Mirador político

La lección de Borges

Hacia fines de la semana última se conoció una encuesta sobre el impacto de las denuncias de corrupción sembradas por los medios sobre el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, con un dato llamativo: más del 80% de los consultados las conocía. Una constelación de medios privados había funcionado en los hechos como una suerte de cadena nacional con una audiencia superior a la de los discursos presidenciales e incluso de los partidos de la Selección.

Como consecuencia de ese constante machacar el gobierno había quedado arrinconado sin necesidad de que un solo político opositor abriera la boca. La ofensiva la llevaban adelante los periodistas.

Pero el viernes cobró rápida difusión una “filtración” que iba en sentido contrario: revelaba la existencia de una operación de desinformación financiada por agentes de Putin que habían pagado a medios locales por la publicación de decenas noticias falsas contra el gobierno argentino por su apoyo a Ucrania.

Curiosamente la noticia fue instalada por periodistas con un claro perfil no libertario, lo que le dio mayor credibilidad.

Más allá de su génesis y objetivo, la campaña contra Adorni y la contraofensiva gubernamental que la siguió dejaron como saldo un panorama desolador. El Presidente aprovechó la ocasión para denostar a todos los medios con una agresividad peligrosa en alguien que tiene el poder del Estado en sus manos.

También resultó alarmante su reacción de impedir el acceso a la Casa Rosada y a la Cámara de Diputados a las empresas periodísticas señaladas en la “filtración”. Conclusión: si la primera víctima de la “cadena nacional de medios privados” había sido la verdad, la segunda fue la libertad de informarse.

El episodio fue disparado por el periodismo que en lugar de informar opera políticamente. No es la primera vez que lo hace y ha llevado a gobiernos democráticos a la debacle con denuncias que la Justicia probó falsas cuando ya era tarde. Pero esto no justifica la iracundia ni el lenguaje escatológico del Presidente, aunque algunos medios que forman parte de poderosos grupos empresarios se dediquen más al “lobbying” que a informar.

Por otra parte, durante las últimas dos décadas se produjo un fenómeno letal para el periodismo: el uso de la pauta oficial para armar medios identificados con el peronismo. Llamativamente, en esos medios aparecieron los artículos antiMilei. Funcionan como los antiguos órganos de propaganda partidarios, aunque con la fachada de órganos de información general. El daño que sus campañas le hacen a la credibilidad del periodismo es cada vez mayor.

¿Cómo salir de esta encerrona? Jorge Luis Borges en “Otras inquisiciones” recomienda una solución que no está en los periodistas, sino en los lectores y fue prescripta por Betrand Russell en “Free thought and official propaganda”. “Propone -recuerda Borges- que las escuelas primarias enseñen el arte de leer con incredulidad los periódicos. Entiendo que esa disciplina socrática no sería inútil. De las personas que conozco muy pocas la deletrean siquiera. Se dejan embaucar por artificios tipográficos o sintácticos; piensan que un hecho ha acontecido porque está impreso en grandes letras negras; confunden la verdad con el cuerpo doce”.