Por Analía Tarasiewicz *
Durante años el sueño era “tener la vaca atada”: trabajo fijo, empresa sólida, carrera segura. El trabajador no necesitaba pensar demasiado. Había una estructura que pensaba por él. Obedecer era sobrevivir.
Así, generación tras generación, se construyó una relación con el trabajo basada en la dependencia, la obediencia y la promesa de seguridad a cambio de conformidad. Ese contrato explotó.
Nadie avisó que un día iban a soltar todas las vacas al mismo tiempo.
La automatización, la inteligencia artificial, las fusiones empresariales y las reestructuraciones permanentes rompieron el modelo de golpe. Hoy millones de profesionales salen al campo sin saber correr, sin brújula y sin haber desarrollado la musculatura necesaria para moverse solos. Nadie los preparó para eso. Durante años fueron preparados para estar atados.
DOLOR
El cambio ya no es gradual. Es simultáneo, transversal y permanente.
No hay sector completamente intacto, no existe perfil profesional blindado y nadie puede asegurar que lo que sabe hoy seguirá siendo suficiente mañana. Mientras tanto, empiezan a aparecer señales de agotamiento colectivo que ya no pueden ignorarse.
La Organización Mundial de la Salud y la Organización Internacional del Trabajo estiman que cada año se pierden 12.000 millones de días laborales por depresión y ansiedad, con un costo cercano a un billón de dólares en productividad. En América Latina, casi uno de cada dos trabajadores experimentó burnout recientemente.
El Randstad Workmonitor 2026, basado en más de 27.000 trabajadores en 35 países, muestra una brecha de percepción significativa: el 72% de los empleadores considera que la carrera lineal ya es un modelo obsoleto, pero solo el 41% de los profesionales está dispuesto a abandonarla.
Al mismo tiempo, las empresas proyectan que la inteligencia artificial influirá en el 75% de las tareas, mientras uno de cada cinco trabajadores cree que no tendrá impacto en su trabajo. Las ofertas laborales que requieren habilidades vinculadas con agentes de IA crecieron un 1.587% durante 2025.
Las proyecciones tampoco son menores. McKinsey estima que hasta 375 millones de personas deberán cambiar de ocupación antes de 2030, y el Foro Económico Mundial advierte que el 39% de las habilidades clave del mercado laboral cambiarán en esta década.
El resultado es una fuerza laboral exhausta, muchas veces sin plena conciencia de lo que está ocurriendo, corriendo detrás de una transformación que no espera.
En ese escenario, el Dolor Laboral -concepto desarrollado en el libro Cuando el trabajo duele- deja de ser un síntoma individual para convertirse en una crisis psicoemocional de escala histórica que todavía no está siendo abordada con la urgencia necesaria.
Una persona en modo supervivencia no puede innovar. Hay algo que muchos informes sobre el futuro del trabajo pasan por alto. Una persona desestabilizada psicoemocionalmente, con miedo a la pérdida, operando bajo ansiedad, estrés, depresión o fobia laboral, difícilmente pueda reinventarse con facilidad. Está en modo supervivencia.
Y desde ese lugar no hay pensamiento crítico, ni innovación ni pensamiento lateral. Lo que aparece es huida, parálisis o estampida. Pedir resiliencia o liderazgo empático en ese estado es como pedirle a alguien que corre de un incendio que se detenga a leer el mapa de evacuación.
Además, cada persona llega al ámbito laboral con una mochila invisible: tendencias psíquicas, mandatos familiares, modelos aprendidos y, en muchos casos, conflictos o patologías que conviven silenciosamente con la vida profesional.
Un gerente irascible que atraviesa un divorcio. Una profesional brillante paralizada ante una fusión porque revive la inestabilidad de su infancia. Un equipo que colapsa porque nadie procesó lo que vivió. No son casos excepcionales. Son escenas cada vez más frecuentes dentro de las organizaciones.
Ese dolor se activa cuando se superponen tres capas que hoy conviven permanentemente: la personal -divorcios, enfermedades o duelos-; la organizacional -fusiones, cambios de liderazgo o incorporación de inteligencia artificial-; y la macrocontextual -crisis económicas, inestabilidad política o transformaciones sociales que atraviesan el clima de cualquier equipo.
Aprender a usar inteligencia artificial no alcanza si antes no se revisa qué se espera del trabajo y qué cosas el trabajo no puede dar. Actualizar el currículum tampoco alcanza si se sigue operando desde heridas profesionales que nunca fueron elaboradas.
Por eso se propone el Human+Tech Mindset: una reconfiguración que integra el trabajo psicoemocional profundo con el desarrollo de competencias necesarias para la nueva era laboral.
A nivel personal, implica cerrar el Dolor Laboral y reconstruir la identidad psicoprofesional desde un lugar sólido. A nivel organizacional, entender que un equipo con Dolor Laboral activo difícilmente pueda adaptarse o rendir, por más tecnología que incorpore. Y a nivel social, reconocer que existe una crisis de salud mental laboral que todavía ocupa poco espacio en la conversación pública.
La reinvención sin base psicoemocional es construir sobre arena. “Cuando estés por caer, no te olvides quién llegó hasta acá. Me tengo a mí”. No es una frase de autoayuda. Es el punto de partida de cualquier reinvención real: reconectar con la propia historia, cerrar heridas y construir una identidad psicoprofesional que ninguna inteligencia artificial ni ninguna reestructuración pueda desarmar.
El mundo del trabajo cambió. Pero conviene recordar algo: la estampida también puede ser una forma de obedecer órdenes. Sólo que esta vez nadie las da. Las pone el miedo.
* Psicóloga del trabajo, Ceo en @trabaja.mejor, creadora del Método Tarasiewicz y del Human+Tech Mindset. Autora del libro "Cuando el trabajo duele".
