La máxima de Yrigoyen en materia internacional

Ante la reciente intervención militar de Estados Unidos en Venezuela y la operación de secuestro del presidente Nicolás Maduro y su traslado a aquel país para ser juzgado bajo leyes extranjeras, resulta oportuno traer a colación una máxima que guió el pensamiento y la obra del presidente Hipólito Yrigoyen en materia de relaciones internacionales:

"Los hombres deben ser sagrados para los hombres y los pueblos deben ser sagrados para los pueblos".

Fueron las palabras de Yrigoyen en comunicación telefónica con el presidente Herbert Hoover el 10 de abril de 1930, es decir faltando apenas seis meses para su derrocamiento por un golpe de Estado en Argentina.

Se inauguraban las líneas telefónicas entre Argentina y Estados Unidos. Dos o tres postergaciones del llamado que debía realizar Washington creó cierta expectativa en el público. Al fin se produjo el circuito.

Según el programa, Hoover e Yrigoyen pronunciarían las primeras palabras. Habla Hoover: “Utilizo -dice- uno de los grandes triunfos de la ciencia y el comercio por medio del cual ha llegado a ser una realidad la comunicación radiotelefónica a través de las grandes distancias…”. Recuerda su reciente visita al país y expresa su anhelo de que el mayor conocimiento recíproco deshaga las intangibles barreras que suelen separar a los pueblos que están físicamente muy alejados.

BIENES DEL ESPIRITU

Se supone que estas inauguraciones oficiales son magníficas oportunidades para no decir nada, simples frases de ocasión y cortesías triviales. Pero Yrigoyen quiere establecer claramente frente a la nueva maravilla mecánica y frente al representante de la potencia que asomó triunfante en el mundo luego de la Gran Guerra, símbolo de una civilización esencialmente pragmática y utilitaria, su afirmación en los bienes del espíritu por sobre todas las cosas.

Empieza recordando la visita de Hoover en la que ambos -subraya significativamente- coincidieron sobre la forma en que deben solucionarse los conflictos internacionales; conviene en que el nuevo medio de comunicación ha de ser un factor más en la “expansibilidad comunicativa” de las dos naciones. Y solemnemente agrega:

“Pero que decirle, cada vez más acentuado mi convencimiento, que la uniformidad del pensar y sentir humanos no ha de afirmarse tanto en los adelantos de las ciencias exactas y positivas, sino en los conceptos que como inspiraciones celestiales deben constituir la realidad de la vida: puesto que cuando creímos que la humanidad estaba completamente asegurada bajo sus propias garantías morales, fuimos sorprendidos por una hecatombe tal, que nada ni nadie podría referirla en toda su magnitud.”

Expresa su anhelo de que después de catástrofe tal renazca “una vida más espiritual y sensitiva”. Y termina con estas palabras inmortales:

“…reafirmando mis evangélicos credos de que los hombres deben ser sagrados para los hombres y los pueblos para los pueblos, y en común concierto reconstruir la labor de los siglos sobre la base de una cultura y una civilización más ideal, de más sólida confraternidad y más en armonía con los mandatos de la Divina Providencia…”.

El efecto de las palabras de Yrigoyen fue enorme. Hoover mismo, terminada la conferencia, volvió a llamar a Buenos Aires para significar la emoción que a él y a sus compañeros había producido la oración del presidente argentino.

La Calle, diario radical, comentaba al día siguiente: “El doctor Yrigoyen ha rendido su aplauso al esfuerzo que une en la red telefónica la existencia de dos grandes pueblos: pero al mismo tiempo les ha recordado a los que quieren reducir el universo a un teorema mecánico, que el esfuerzo sin pensamiento es una energía sin destino ni trascendencia (…) que la grandeza de los pueblos sólo es efectiva cuando une a sus riquezas materiales su grandeza moral, sus sentimientos humanitarios, sus aspiraciones de hermandad y respeto”.

Conceptos semejante vertía “La Época” en su editorial, titulado “Un mensaje para la humanidad”.

Los grandes medios de comunicación de entonces, siempre proclives a ensalzar a las potencias dominantes tomaron despectivamente la sentencia yrigoyeneana. “La Nación” expresó que Yrigoyen había estado “fuera de tono”… “La Prensa” comentó la oración del presidente argentino en forma irónica y despectiva: “...Es difícil averiguar cuáles son los credos del primer magistrado, desde que no los expresó jamás...”.

Sin embargo, para el radicalismo argentino en particular (y de sus gobiernos posteriores Frondizi, Illia, Alfonsin, De la Rúa) y para el movimiento nacional en general aquella magna cátedra de Yrigoyen sirvió para sintetizar el principio humanista de las relaciones es exteriores argentinas sino también como una orientación general de principios irrenunciables del Estado Argentino como la autodeterminación de los pueblos, la no intervención extranjera, la soberanía, la paz como estado natural de las Naciones y el respeto al multilateralismo y los organismos internacionales.