La paradoja de la alta inversión y el bajo empleo

Se impone la necesidad de ideologías y paradigmas nuevos, que sirvan para reconstruir una sociedad local y mundial que está descomponiéndose.

El Gobierno se desgañita gritando que hay grandes inversiones llegando, que las exportaciones son un récord y lo serán más, que los dólares saturarán la bóveda del Central y hasta sus pasillos, como la mitología popular recuerda que ocurría a la llegada de Perón.

Del otro lado, importantes economistas, analistas y periodistas, y una buena parte de la sociedad, clama porque “no llegan a fin de mes”. Ni hablar de los jubilados.

Se muestran cifras, gráficos y series en uno u otro sector que agitan las banderas de esas dos vertientes. Quienes discrepan acusan al gobierno de manosear los datos y de mentir y mentirse. El gobierno acusa a sus críticos de ignorantes y algunos otros epítetos. 

¿Quién tiene razón? Todos. Y ninguno. 

Olvidando por un momento la tremenda corrupción argentina, multisectorial, multinivel, multipartidaria y salvaje, (no porque no sea repugnante, sino para tratar de hacer un análisis serio y frío) es evidente que las industrias extractivas –incluyendo petróleo y gas– van a generar un aumento revolucionario de las exportaciones, ergo de entrada de dólares. 

En este plano, el Gobierno ha acompañado el fenómeno de Vaca Muerta y lo ha mejorado en muchos casos, y al menos en una primera instancia, ha atraído grandes interesados en la explotación minera. Eso lleva a una gran entrada de divisas, tanto por las inversiones como por las exportaciones. Del otro lado, sobre este tema hay que hacer varias salvedades. 

Un gran interrogante

En primer lugar, siempre debe recordarse que los dólares que ingresan no son del estado, sino de los exportadores. Eso abre un gran interrogante sobre el futuro: en la actualidad, los exportadores están obligados a vender los dólares que reciben de su comprador al Banco Central, que obviamente tiene la obligación de comprarlos. Ese sólo hecho plantea varios problemas que habrá que enfrentar. El primero es la pregunta de lo que se hará con el cepo y el invento del Banco Central como única contraparte de todas las operaciones en divisas. 

Si el Banco Central siguiera obligado a comprar todos los dólares que entren, que serán muchos, tendrá que hacerlo con pesos que no serán suficientes, lo que puede llevar a una gran emisión. Eso se da tanto para los fondos que ingrese al país como inversión, (no los bienes que se importen para cualquier explotación) como para los ingresos de exportación. Para que esos ingresos no tuvieran un efecto inflacionario, debería generarse el famoso derrame, vía el consumo de quienes reciben esos ingresos, o de quienes proveen de servicios y bienes a esos exportadores, y los trabajadores y profesionales locales contratados por esas empresas. 

Con un sistema de tipo de cambio libre, los exportadores dispondrían libremente de sus dólares, con lo que naturalmente se dispersaría el efecto de exceso de oferta. (No sería de extrañar que a alguien se le ocurriera un RIGI para el régimen cambiario).

No resulta fácil determinar si ese derrame será suficientemente relevante. Porque los insumos clave suelen importarse y los puestos de trabajo que generan las empresas no son tantos como se sostiene, mucho menos con la tecnología actual y futura cercana. Si se mira al pasado se verá que hay derecho a tener dudas sobre el efecto sobre el equilibrio en este punto. 

Se necesitan millones de empleos

De esto no tiene la culpa el Gobierno ni ningún gobierno. El país necesita entre 5 y 7 millones de empleos para solucionar el problema del gasto público, del desempleo y además poder meter dentro del sistema legal a trabajadores precarios, lo que es bueno como discurso, pero bastante difícil de lograr porque muchos de esos trabajos informales son tan precarios que desaparecen si se quiere formalizarlos. De modo que el régimen jubilatorio seguirá siendo uno de los problemas más significativos a resolver. (Claro que también necesitaría un régimen unitario de gobierno para poner en caha a las satrapías provinciales, se podría sostener)

De nuevo, no es culpa de este Gobierno. Ciertamente la más que duplicación de los jubilados sin aportes o con aportes escasos de Cristina Fernández y su tocayo fue una lápida. Más la cantidad de items que colaboran fuertemente el déficit en este rubro que no tienen nada que ver con la jubilación, por ejemplo, la AUH, que deberían agruparse en otros rubros fuera del sistema de retiro. 

