “La muerte del cacique Don Juan de Calchaquí” que dedicó a su tío Ricardo Isasmendi y que Atilio Cornejo rescató y trascribió en su libro Apuntes históricos sobre Salta (2da.Ed., Buenos Aires, 1937).
INDIGENISMO
Lo cierto es que vertebrado y tal vez crucificado en su asumida condición americana, el nieto del último Gobernador español de Salta en 1810, coronel Nicolás Severo de Isasmendi, debió coincidir con el citado arqueólogo, folklorólogo y escritor Adán Quiroga en el sentido que “apartar al indio de la historia es desdeñar nuestra historia, renegar de nuestro nombre de americanos”.
En consecuencia no dudó en llamar “insigne campeón” o “feroz, valiente y osado” y reconocerle la bien ganada nobleza espiritual anteponiéndole el “Don” al nombre del mítico jefe de la Confederación Diaguita: “Con gran valor y con maña/ Sostuvo una cruda guerra/ cuando pisaron su tierra/ los blancos hijos de España.”
Hasta encumbrar homérica su gesta, urgida en su hora por nostalgias, pasiones y amores interraciales; sentimientos elevados al grado heroico digno de otro Odiseo: “Y en medio de la tristeza/ que en la ciudad lo asaltaba,/ Parece que siempre estaba/ la patria en su ánimo impresa.” Para epilogar exaltando su martirio: “Y en la cima colocado/ de una sierra áspera y dura,/ Halló una muerte segura/ al ser de lo alto arrojado/ (…) Donde a la fecha hoy están/ Las mismas peñas salientes/ Que vieron caer a torrentes/ la sangre del rey Don Juan.”
Otro crimen de los conquistadores idealizados por la leyenda rosa, embustera como la negra. Conquistadores avaros y eso sí de crueldad pareja con la intrepidez. Al contrario de la codicia sin riesgos de los actuales y arrellanados directivos de los oligopolios internacionales ávidos por extraer el litio y las tierras raras de las provincias de nuestro Noroeste. Son los nuevos “buscadores de oro” por decirlo con el título de un libro de narraciones de su hijo Juan Carlos Dávalos de 1928.
JURISTA Y POLÍTICO
En otro orden y como ya se adelantó, la actuación pública de José Arturo León Dávalos fue intensa y múltiple en sus 49 años de vida.
Salvo algunos diccionarios como el Diccionario Histórico Argentino dirigido por Ricardo Piccirilli, Francisco L. Romay y Leoncio Gianello, la Gran Enciclopedia Argentina de Diego Abad de Santillán y el Nuevo Diccionario Biográfico Argentino de Vicente Osvaldo Cutolo -donde están más completos sus datos-, o en el ya citado libro de Atilio Cornejo: Apuntes históricos de Salta y en su Bibliografía jurídica de salteños, pocas páginas más difundieron su existencia y obra.
Baste recordar que en 1874 se graduó como doctor en jurisprudencia en la Universidad de Buenos Aires donde fue condiscípulo de Miguel Cané. Su tesis fue apadrinada por Onésimo Leguizamón y versó sobre “Las obligaciones de dar cosas ciertas. Tit. VII. Cap. I del Código Civil”.
El historiador Cornejo quien estudió en extenso esa tesis, da cuenta de que formaron la Mesa Examinadora: Vicente Fidel López, Rector de la Universidad, y actuaron como vocales los catedráticos José María Moreno, Manuel Obarrio, Florentino González, el Canónigo Carlos José Álvarez, Pedro Goyena y Antonio Malaver.
Ya en Salta, José Arturo León Dávalos fue Juez de Comercio en 1882, Fiscal General al año siguiente y presidente del Tribunal Superior de Justicia en 1886. Sus dictámenes se publicaron por Decreto del Gobernador Martín Gabriel Güemes bajo el título de Vistas Fiscales en 1887.
DIPUTADO
El 1 de febrero de 1880 fue electo diputado nacional por Salta teniendo como compañeros de banca, entre otros, a Olegario V. Andrade, Marco Avellaneda, Rufino de Elizalde, Martín de Gainza, Victorino de la Plaza, Juan Agustín García, José María Gutiérrez, Vicente Fidel López, Absalón Rojas, Edelmiro Mayer y Bartolomé y Emilio Mitre. Pese a su amistad con el presidente Avellaneda, al producirse la Revolución del Ochenta, siguió la política de Carlos Tejedor y se negó a participar en las sesiones del Congreso de Belgrano, por lo que se lo destituyó de su cargo el 20 de julio de aquel año.
Desempeñó la docencia en el Colegio Nacional de Salta y fue ministro de gobierno del gobernador Delfín Leguizamón. En el bienio 1895-96 presidió el Consejo General de Educación de Salta. Nuevamente diputado nacional en 1886, al concluir su mandato se lo nombró Secretario de la Gobernación de los Andes.
Su bibliografía abarca temas históricos, jurídicos y literarios siendo de especial importancia su opúsculo de 1885: La cuestión argentino-chilena con motivo de la definición de límites encomendada a las comisiones bicamerales de la Repúblicas Argentina y Boliviana. Informa Cutolo en su diccionario que una calle y una escuela en Salta llevan su nombre.
