Por Thiago Battiti
Hubo un tiempo -no tan remoto como quisiéramos- en que el capelo rojo descendía sobre una cabeza como una corona de espinas aceptada. El cardenal era, ante todo, testis sanguinis, testigo hasta la sangre. El rojo no era ornamento; era advertencia. No era título; era carga. No era promoción; era juicio.
Hoy, el Sacro Colegio Cardenalicio atraviesa una hora que no vacilo en llamar, con temblor bíblico, gran tribulación. No se trata de una simple crisis administrativa, ni de disputas de escuela, ni de matices pastorales. Es algo más hondo: una tensión que atraviesa la médula misma de la Iglesia, que hiere la lex orandi y, por consecuencia, la lex credendi. Y cuando la fe es tocada, el mundo entero tiembla.
El panorama es áspero. Alemania ofrece una escena elocuente. El llamado Camino Sinodal, empeñado en erigir una Conferencia Sinodal permanente con potestad de supervisión sobre los obispos, ha llegado a aprobar un mecanismo de control que altera la estructura apostólica recibida.
La ironía es que uno de sus impulsores, el cardenal Reinhard Marx, ha exclamado públicamente: “¡No quiero esto!”.
PARLAMENTARISMO
El arquitecto sorprendido por su propio edificio. La criatura que desborda al creador. Cuando la sinodalidad degenera en parlamentarismo, el obispo ya no es sucesor de los Apóstoles sino delegado de asamblea. Y entonces la Iglesia corre el riesgo de parecerse demasiado a lo que no es.
Frente a esa deriva, el cardenal Woelki ha recordado lo elemental: “No podemos votar la resurrección de Jesús”. No es frase retórica; es principio metafísico. La fe no se plebiscita. Los dogmas no se someten a encuesta. La verdad revelada no depende del humor de una mayoría circunstancial.
San Pío X lo advirtió en su combate contra el modernismo: cuando la conciencia individual suplanta a la Revelación, la fe se disuelve en sentimiento.
Mientras tanto, en otras latitudes se libran batallas no menos graves. En España, el cardenal Cobo ha pedido a sacerdotes que suspendan la celebración de la Eucaristía para asistir a encuentros presbiterales, confiando a laicos la liturgia de la Palabra.
Se podrá discutir la oportunidad pastoral; lo que no puede discutirse es que la Misa no es un accesorio. Non est spectaculum, sed sacrificium.
Si la Eucaristía se relativiza, todo se relativiza. La Iglesia vive del altar. Retirarlo -aunque sea por agenda- es jugar con fuego sagrado.
GUERRA SILENCIOSA
En Estados Unidos, el cardenal Cupich interviene con vigor político y litúrgico; el cardenal Roche defiende una uniformidad que ignora la afirmación de Benedicto XVI sobre el Misal de 1962 “nunca abrogado”; el cardenal Sarah recuerda, con sobria nobleza, que la liturgia no es política ni espectáculo, sino culto a Dios. Allí se libra una guerra silenciosa por el alma de la oración católica. Y quien controla la oración, modela la fe.
Más inquietante aún es la pretensión -cada vez menos velada- de modificar fórmulas sacramentales, alterar palabras de la consagración, redefinir la disciplina matrimonial para adaptarla a constructos ideológicos contemporáneos, abrir el sacerdocio a quienes la Tradición constante ha excluido por razones teológicas irreformables.
En Corrientes, Argentina, el 11 de febrero de 2026, se celebró un matrimonio “trans” bajo auspicio eclesial. El hecho no es aislado; es síntoma. Cuando se reconfigura el lenguaje sacramental, se altera la ontología que ese lenguaje custodia.
No faltan cardenales que resisten. Müller advierte contra el “culto al Papa” y el ultramontanismo deformado; Zen denuncia maniobras y silencios en consistorios; Ambongo clama por los cristianos perseguidos en África; Pizzaballa llama a sostener la presencia cristiana en Tierra Santa; Zuppi se opone con firmeza a la eutanasia. Hay voces que aún suenan a bronce antiguo. Hay pastores que no negocian la sustancia.
Pero la confusión es real. El cardenal Fernández, prefecto doctrinal, oscila entre matices sobre la “corredentora”, diálogos con la FSSPX y polémicas por escritos de tono impropio.
En Alemania se cuestionan estructuras; en China se sufren consecuencias de acuerdos diplomáticos discutidos; en América Latina se experimentan tensiones entre fidelidad doctrinal y adaptación cultural. El mapa es vasto, y la fractura no es geográfica sino teológica.
CONTINUIDAD
La cuestión no es nostalgia. Nadie pide regresar a una sacristía polvorienta. Lo que se reclama es continuidad. Eadem fides, eadem Ecclesia.
Pío XII hablaba con claridad cristalina sobre la naturaleza jerárquica y sacrificial de la Iglesia. San Pío X defendía la integridad doctrinal como quien custodia una llama en medio del viento. Ser cardenal implicaba custodiar el depósito, no reinventarlo.
Hoy, en cambio, algunos parecen concebir el capelo como laboratorio. Se experimenta con categorías antropológicas fluctuantes; se insinúan cambios en moral sacramental; se sugiere que la disciplina es pura contingencia histórica.
Y mientras tanto, los fieles -en Estados Unidos, en Argentina, en Francia, en España, en Alemania, en Israel y más allá- miran con desconcierto. No piden extravagancias. Piden certeza. Piden que lo que ayer fue pecado no sea virtud mañana por decreto pastoral.
No todo es sombra. La restitución del pasaporte al cardenal Porras en Venezuela muestra que la persecución política aún reconoce la dignidad del pastor.
La digitalización de la Sábana Santa en Turín recuerda que la fe también sabe dialogar con la tecnología sin traicionarse. Hay luces. Pero la noche es espesa.
La gran tribulación del Sacro Colegio no consiste en persecuciones externas -que siempre existieron- sino en la tentación interna de diluir la identidad.
El cardenal es cardo, bisagra: sostiene la puerta entre cielo y tierra. Si la bisagra se afloja, la puerta cae. Y con ella, la confianza de millones.
No se trata de levantar facciones. Se trata de recordar lo obvio: la Iglesia no es propiedad de una generación. No pertenece a un partido teológico. No es laboratorio de ingeniería social. Es Cuerpo místico de Cristo. Y Cristo no se vota, no se adapta, no se corrige.
El rojo del capelo sigue significando sangre. Tal vez algunos lo hayan olvidado. Pero la historia es implacable: cuando los pastores vacilan, los fieles sufren; cuando los cardenales callan, la confusión se expande; cuando se juega con la Eucaristía, el mundo entero pierde su centro.
La gran tribulación no es el fin. Es el crisol. De esta hora emergerán cardenales fieles o administradores efímeros. La elección no es ideológica; es espiritual. Y la pregunta, que resuena como trueno antiguo, es simple y terrible:
¿Serán príncipes de la Iglesia o custodios del Misterio? El juicio de la historia será severo. El de Dios, definitivo.