Del modo actual, el costo de muchos beneficios que ahora paga la Anses lo están costeando los jubilados. Lograr una solución racional y justa requerirá enormes esfuerzos técnicos y políticos para lograr un cierto equilibrio, imprescindible si no quiere expandirse la pobreza ni crear déficit. Unido a los subsidios por discapacidad y los enormes abusos en que se ha incurrido, sobre todo en las provincias, que no sólo en este tema sino en todos han sido siempre grandes fogoneadoras de gasto. Esto lleva a tener que modificar el sistema de coparticipación y del reparto arbitrario de los fondos no coparticipables, un carísimo modo de que el presidente (cualquier presidente) pueda influir sobre los mandatarios provinciales, o sea el Congreso. 

El RIGI y el SuperRIGI, en ese contexto, crean y crearán problemas importantes al resto de las industrias y otras actividades. No sólo por la inequidad de cobrar un impuesto más alto al resto de las actividades productivas y a la sociedad en general, que también existe, sino porque aleja las esperanzas de alguna clase de alivio para el resto no favorecido de que alguna vez se bajen los impuestos principales. Eso, a su vez, afecta dramáticamente a las PYME, por lejos las mayores generadoras de empleo en el país (Cuando el peronismo quiso “fomentar” la industria naciente -que lleva casi 100 años naciendo – le cargó los costos al agro en todos sus gobiernos).

Esa nueva entrada de divisas, que tiene sus aspectos positivos, también permite avizorar un tipo de cambio que dificultará la exportación tradicional y fomentará la importación de bienes de todo tipo, lo que afectará la existencia de las PYME y de los empleos que genera. Eso también impacta en el famoso derrame, el mayor argumento a favor del Capitalismo. Se critica al Gobierno por el “dólar bajo”, y es cierto que sus mecanismos de licuadora y motosierra, más el manejo cambiario y monetario tipo bingo del Central, han anticipado el proceso, pero aunque esas medidas no se hubieran tomado el peso se seguiría apreciando, y el desempleo continuaría subiendo. Que es lo que va a ocurrir. 

La solución noruega

La columna ya ha comentado largamente la solución de Noruega ante su inesperado boom petrolero. Ese país advirtió que el fenomenal ingreso de divisas que el fluido generaría iba a impactar en su tipo de cambio provocando una fuerte valorización de la corona, afectando así duramente a todas las otras actividades y creando un desempleo masivo. Entonces creó su hoy tan conocido y respetado Fondo de pensiones del gobierno global, o Fondo Petrolero. Por ese mecanismo, los ingresos provenientes de las extractivas no entran en el circuito financiero del país, sino que van a integrar directamente el fondo, hoy el mayor del mundo. 

Para lograr ese objetivo, además de las ganancias de las explotaciones directas del propio estado noruego, se aplica a las extractivas una tasa marginal del 80% aproximadamente, entre el impuesto a las ganancias y el de sociedades, además de impuestos ambientales por las emisiones. Como el Estado puede gastar de ese fondo sólo el 3% por año, Noruega se garantiza de ese modo que no se producirá el fenómeno de la “enfermedad holandesa”, al esparcirse en el tiempo el efecto del ingreso de esas empresas. Un virus atenuado del Dutch Disease puede estar incubándose en Argentina, lo que requiere extrema atención.

Nótese que el país está haciendo todo lo contrario que Noruega, al rebajar la alícuota de los impuestos generales a las extractivas, lo que además no parece necesario para atraer esas inversiones. Algún efecto complicado tendrá. 

