EL RINCON DEL HISTORIADOR

La llegada del virrey Arredondo a Buenos Aires

Don Nicolás de Arredondo, nombrado virrey del Río de la Plata para suceder al marqués de Loreto en 1789 se desempeñaba como presidente de la Audiencia de Charcas desde 1782. En realidad el primer designado era don Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla, conde de Revilla Gigedo, pero habiendo asumido el gobierno de Méjico recayó el cargo en Arredondo, distinguido militar que había combatido en Italia y luego trasladado a La Habana.

Un anónimo documento que conserva la sección Manuscritos del Museo Histórico Nacional y exhumara hace más de un siglo el historiador oriental Horacio Arredondo (h), nos permite conocer algo del ceremonial que se observó con motivo de la llegada del virrey a la sede porteña.

El 25 de noviembre de 1789 salió de la ciudad de Córdoba y cuatro días después alcanzó la Guardia de la Esquina, el 2 se encontraba la comitiva en la Cañada de la Cruz (hoy Exaltación de la Cruz) donde durmió y al día siguiente llegó a Luján, alrededor del mediodía.

Allí en la casa del cura don Cayetano José María de Roo, almorzó, comida que había ordenado preparar el marqués de Loreto y para que todo resultara de la mejor forma estaba allí el tesorero de la ciudad don Antonio de Pinedo.

Esperaban al virrey en Luján para cumplimentarlo en nombre de la Real Audiencia, el oidor José Pareja y Cortés; por el Cabildo secular los alcaldes Miguel de Azcuénaga y Diego Mansilla; por parte del obispo Azamor, su provisor y un miembro del Cabildo eclesiástico. Lo acompañaban su esposa Josefa Rosa Mioño-Bravo de Hoyos Bustamante y según el documento junto con dos hijos, suponemos que los más pequeños José Antonio Jacinto y Agustín.

Después partió la caravana a la Cañada de Morón donde a buen trote a las seis de la tarde llegaron a la posta, donde pensaban pasar la noche y continuar por la mañana; pero se encontraron que las comodidades eran pocas; razón por la cual el cura Domingo de Pessoa le ofreció su casa, la que ofreciendo mayores beneficios hizo que se trasladaran allí en los carruajes.

En la posta eran esperados por don Manuel de Basavilbaso en nombre del virrey “quien les hizo presente estaba preparado su alojamiento con camas y todo lo necesario en la Chacarita, pero como de la posta a ella había más de cuatro leguas de camino, que se consideraba que hasta tarde de la noche no podrían llegar a ella las carretillas que conducían el equipaje, y que emprendiendo esta nueva marcha se dificultaría más el venirse a él, siendo preciso que Sus Excelencias por la mañana se vistiesen de otro modo que con la ropa de camino que traían; y considerando por otra parte, que si pasaban a esta inmediación por la mañana, empezarían a venir la gente de la ciudad y no lograrían el descanso y comodidad que con esta otra distancia” determinaron no llegar a la Chacarita hasta el mediodía y por la tarde ingresar a la capital.

ESPLENDOR

La llegada a la antigua chacra de los padres jesuitas fue espléndida, los esperaba una guardia, los recibió una orquesta de música y una gran mesa con ramilletes y 30 cubiertos, pero Arredondo decidió comer sólo en uno de los cuartos adornados con la familia, sirviéndose en otra mesa al padre rector, a seis colegiales y otros sujetos.

Cuando el virrey estaba terminando la comida llegaron el obispo don Manuel de Azamor, el inspector don Antonio Olaguer Feliú a quienes cumplimentó ligeramente y salió “a la gran sala muy adornada con dosel y dos sillas de proporción, bajo la común, cojines y otra silla igual, seguida también con un cojín y se retiraron”.

A las cuatro de la tarde llegó en su carruaje el marqués de Loreto acompañado del regente y el oidor decano de la Real Audiencia, y en otro coche los oidores, los miembros del Tribunal de Cuentas y los maceros, que formaron en doble fila; en el patio de la casa lo recibió Arredondo confundiéndose ambos en un abrazo y entregándole Loreto el bastón símbolo del mando, retribuyéndolo el nuevo virrey con el que llevaba “aunque no estaba prevenido ni había considerado sucediese esto”.

A continuación les fue presentada la nueva virreina, a la que cumplimentaron en agradable plática por media hora, después de lo cual Arredondo con Loreto y los oidores subieron a un carruaje, rumbo a la ciudad; rato después lo hizo la virreina con su familia en una carroza tirada por seis mulas, y después los demás coches con los individuos que habían pasado a cumplimentarlos; los que a poco de andar se unieron al primero que “iba muy despacio”.