La guerra, en la fase del desgaste sistémico

En el conflicto ucraniano ya no basta preguntarse quién avanza o quién retrocede.

Si seguimos la sucesión cotidiana de partes militares procedentes de Ucrania se puede producir una impresión engañosa. Nombres de pequeñas localidades, kilómetros conquistados o perdidos, centenares de drones, depósitos destruidos y cifras de bajas se acumulan día tras día hasta hacer difícil distinguir lo verdaderamente importante. Sin embargo, detrás de esa aparente monotonía está ocurriendo una transformación profunda de la guerra.

El conflicto ucraniano parece haber entrado en una fase en la que ya no basta preguntarse quién avanza o quién retrocede. Como ya lo hemos dicho en esta columna, la cuestión decisiva empieza a ser otra: ¿qué sistema será capaz de soportar durante más tiempo el desgaste simultáneo de hombres, armas, industria, economía y voluntad política?

El parte difundido por el Ministerio de Defensa ruso el 25 de agosto permite observar esta dinámica. Como siempre ocurre con las comunicaciones de los beligerantes, sus cifras de bajas y material destruido deben ser consideradas afirmaciones de parte y no datos independientemente comprobados. Pero la distribución geográfica de las operaciones resulta significativa. (Hemos comprobado que son coincidentes con algunas fuentes occidentales)

Los seis grandes agrupamientos rusos mantienen actividad desde Sumy y Járkov, en el norte, hasta Zaporiyia, pasando por el Donbass y los accesos a la región de Dnipropetrovsk. Moscú anunció además la ocupación de Annovka y acciones sobre numerosos puntos del frente.El dato importante no es una aldea determinada. Es la continuidad de la presión.

 

AVANZAR SIN ROMPER

La ofensiva rusa no consiguió producir la gran ruptura operacional que muchos esperaban, pero Rusia continúa avanzando gradualmente.

Especial atención merece el cinturón Kramatorsk-Sloviansk Fuentes ucranianas reconocen, por su parte, una elevada intensidad de los combates: sólo durante el 24 de agosto el Estado Mayor ucraniano contabilizó 209 enfrentamientos, con especial presión en los ejes de Pokrovsk y Kostiantynivka. Al mismo tiempo, fuerzas ucranianas desarrollan acciones en algunos sectores, particularmente al norte de Lyman. La situación, por tanto, no puede describirse como un movimiento ruso uniforme hacia el oeste. Es una lucha de avances, infiltraciones, contraataques y desgaste acumulativo.

Aquí aparece uno de los grandes cambios de la guerra contemporánea, la masa (grandes unidades) no ha desaparecido, pero resulta cada vez más difícil concentrarla físicamente sin ser detectado y atacado. De allí la proliferación de pequeños grupos de asalto, infiltraciones, posiciones dispersas y una línea del frente que en determinados lugares deja de ser una línea claramente definida. Se puede avanzar sin producir una ruptura y conquistar territorio sin destruir al ejército adversario.

 

LA GUERRA DETRAS DE LA GUERRA

Reiteramos: mirar solamente el mapa sigue siendo insuficiente.

La segunda parte del comunicado ruso del 25 de agosto resulta muy reveladora. Moscú afirma haber atacado industria de defensa, centros logísticos, infraestructura energética, transporte, puertos, depósitos de municiones, instalaciones vinculadas con drones y lugares relacionados con la preparación y lanzamiento de misiles ucranianos de largo alcance. Es decir: la guerra, desde hace tiempo, no se libra solamente contra las fuerzas que combaten en el frente, sino contra el sistema que permite que esas fuerzas continúen combatiendo.

Ucrania aplica una lógica semejante contra Rusia. Sus ataques de largo alcance buscan refinerías, depósitos, infraestructura energética, bases e instalaciones industriales. El frente, por lo tanto, debe imaginarse mediante círculos sucesivos.