La inimigración descontrolada, otro problema

Esta suma de factores lleva otra vez al tema del empleo, el recurso más importante para el derrame, la movilidad social, el desarrollo y el bienestar. La micro, le suele llamar la gente. Y aquí también, Argentina se enfrenta a un problema que no es exclusivo de un gobierno ni del país. Es casi universal o lo será en un futuro no lejano, aun antes de los efectos de la Inteligencia Artificial y la robótica. También se creía, implícitamente, que en una especie de recíproco de la ley de Say toda demanda crea su propio empleo. Es decir que por su mera presencia el ser humano es capaz de generar riqueza con su consumo. Por ejemplo, se suele escuchar eso cuando se defiende la migración educativa y hospitalaria sobre Argentina, cuando se afirma que todos esos inmigrantes aportan sus impuestos y su consumo al PBI. Nada más falso. El consumo de esos sectores suele ser informal, y las cantidades y el tipo de bienes que consumen no aportan casi valor agregado a la economía. 

No es casualidad que tantos países consideren un problema las migraciones y busquen limitarlas. No se trata de segregación por origen, racismo ni estigmatización, como sostienen las almas sensibles. Se trata del mismo tema: el empleo y el gasto público. Cuando Alberdi sostenía que había que fomentar la inmigración europea, lo que aún está plasmado en la Constitución, lo hacía bajo el convencimiento de que los europeos eran los más capaces de aportar su esfuerzo y su sacrificio para crearse un bienestar y en consecuencia para contribuir al bienestar general. Si se echa un vistazo a la historia argentina, se verá que no se equivocaba en esa apreciación. Sarmiento despreciaba al gaucho de su época porque no trabajaba y al indio porque robaba y destruía valor. 

Los países con más bienestar son los que tienen una población adecuada a sus recursos naturales o intelectuales, pero explotados y utilizados, incluyendo como recurso natural el factor humano. Casi no importa el tamaño del territorio. Pareciera que están surgiendo nuevos paradigmas para la comprensión de las sociedades, las reglas económicas, las políticas de cada país y globales. Tal vez el único parámetro que ha quedado en pie es la importancia de la formación en todos los niveles como base del desarrollo personal y de los países. Curiosamente, en Argentina, como en otros países similares, se ha dejado morir la educación. Alguna consecuencia tendrá. 

Cuando se dice que “si no se vota por este gobierno volvemos a lo de antes”, se está renunciando a la capacidad de pensar, de crear nuevas ideas, nuevos paradigmas, para entender y encolumnar a las sociedades. La mayoría de las teorías económicas se desarrollaron cuando la población mundial era 10 veces menor que la de hoy y cuando la miseria era la regla. 

Las sociedades que avanzarán serán aquellas capaces de buscar nuevos modos de pensar, de gobernar, de generar bienestar, de vivir y de crecer en todo sentido. Si un país tiene temor de votar nuevas orientaciones, nuevas reglas, nuevas prácticas y nuevos objetivos, siempre terminará “volviendo a lo de antes”, de uno u otro modo. Basta ver la reconversión constante del kirchnermenemperonismo que sigue en el poder para entenderlo. 

El desempleo, que preocupa y angustia a los argentinos, es mundial, sostenido hoy falsamente con mecanismos diversos. Es el gran enemigo no solo de la economía, si no de la sociedad misma. El mecanismo de renta o salario universal, que parece comunismo para muchos, será casi una necesidad en poco tiempo. Quienes sostienen que es una locura socialista o woke como en el caso local, se olvidan de que el estado emite 20 millones de pagos todos los meses para cubrir alguna clase de subsidio. Claro, el sistema de subsidios permite más negocios y más “caja”.

El desempleo también desvirtúa el concepto de la gran empresa como agente principal del derrame y el bienestar. Y no es que se esté abogando por un sistema de expropiación de riqueza. La columna sólo puntualiza un hecho evidente. No es una cuestión de equidad, ni de justicia social, o como se le quiera llamar. La desaparición de esa función, junto con la corrupción, son las armas de destrucción masiva que ha inventado la sociedad global. 

Tal vez haya que recurrir a una IA para administrar el presupuesto del Estado futuro, no una burocracia coimeable a todos los niveles. Una IA que no sea capaz de aprender la corrupción. El ahorro sería no menos del 50% y la eficiencia y calidad del gasto aumentaría otro tanto. Casi imprescindible para administrar un sistema de Renta Universal, por caso. Pero no hay ningún riesgo de que eso ocurra. La maquinaria política es más potente que todos los servers del mundo unidos. Vale para cualquier gobierno. Para cualquier país.