La mente capturada: infancia, atención y el trasfondo invisible de la violencia

Hace unos días, el 23 de abril, se conmemoró el Día Mundial de la Salud Mental Infantil y Adolescente. La fecha, impulsada por organizaciones internacionales, busca llamar la atención sobre un hecho que ya no puede ser ignorado: la fragilidad creciente de la vida psíquica en las nuevas generaciones.
Si bien por un lado existe la evidencia de un aumento de diagnósticos, quizás el aspecto subyacente sea más importante y profundo, lo que está en juego es el entorno en el que se forma la mente que  ha cambiado radicalmente. Y ese entorno en las mentes en desarrollo, es decir la infancia-adolescencia juventud, genera un impacto directo en cómo se forman, no solo el psiquismo de manera abstracta ,sino las estructuras cerebrales que lo sostienen.
Posterior al final de la segunda guerra mundial el mundo vivió y dentro de esto obviamente, los niños y jóvenes, una etapa en la que transcurría la vida dentro de marcos relativamente estables, en el caso de esta franja poblacional: la familia, la escuela, la comunidad. Los mensajes, los mandatos inclusive, eran más simples y claros, así los lugares comunes que en muchos casos usamos aún hoy son remanentes de esa época. Hoy esos espacios han perdido su lugar axial frente a un sistema mucho más amplio, continuo, difícil de delimitar y por momentos caótico y contradictorio. Ese sistema no se limita a instalar un mensaje ordenador, o informar, o incluso entretener, sino que aparece algo por debajo de esto que emerge: lo que se manifiesta y va más alá de lo que aparenta, es la pregunta sobre cuál es la búsqueda final de la existencia en este mundo por momentos distópico. Hoy quizás ya tenemos en claro cuál es la respuesta y es que son sistemas que compiten activamente por capturar nuestra atención, en definitiva captar nuestra mente, y así pensar, desear, elegir y establecer normas morales incluso, por nosotros.
La cuestión de la atención, que se plantea como un tema individual, el concentrarse o distraerse, y eventualmente centrarse en la búsqueda de patologías individuales, se ha transformado en un fenómeno estructural. Las plataformas digitales, las redes y todos los sistemas basados en las tecnologías digitales, han pasado de tener como objeta la oferta de contenidos, a estar diseñadas para retener al usuario mediante estímulos breves, intensos y emocionalmente cargados. Es decir crear un proceso de aprendizaje, estimulo respuesta, que genere la adicción y retenga al individuo. La frase si el producto no es evidente o gratuito, tú eres el producto,  hoy se ha cumplido: Nuestra atención, datos personales y hábitos de comportamiento son la mercancía que la empresa vende a los anunciantes o usa par otros fines más inquietantes. En ese proceso, la atención deja de ser una facultad interna para convertirse en un recurso explotado externamente. Asociado a esto otras funciones, en particular la memoria, pasa a ser reconstruida por esa narrativa que incorporamos desde afuera. Es decir nuestra memoria es intermediada por la captación de la atención y así co-construido la narrativa propia con los mensajes externos guidos por los algoritmos. No somos los que pensamos sino que “nos piensan o piensan por nosotros”.
Las consecuencias de este cambio, en el cual no estamos aquí y ahora en nuestra realidad, sino en una mente captada por estímulos, no difiere de lo mismo pero ocasionado por adicciones químicas, ya que también la química cambia, solo que el estímulo es otro y más permanente, nuestra mente empieza a acostumbrarse y de allí modificar sus circuitos a esa otra realidad. La mente desgastada, fatigada es incapaz ya no de leer a Joyce o Tolstoi sino sostener el mínimo relato de 128 caracteres. Vemos muy frecuentemente como personajes públicos leen, y aun con dificultad un discurso, una ponencia. La información es difícil de sostener. Algo que vemos en el ámbito de lo editorial y es como el proceso de lectura es superado por formas audio visuales que implican otros modelos y funciones neurobiológicas. En esos casos en los que se ve con claridad la dificultad para sostener la concentración, y es mucho más fácil que aparezca la intolerancia a la frustración, o la búsqueda de estímulos constantes y relacionado con esto la tendencia a la reacción inmediata, sin otro proceso que el emocional y motor. La violencia, la reacción motora guida por la frustración ante el vacío. No se trata de fenómenos aislados, sino que configuran un nuevo modo de funcionamiento psíquico. Somos los mismos seres humanos, pero diferentes.
En un cerebro en desarrollo, como el de niños y adolescentes, esto adquiere una relevancia particular. La repetición de estímulos intensos no solo modifica hábitos, sino que moldea la percepción, la emoción y, en última instancia, la conducta. Suponer lo contrario es vivir en una fantasía. Es muy frecuente que se pregunten en relación con eventos en escuelas en los últimos tiempos, cual es la “patología” de un adolescente, y al intentar llevarlo al marco de la historia reciente, la social, la postpandemia, la económica, una sociedad de violencia y el impacto en el neurodesarrollo, se muestran desilusionados por la respuesta. Somos seres inmersos en un mundo amplio y complejo en el que todo se transforma en mensaje modulador del psiquismo. Es así que en este punto fenómenos como la violencia entre pares, que hoy adquieren visibilidad con exagerada y falsa sorpresa, deben ser reconsiderados. No como hechos desconectados o exclusivamente atribuibles a factores individuales, sino como expresiones posibles dentro de un sistema que privilegia la exposición, la intensidad y la reacción. Pero eso implicaría aceptar donde estamos fallando como sociedad, y eso en cada uno de los ámbitos de acción, la política, la economía, la comunicación, la salud etc.
La violencia, en este contexto, no siempre aparece como una ruptura del orden, en realidad hoy quizás todo lo contrario, es un intento de pertenencia a un orden, pero que nosotros los adultos no queremos reconocer sea el fruto de una sociedad disfuncional…de la cual nos cabe una responsabilidad. En concreto, la violencia funciona como una forma de inscripción en un entorno donde la visibilidad se ha vuelto condición de existencia y aún pero es hablar el lenguaje validado. El niño aprende las palabras de amor o del odio. Desde ya no se trata de justificarla, sino de comprender el terreno en el que emerge, para poder tomar medidas de acción concreta.
El Día Mundial de la Salud Mental Infantil y Adolescente, y las repetidas misivas a ocuparse de la salud mental de los más jóvenes, no apunta o no debiera apuntar únicamente a mejorar diagnósticos o tratamientos. Señala la necesidad de intervenir sobre las condiciones que estructuran la experiencia cotidiana de niños y jóvenes. Entre ellas, la forma en que se organiza y se disputa la atención ocupa hoy un lugar central.  ¿Qué les decimos y mostramos que es importante?, ¿cuál es el mensaje que mostramos en nuestros actos, como sociedad?
La pregunta que se abre es inevitable. Si la mente se forma en un entorno donde cada estímulo compite por imponerse sobre el anterior, ¿qué tipo de subjetividad se está configurando? Y, más aún, ¿qué consecuencias tiene ese proceso sobre la capacidad de regular la conducta, tolerar la frustración y convivir con otros?
Es confortable concentrase en los episodios visibles, o en respuestas trilladas, pero la verdadera línea a seguir es detenerse a estudiar, y aceptar previamente, en aquello que los precede. Porque lo que hoy aparece como violencia puede ser, en muchos casos, el resultado de una transformación más silenciosa: la de una mente cada vez más expuesta, más fragmentada y más difícil de sostener.