La locura de la emperatriz que no fue: Carlota de México

Carlota Amalia Augusta Victoria Clementina Leopoldina de Sajonia-Coburgo-Gotha era descendiente de lo más granado de la nobleza europea. Su abuelo era Luis XIII de Francia, sobrina nieta de María Antonieta e hija de Leopoldo I de Bélgica, para mencionar solo a algunos parientes… Todo esto, más su belleza, la convertía en uno de los partidos más codiciados de Europa.
A los 17 años se casó con el archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo, hermano de Francisco José, emperador de Austria y Hungría, esposo, a su vez, de la célebre Sisi.
Por entonces Maximiliano era virrey de Lombardía y Véneto, pero los italianos estaban cansados de los austríacos y se rebelaron contra los Habsburgo. En 1859 Maximiliano se vio obligado a dimitir.
Algunos políticos opinaron que Maximiliano había sido demasiado condescendiente con los italianos y esto le había costado el virreinato.
Carlota volvió a la corte austrohúngara, donde cultivó una excelente relación con su suegra Sofía de Baviera, quien apreciaba los cuidadosos modales de su nuera.
Ambas también tenían un notable desprecio por Elisabeth de Baviera, Sisi; la suegra, a su vez tía, la despreciaba por su rebeldía y poco apego al protocolo, y Carlota no la quería por los rumores de una estrecha relación entre su marido y su cuñada, que nunca pudieron ser demostrados. Quizás estos celos infundados eran una muestra precoz de su paranoia…
Poco duró el matrimonio en la corte austrohúngara porque los acontecimientos políticos arrastraron a la pareja a una nueva e impensada aventura: la conquista de México.
Como todas las excolonias españolas, México había contraído deudas con las potencias europeas que no podía honrar. Como entonces esas deudas se cobraban por vía de las armas (la política de las cañoneras, le decían), Francia, Inglaterra y España decidieron invadir el país azteca y Napoleón III tuvo la peregrina idea de instaurar un gobierno títere. ¿Quién mejor que Maximiliano y Carlota para construir un imperio? Eran una pareja ideal que aportaría al país americano una generosa dosis de aristocracia europea. Resultó no ser tan así…
Ansiosos por asumir su nuevo puesto, atravesaron el Atlántico hasta el puerto de Veracruz, donde no fueron recibidos con el entusiasmo que ellos esperaban de sus nuevos súbditos.
Carlota había sido preparada por su padre para gobernar y a eso se dedicó con más vocación que su marido. Cada vez que este partía de la capital, ella asumía el gobierno con ideas innovadoras y la noble intención de beneficiar a sus súbditos.
Fue ella quien implantó la ley de educación obligatoria y gratuita, impulsó la expansión de la red telegráfica y del ferrocarril y dio enormes sumas en beneficencia que recaudaba organizando bailes y actos de caridad en su castillo de Chapultepec.
Para ser una verdadera dinastía, la pareja necesitaba descendencia que la naturaleza le negaba, aunque insistieran tenazmente. Urgidos por las circunstancias, decidieron adoptar un niño, el hijo del difunto emperador Agustín de Iturbide, con su esposa Ana María Huarte.
La idea era bastante descabellada, más cuando obligaron a la madre a firmar el acuerdo de Chapultepec, en que Huarte “cedía” a este príncipe real.
No solo eso, sino que su madre biológica debía abandonar el país inmediatamente…
Presionada, la exemperatriz entregó su hijo a la nueva emperatriz y partió hacia el exilio, donde se dedicó a reclamar a su párvulo ante distintos gobiernos, deteriorando aún más la imagen de esta pareja que, además de un país, había usurpado a un niño.
Además, las cosas no andaban nada bien. El presidente Benito Juárez se había convertido en una resistencia más fuerte de lo esperado y las tropas nativas comenzaron a derrotar a las invasoras.
Finalizada la guerra civil, Estados Unidos había vuelto a proponer la doctrina Monroe y prometió enviar tropas a México. Ante esta adversidad y preocupado por los gastos de esta invasión, que resultó ser muy onerosa, Napoleón III decidió sacar de México las tropas francesas, principal sostén del imperio.
