La guerra ha desbordado el campo de batalla

Ucrania y un conflicto que obliga a modificar la escala de observación.

La guerra de Ucrania ha entrado en una fase que obliga a modificar la escala con la que observamos el conflicto. El mapa del frente sigue siendo indispensable, pero ya no es suficiente. Mientras Rusia mantiene la presión sobre Donetsk, Zaporiyia, Járkov y Dnipropetrovsk, Ucrania lleva sus ataques cada vez más profundamente dentro del territorio ruso; las industrias occidentales aceleran la integración de drones, inteligencia artificial, robótica y software; y Rusia y China profundizan corredores económicos que alcanzan incluso al Ártico. La guerra continúa librándose en las trincheras, pero sus instrumentos y efectos se extienden mucho más allá de ellas.

Los partes difundidos por el Ministerio de Defensa ruso describen una presión distribuida sobre un frente extraordinariamente extenso, desde Sumy y Jarko hasta Kherson, pasando por Slavyansk, Kramatorsk, Donetsk, Dnipropetrovsk y Zaporiyia. Moscú reivindicó en estos días nuevas localidades, entre ellas Vodyanskoye. Como corresponde a todo parte de un beligerante, las cifras de bajas y conquistas territoriales deben tratarse con cautela. Pero los comunicados permiten observar el carácter de la campaña: presión acumulativa, empleo intensivo de drones, guerra electrónica, fuegos de contrabatería y ataques contra la infraestructura que sostiene al ejército ucraniano.

 

LENTITUD E INMOVILDAD

No estamos ante una gran ruptura operacional clásica (como hemos dicho varias veces). La guerra avanza mediante infiltraciones de 3/4 soldados de infantería, conquista de posiciones y acumulación de ventajas locales. Pero, atentos, sería un error confundir lentitud con inmovilidad. Rusia intenta obligar a Ucrania a distribuir hombres, municiones, defensas antiaéreas y reservas a lo largo de más de mil kilómetros, buscando que la suma de pequeños éxitos tácticos produzca finalmente un efecto operacional mayor.

La persistencia de medios tradicionales recuerda además que la revolución tecnológica no ha abolido la potencia de fuego. Rusia informó del empleo de bombas FAB-3000 en la dirección de Dnipropetrovsk. Asi, drones y bombas pesadas, algoritmos y artillería, satélites y trincheras conviven en el mismo campo de batalla. La guerra del siglo XXI no sustituye simplemente las armas del siglo XX: las incorpora a una arquitectura nueva.

 

UNA SEGUNDA GUERRA

Aquí aparece una segunda guerra: la batalla por la profundidad. Mientras Rusia intenta desgastar el dispositivo ucraniano sobre el terreno, Kiev procura trasladar el combate hacia la retaguardia rusa. The Sunday Times informó que drones de fabricación británica fueron empleados en ataques contra objetivos dentro de Rusia. Volgogrado y Yaroslavl dejaron así de ser nombres remotos para incorporarse al espacio militar del conflicto.

El dato tecnológico es importante, pero el político probablemente lo sea todavía más. Durante buena parte del conflicto, Occidente intentó mantener una distinción entre ayudar a Ucrania a defenderse y participar en ataques contra territorio ruso. Esa frontera se ha desplazado. Cuanto mayor es la integración de inteligencia, navegación, comunicaciones, software y armamento occidental, más compleja resulta la separación entre quien dispara y el sistema que hace posible el ataque.

El coronel austríaco Markus Reisner ha advertido que determinados ataques contra la profundidad rusa podrían aproximarse a lo que Moscú considere una “línea roja”. Desde una posición diferente, Douglas Macgregor sostiene que la paciencia estratégica rusa estaría agotándose. Ambas lecturas introducen una variable que suele quedar oculta detrás de la fascinación tecnológica: la escalada.

Se produce así una paradoja. Ucrania necesita alcanzar la profundidad rusa porque encuentra enormes dificultades para obtener una decisión sobre el frente y sus recursos humanos son escasos. Pero cuanto mayor sea el éxito de esa campaña y la participación tecnológica occidental que la sostiene, mayor puede ser el riesgo de que Moscú modifique su percepción sobre el grado de participación de determinados países de la OTAN. La profundidad proporciona capacidad, pero también aumenta el riesgo.

El Mar Negro constituye otra manifestación de esa expansión. Rusia ha atacado buques e infraestructura portuaria utilizados por Ucrania, mientras Kiev golpea algunas instalaciones logísticas y energéticas rusas. Odesa y Novorossiysk forman parte de sistemas cuya alteración repercute más allá del teatro de operaciones. Del Donbass pasamos a los puertos; de los puertos, al Bósforo; y del Bósforo, al Mediterráneo y las grandes rutas mundiales.

 

TERCERA DIMENSION

Existe además una tercera dimensión: el nuevo complejo militar-industrial digital. Ucrania se ha convertido en un laboratorio donde sensores detectan, redes transmiten, algoritmos procesan, los sistemas de comando deciden y los efectores atacan. El antiguo vínculo entre observador y tirador se transforma en una red de sensores, inteligencia artificial, comunicaciones y plataformas autónomas.

La expansión de compañías como Ondas permite observar la dimensión industrial del proceso: drones, sistemas antidrones, robótica terrestre, vigilancia, comunicaciones y software comienzan a integrarse en verdaderos “sistemas de sistemas”. No se trata solamente de fabricar una plataforma, sino de conectar detección, decisión y ejecución a través de varios dominios.