Primero está el combatiente. Detrás aparecen la unidad y sus puestos de mando. Luego la logística, los ferrocarriles, los depósitos y la energía. Más atrás se encuentran las fábricas, los centros tecnológicos y la infraestructura nacional. Y detrás de todo ello aparecen la economía, las finanzas y las sociedades que deben sostener el esfuerzo. La profundidad estratégica se ha convertido en parte inseparable del campo de batalla.

 

UCRANIA, LABORATORIO DE LA OTAN

Aquí adquiere particular importancia el proyecto UNITE-Brave NATO, analizado recientemente por el analista italiano Fulvio Scaglione. La iniciativa vincula empresas ucranianas con compañías pertenecientes a países de la Alianza Atlántica para desarrollar nuevas soluciones tecnológicas, especialmente en defensa contra drones, sistemas contra los Shahed, inteligencia de señales y guerra electromagnética. La primera etapa contempla 10 millones de financiación, ampliables hasta 50 millones. Para acceder a esos recursos, los proyectos deben vincular una empresa ucraniana con otra perteneciente a un país de la OTAN.

El protagonista ucraniano es Brave1, un ecosistema que reúne alrededor de 2.500 compañías: aproximadamente 500 vinculadas con drones aéreos, 200 con inteligencia artificial y 300 con ELINT, entre otras especialidades.

El mecanismo es revelador. Ucrania aporta algo que ningún laboratorio occidental puede reproducir: experiencia obtenida diariamente contra un adversario de primer orden en una guerra de alta intensidad. El ciclo es extraordinariamente rápido: campo de batalla, experiencia, datos, innovación, industria, nueva tecnología y regreso al campo de batalla.

La guerra se transforma así en un gigantesco proceso de investigación y desarrollo.

Scaglione introduce una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la OTAN está aprendiendo de una experiencia cuyo precio principal -en muertos, heridos, destrucción y territorio- pagan los propios ucranianos? (desde nuestro punto de vista: da en el centro del blanco)

La pregunta excede lo tecnológico. Plantea cuál será el lugar de Ucrania dentro de la arquitectura de seguridad europea cuando finalmente termine la guerra.

El dinero no fabrica inmediatamente un misil. Existe además otro límite: el industrial.

Occidente ha movilizado enormes recursos financieros para Ucrania. Pero una de las lecciones fundamentales de esta guerra es que dinero y capacidad militar no son sinónimos.

Una partida presupuestaria puede aprobarse rápidamente. Una nueva línea industrial para producir misiles antiaéreos, munición de artillería, drones o sistemas electrónicos requiere fábricas, componentes, trabajadores especializados, materias primas y tiempo.

Europa debe simultáneamente reconstruir sus propios arsenales, sostener a Ucrania, aumentar sus presupuestos militares y atender las restantes obligaciones de sus Estados. Por eso la pregunta comienza a desplazarse. No es solamente cuánto dinero puede proporcionar Occidente, sino cuánto tiempo puede transformar ese dinero en capacidad militar al ritmo que exige una guerra industrial prolongada. La defensa aérea constituye un ejemplo particularmente delicado. Zelensky ha reconocido nuevamente la escasez de interceptores Patriot mientras aumentan los ataques balísticos rusos.

 

EL FRENTE POLITICO APARECE EN KIEV

Y ahora surge otro elemento que no puede separarse de los anteriores: la política interna ucraniana.

Mykhailo Fedorov, hasta hace pocas semanas ministro de Defensa y anteriormente responsable de la transformación digital del Estado, se ha convertido en una de las figuras más interesantes de la crisis política ucraniana.

No es casual que sea precisamente Fedorov. Su trayectoria está íntimamente ligada al proceso de innovación tecnológica que hizo de Ucrania una potencia mundial en utilización militar de drones.