Cuando Maximiliano quiso poner fin a esta parodia imperial, tanto su madre como su esposa pusieron el grito en el cielo: cobarde, pusilánime, “te has de convertir en el hazmerreír de Europa”.
Carlota decidió que lo mejor era que ella fuera a pedir ayuda al exterior, mientras Maximiliano se encargaba de pelear esta guerra contra unos indios con ánimos republicanos y buscaba consuelo en su amante española.
Carlota partió hacia Francia, donde pretendió ser atendida por Napoleón III, quien despreció a la fallida emperatriz y la mandó a llorar a otro lado.
Carlota se entrevistó con su hermano Leopoldo, quien también le negó apoyo porque estaba muy ocupado conquistando el Congo, con una crueldad que haría historia. Eso sí, se quedó muy preocupado por el desequilibrio de su hermana, quien cada día estaba más convencida de que la querían matar.
En un estado lamentable, casi sin beber agua, ya que temía que estuviese envenenada, se dirigió al Vaticano a entrevistar al papa Pío IX. El viaje al Vaticano fue una tortura para Carlota, evidenciando signos de paranoia. En cada sombra veía a un asesino.
Cuando se entrevistó con su Santidad, Carlota comenzó con una exposición realista de lo que acontecía del otro lado del Atlántico, confiada en que la determinación del Papa salvaría a su marido y al imperio… pero, pasados unos minutos, su exposición se hizo más incoherente y al final expresó que tenía sed y se abalanzó sobre el cáliz y bebió el vino ante el asombro de los prelados. El estado de Carlota era tan lamentable que decidieron quebrar la disposición de que ninguna mujer podía pasar la noche en el Vaticano para dar cobijo a la emperatriz desmembrada.
Conocida la noticia del fusilamiento de Maximiliano, el precario estado de Carlota colapsó y fue encerrada primero en el Castillo de Miramar y después pasó los próximos cincuenta años en distintos palacios de Bélgica.
Las teorías conspirativas perseguían a la emperatriz de México. Una decía que había sido envenenada por una bruja para evitar que continuase gobernando sobre el país azteca y esto la habría desequilibrado.
Otros decían que había huido porque estaba embarazada del edecán de Maximiliano (evidentemente una versión errónea y malintencionada).
Con los años fue recordada por muchos mexicanos como “mamá Carlota” por la benevolencia hacia sus súbditos.
Lo más plausible es que haya tenido un brote psicótico, muy probablemente un cuadro de esquizofrenia paranoide que creó esta alucinación conspirativa, este terror a ser envenenada que generaba sus conductas esquivas.
La esquizofrenia es una enfermedad metabólica del cerebro que compromete al uno por ciento de la humanidad; suele comenzar en la adolescencia o juventud del paciente y, de no ser tratada, conduce a un deterioro cognitivo profundo. Todo hace pensar que Carlota tuvo un brote esquizofrénico.
Después del colapso final, Carlota fue encerrada y cuidadosamente custodiada por su hermano, que no quería que las familias reales europeas se enterasen de que por la sangre de la familia corría el gen de la locura.
Así fue como Carlota pasó cincuenta años encerrada en los palacios de la familia, rodeada por leales servidores que la mantenían ajena al mundo, al igual que callaban celosamente todas las excentricidades de Carlota para asegurarse de que el mundo ni sospechase su insania.
El único evento que perturbó la soledad de su encierro fue durante la Primera Guerra Mundial, cuando los alemanes invadieron Bélgica. Al enterarse de que allí vivía la archiduquesa de Austria, un país aliado al Imperio alemán, protegieron el palacio como si fuese propio.
Quién sabe si Carlota, en su enajenación, percibió la cortesía o se dignó saludar a los soldados que la protegían en su aislamiento.
Murió el 19 de enero de 1927, pero a pesar de tantos años de soledad y silencio no ha caído en el olvido.
Del otro lado del Atlántico, en el Castillo de Chapultepec convertido en museo, aún se conservan sus muebles y sus vestidos con los que pretendía deslumbrar a sus súbditos con la elegancia y savoir-faire de su alcurnia, que, la verdad sea dicha, de poco le sirvió ni a su marido, ni a sus súbditos ni a esta emperatriz que se extravió en los vericuetos de la sinrazón.