Tanques, aviones, artillería y municiones continúan siendo imprescindibles, pero sobre esa base crece un nuevo estrato de software, inteligencia artificial, sensores, comunicaciones, robótica y autonomía. La revolución no consiste en el dron: el dron es uno de sus efectores. La transformación decisiva está en la red que une al sensor con el decisor y al decisor con el arma.

Pero ninguna tecnología elimina la política. En estos días, Mykhailo Fedorov, figura central de la digitalización ucraniana y de la incorporación de drones al esfuerzo militar, ha reclamado elecciones y hablado de una crisis de gobernabilidad. Más allá de la disputa concreta, su irrupción recuerda que existe también una profundidad política de la guerra.

 

¿PROXIMO COLAPSO?

¿Está el sistema ucraniano próximo al colapso? Este episodio introduce una dimensión que ningún análisis estratégico debería olvidar: la profundidad de una nación no está constituida solamente por kilómetros, fábricas, depósitos y centrales eléctricas. También está formada por legitimidad, cohesión política, moral social, confianza institucional y voluntad de continuar la guerra.

En este punto regresamos a Clausewitz. Después de más de cuatro años de conflicto, la pregunta no es solamente quién posee más drones, proyectiles o soldados, sino qué sistema político, económico y social puede convertir durante más tiempo esos recursos en voluntad efectiva de combatir.

Todavía existe un círculo más amplio. Mientras Occidente presiona militar, tecnológica y económicamente a Rusia, Moscú profundiza su vinculación con China. La Ruta Marítima del Norte forma parte de esa transformación: Pekín busca diversificar corredores y Rusia ampliar sus conexiones con Asia. El Ártico está lejos de sustituir a Suez, pero estratégicamente importa la dirección del movimiento.

Las sanciones destinadas a aislar a Rusia generan simultáneamente incentivos para profundizar su integración con Asia. Una guerra concentrada territorialmente en Europa oriental contribuye así a modificar corredores económicos y cálculos estratégicos que atraviesan Eurasia y alcanzan el océano Ártico.

 

CIRCULOS CONCENTRICOS

Podemos entonces contemplar la guerra como círculos concéntricos. En el primero está el Donbass: allí combaten los soldados. En el segundo aparece la profundidad operacional: depósitos, ferrocarriles, puertos, energía, puestos de mando y fábricas. En el tercero, la profundidad estratégica rusa: Volgogrado, Yaroslavl, Moscú. En el cuarto, Londres, Washington y el complejo occidental que proporciona inteligencia, drones, comunicaciones, software, satélites y capital. Finalmente aparece el sistema mundial: China, Rusia, el Ártico, Hormuz, Suez y las grandes rutas energéticas.

Y una dimensión atraviesa todos esos círculos: la política y el hombre. Liderazgo, legitimidad, cohesión, moral y voluntad determinan finalmente si la capacidad material puede transformarse en poder efectivo.

Esta lectura ofrece también una enseñanza para la Argentina. Cuando rutas, estrechos y corredores alternativos recuperan importancia, vuelve a adquirir valor la geografía. El Atlántico Sur, los pasos interoceánicos, Malvinas y la proyección antártica no son espacios periféricos, sino componentes de un sistema mundial en transformación. Magallanes, Beagle, cabo de Hornos y Drake articulan Atlántico y Pacífico en el extremo austral. No porque la guerra de Ucrania vaya a trasladarse allí, sino porque demuestra que accesos, rutas, recursos y profundidad geográfica vuelven a ocupar un lugar central en la competencia internacional.

 

PRINCIPAL ENSEÑANZA

La principal enseñanza puede resumirse en una frase: La guerra ha desbordado el campo de batalla. La profundidad física, tecnológica, industrial, política y geoeconómica comienza a superponerse. Sería prematuro interpretar los ataques ucranianos dentro de Rusia como prueba de un cambio que incline la balanza a su favor, y también cada avance ruso como evidencia de una victoria estratégica inevitable. La cuestión decisiva es quién consigue convertir mejor sus éxitos tácticos en efectos operacionales y éstos en resultados estratégicos.

Rusia intenta transformar la presión sobre el frente en desgaste de la capacidad militar ucraniana. Kiev busca que sus ataques en profundidad deterioren la logística, la energía y la industria de guerra rusa. Occidente procura transformar su superioridad tecnológica y financiera en capacidad militar para sostener a Ucrania. Moscú, por su parte, responde a la presión occidental estrechando sus vínculos económicos y estratégicos con China y otros socios asiáticos. Pero detrás de todas estas capacidades permanece un factor decisivo: la voluntad de las sociedades y de sus dirigentes para aportar hombres, recursos y legitimidad al esfuerzo de guerra.

Ésa es quizá la verdadera batalla. Un pequeño grupo de infantes en el Donbass, una FAB-3000, un dron británico rumbo a una instalación rusa, un buque atacado en el Mar Negro, una empresa integrando robots y algoritmos y un carguero atravesando el Ártico parecen hechos diferentes, pero forman parte de una misma transformación estratégica.

La guerra de Ucrania comenzó como una guerra territorial. Hoy es también una guerra en profundidad, industria, tecnología, rutas, política y voluntad. Se ha convertido en un laboratorio de la guerra del siglo XXI. Y precisamente por eso su desenlace probablemente no se decidirá únicamente sobre el mapa de Ucrania.