Después de su destitución, Fedorov cuestionó públicamente el funcionamiento del gobierno, denunció corrupción e ineficiencia y reclamó encontrar mecanismos para recuperar el proceso electoral aun durante la guerra. La legislación vigente bajo la ley marcial impide actualmente esas elecciones y celebrarlas plantearía dificultades enormes: millones de desplazados, territorios ocupados y centenares de miles de ciudadanos movilizados.

Pero políticamente el tabú ha sido roto. El 25 de agosto Fedorov fue todavía más lejos: advirtió que, sin cambios urgentes, Ucrania corre el riesgo de perder gradualmente la guerra. Criticó la ausencia de una estrategia integral y reclamó reformas capaces de integrar conducción militar, tecnología y administración estatal. Su destitución generó además manifestaciones públicas y transformó a un antiguo colaborador de Zelensky en una potencial figura política alternativa. Esto no significa que el gobierno de Zelensky esté próximo a caer (por ahora). Sí significa algo estratégicamente más importante: el desgaste de la guerra comienza a penetrar de manera visible en la esfera política.

En este contexto adquiere especial significado la sorpresiva visita a Moscú, el 25 de agosto, del director de la CIA, John Ratcliffe. El jefe del servicio exterior ruso, Sergei Naryshkin, confirmó que ambos mantuvieron una reunión de trabajo sobre asuntos sensibles, aunque sin revelar su contenido; Ratcliffe no se reunió con Putin, pero el presidente ruso fue informado de las conversaciones. Medios estadounidenses sostienen, citando fuentes conocedoras de la misión, que Ratcliffe llevó una advertencia para que Moscú no intentara poner a prueba a la OTAN mediante una acción limitada contra alguno de sus miembros, extremo que ni Washington ni Moscú han confirmado oficialmente. Más allá de la agenda concreta, el episodio muestra que, mientras continúa el desgaste en el campo de batalla, Washington y Moscú mantienen abiertos canales directos para administrar los riesgos de una escalada que desborde el teatro ucraniano.

 

CLAUSEWITZ VUELVE A UCRANIA

Clausewitz describió la guerra mediante una “extraordinaria trinidad” en la que interactúan gobierno, fuerzas armadas y pueblo. (el lector atento, sabe que lo hemos repetido muchas veces) Doscientos años después, Ucrania obliga a ampliar nuestra mirada sin abandonar aquella intuición. Tenemos al soldado que combate, el gobierno que decide y el pueblo que debe continuar aceptando el sacrificio. Pero alrededor de ellos encontramos hoy fábricas de drones, inteligencia artificial, satélites, guerra electrónica, empresas privadas, sistemas financieros internacionales, complejos militares-industriales y alianzas multinacionales. (negociados, corrupción etc.)

Preguntémonos ¿el verdadero centro de gravedad de esta guerra podría estar desplazándose progresivamente?

Rusia necesita sostener hombres, producción militar, economía y cohesión social. Ucrania necesita sostener hombres, territorio, legitimidad política y voluntad nacional. Europa debe sostener financiación, producción de armamentos y consenso político. Estados Unidos debe decidir cuánto tiempo y con qué intensidad continuará comprometiendo sus recursos. Todos combaten contra el tiempo.

La pregunta fundamental de esta etapa quizá ya no sea quién conquistó más kilómetros esta semana. La pregunta es quién puede regenerar más rápidamente aquello que pierde. Quién reemplaza al soldado. Quién sustituye al dron. Quién repara la infraestructura. Quién financia al Estado. Quién conserva la legitimidad. Y, finalmente, qué sociedad mantiene durante más tiempo la voluntad de continuar la lucha.

Ésa es la dimensión profunda del desgaste sistémico.

La guerra de Ucrania puede no resolverse mediante una gran batalla decisiva. Puede decidirse mucho antes -o mucho después- cuando uno de los sistemas enfrentados descubra que ya no puede regenerar al mismo ritmo los hombres, los medios, los recursos y la voluntad que la guerra consume.