El 6 de agosto de 1930 se esfumó sin dejar rastro el juez de la Corte Suprema de Nueva York Joseph Force Crater. Se lo tragó la tierra -o eso pareció, porque nunca apareció ni vivo ni muerto- y su desaparición sigue siendo uno de los enigmas más célebres de la historia criminal de Estados Unidos. La hipótesis favorita es la de un magistrado que pecó de codicioso: quiso una porción más generosa de la torta, actuando como administrador judicial en una quiebra, justo cuando acababa de desembolsar veinte de los grandes para comprarse su propia designación como juez. Esa avidez, dicen, lo habría enemistado con la mafia inmobiliaria de la ciudad. Pero la verdad, como el propio Crater, nunca apareció.
Morcic, el moro de Rijeka, es el amuleto de la suerte favorito de ese puerto croata. Rostro negro con turbante blanco y detalles en dorado o coral rojo evoca una milagrosa victoria contra los turcos en el siglo XVI. Se ha convertido el talismán también en el símbolo oficial del famoso Carnaval Internacional de Rijeka.
El juez Crater y Morcic aparecen como referencias al pasar en la última novela de Thomas Pynchon (quizás sea realmente su última novela, el hombre nació en 1937). Ejemplifican un rasgo primordial de la obra del mejor escritor estadounidense vivo: la prosa enciclopédica.
Las novelas de Pynchon relumbran, entre otras virtudes, por la ambición (¡oh, ambición, suprema virtud literaria!) de encerrar toda una época entre sus páginas. Son una suerte de Aleph borgeano que registra, con obsesiva minucia, las ideas y las supersticiones, la cultura de masas, las jergas, los artefactos y los hábitos de un momento preciso de la historia.
En V, la época colonial de Occidente; en Contraluz, el ocaso de ese largo siglo XIX que se extendió hasta las puertas de la Gran Guerra; en Mason & Dixon, el fulgor racionalista del Siglo de las Luces; y en Al límite, el amanecer del siglo XXI, ese breve paréntesis de nerviosa calma que sobrevivió entre el derrumbe de la burbuja de las puntocom y la catástrofe del 11-S. La fascinante máquina del tiempo del eremita Pynchon.
TOBOGAN INFERNAL
A oscuras (Tusquets 389 páginas) fue entregada a la imprenta a fines de 2025, después de doce años de silencio. Es un museo fascinante de la Era de la Gran Depresión, cuando la humanidad se deslizaba -como si tratase de un tobogán infernal- hacia las prácticas más siniestras. Pynchon recrea el año 1932. El título en inglés es Shadow Ticket.
La trama, desarticulada como siempre, nos lleva desde Wisconsin hasta una Europa Central que se ha convertido en un burbujeante caldero de brujas. El protagonista se llama Hick McTaggart, antiguo matón al servicio del empresariado para romper huelgas a cachiporrazo limpio. Ahora, venido a menos, trabaja para la agencia privada de detectives Unamalgamated Ops -¡ah, los nombres que solo a Pynchon se le ocurren!-. No tiene un centavo en el bolsillo.
Se le encarga a Hicks encontrar y traer a casa a una vieja conocida suya, la señorita Dafne Airmont. No tuvo mejor idea la bella hija del Rey del Queso que fugarse de casa con un clarinetista judío, para colmo.
No será tarea sencilla. En su Milwaukee natal, el investigador deberá lidiar con la mafia italiana y con el FBI pisándole los talones; y ya en el Viejo Continente lo esperan agentes de los servicios de inteligencia de media Europa, además de aventureros y sectarios de toda laya (de ambos sexos) y una nueva camada de lobeznos fascistas.
La odisea de McTaggart transcurre, pues, en varios escenarios. Arranca en la capital de Wisconsin y de ahí nos pasea por Nueva York, un transatlántico de lujo, Viena, Budapest, Transilvania, Hamburgo, Fiume. Como siempre, una galería de personajes extravagantes nos sale al paso. El manejo de la escena es formidable: podría definirse a Pynchon como un Aira con esteroides.
CONJURAS
Si hay una frase que condensa todo el universo pynchoniano es la que encontramos en la página ciento noventa y seis: "Son tiempos extraños los que vivimos, hay recónditos pasadizos detrás del decorado".

En efecto, hallamos conjuras por todas partes. La mafia de Al Capone conspira con el Gran Capital. La Pérfida Albión -la de la campaña antiargentina de 2026- trama maldades. Lo sobrenatural (aparece un golem, por ejemplo) camina entre nosotros. Como Borges, Pynchon es un literato de espléndidas obsesiones.
Del estilo hay que decir, también, que del texto emergen dos poéticas bien diferenciadas. Una, vinculada al modernismo técnico: una locomotora a vapor, por ejemplo, es descripta como una "abrumadora criatura de hierro descerebrada". La otra remite a la maravillosa diversidad del hormiguero humano.
Como señalamos, nada queda afuera. En la página trescientos cuarenta y cuatro, el detective ve a alguien bailando "una canción de Gardel y Le Pera". Un poco más adelante, se leen estas líneas de diálogo:
"-¿Nos conocimos en Buenos Aires, tal vez, por la época del golpe de Estado? Quizás en el Teatro Colón, en la representación de Tosca con Apollo Granforte interpretando a Scarpia. Tú estabas en la platea, entre casamenteros, aunque realizando negocios menos respetables".
A Pynchon se lo lee con Google en el regazo. Su erudición es apabullante y nos obliga a búsquedas incesantes. ¿Sabe usted, por ejemplo, lo que es un "teremín"? Se trata de uno de los primeros instrumentos musicales electrónicos de la historia, famoso por ser el único que se toca sin tocarlo, es decir, sin ningún contacto físico del intérprete. Fue inventado en 1920 por el físico y músico ruso León Theremin. Hicks asiste a un concierto de teremines en un tugurio de Hungría, "país donde el insulto es poema".
¿Por qué diablos los mandarines de Estocolmo le siguen negando el Nobel de Literatura a Thomas Pynchon? ¿Temerán, acaso, que mande a un cómico a buscarlo, como hizo en 1974 con el National Book Award?
