UNA MIRADA DIFERENTE

La doble personalidad del Gobierno

El Ejecutivo parece ser al mismo tiempo oficialismo y oposición. Se pelea consigo mismo.

En una semana en que parecen avizorarse algunos buenos resultados económicos, LLA se ocupa de eclipsar lo que podría exhibirse como una luz en el oscuro túnel que muchos sectores de la población están atravesando. La declarada y ya inocultable guerra intestina ocupa toda la atención de la gestión y también del periodismo y la opinión pública. 

La reciente gira de Martín Menem por todos los medios, y mediante todos los medios, no hace sino confirmar una vez más lo que todos saben: la lucha es despiadada, encarnizada enconada y con profundos rencores y ambiciones de poder y otras. Las explicaciones del presidente de la Cámara de Diputados, además de pueriles son inconsistentes (“si el Presidente creyese que lo engaño no me confiaría esta tarea” es una absurda contradicción tautológica, porque los engañados son los últimos en darse cuenta, como en aquella fábula del rey desnudo).

En realidad, para quienes están acostumbrados a interpretar el lenguaje de la proterva hermandad política pareció, más que una explicación a la sociedad, una forma de tratar de convencer al Presidente de que esa acusación no era cierta.  

Los ogros malvados

La idea de que hay sectores de su propio riñón que engañan al Presidente no es una operación del enemigo. Todo lo que al Gobierno le molesta lo achaca a una operación de algún malvado ogro, como en un cuento infantil. En este caso, la idea de que el Presidente es engañado es un modo que tiene la sociedad de proteger la ilusión, la esperanza que supo despertar Milei. 

Entonces, ante una serie de hechos entre sospechosos y delictivos, esperables y normalizados en el kirchnerperonismo pero inconcebibles e indigeribles en el actual gobierno por quienes sufren el ajuste como un acto de contribución patriótica a la grandeza del país, prefieren subconscientemente explicar todas las irregularidades éticas y patrimoniales aduciendo que el Presidente es equivocado y engañado por su entorno, como alguna vez se explicaron los errores de Yrigoyen atribuyéndolos a que “le imprimían una edición falsa de La Prensa para hacerle creer que el pueblo estaba contento”. 

La empecinada reiteración en adjudicar cualquier hecho a una operación de la prensa o de quién sabe qué sectores malignos es, en ese contexto, poco creíble, además de un acto de mala fe. 

Casos como el de Adorni, cuya grosera urgencia de prosperidad (¿común a muchos?) se intenta explicar con herencias y préstamos en los que es imposible creer, agravan la situación y enfurecen más al Presidente, que no sólo ataca dando palos de ciego, sino que corre el riesgo de enfrentarse a un papelón cuando se presente la declaración jurada, si se presenta. 

Gobierno de improvisados

No es raro que un gobierno lleno de improvisados, en muchos casos sin formación educativa ni experiencia, ni en la gestión ni en los temas de que se ocupa, caiga no sólo en “errores éticos “o en irregularidades más graves, sin querer o queriendo, o permitiéndolo. (Se ruega no refutar explicando que el kirchnerismo robo más, no hay límite mínimo para configurar un fraude) Tampoco sorprende el estilo conventillero y de riña de comadres que se nota en su comunicación, en su manejo y en la forma de discutir, rebatir posiciones o emprenderla a mandobles.   

Por otra parte, más allá de la anécdota Adorni, hay otros temas que resultan más preocupantes como la asignación de cargos y cajas del Estado a sectores e individuos que han perdido con toda justicia el respeto de la sociedad, en muchos casos no han perdido la libertad porque la justicia es venal, complaciente y millonaria. También allí hay una lucha salvaje dentro del oficialismo, difícil de ocultar bajo el título de operaciones de la oposición, de sectores misteriosos y crueles o del peronismo ensobrado. 

Muchos de los nuevos contratos petroleros y de minería, áreas con concesiones y licitaciones ya indefendibles y más que sospechosos durante el kirchnerismo y aun en otros gobiernos, se están adjudicando a grupos locales, sin demasiadas explicaciones, experiencia ni detalles, casi todos al amparo del RIGI, una ventaja que en esos rubros suenan más a una prebenda que a un estímulo. Las minucias de pequeños latrocinios no deben desviar la atención de decisiones muy parecidas a las de la denominada casta. 

Sobre estos puntos hay un sorprendente silencio oculto por el griterío barato y vació del Senado y Diputados, ocupados en temas menores y en insultarse, mientras se podría estar cayendo en las mismas prácticas que movieron a la sociedad a buscar un outsider para eliminarlas. Nunca debe olvidarse la conclusión-profecía de Orwell en su Rebelión en la granja, donde muestra la desesperada urgencia de la nueva casta por reproducir las mismas actitudes y excesos que tanto criticó desde el llano. El riesgo es, además, que el reparto de sobres no se limite a los malvados periodistas. Ha pasado antes. 

La confianza de los argentinos

Mientras se busca desesperadamente recuperar la confianza del mundo exterior, habría que ocuparse también de recuperar seriamente la confianza de los propios argentinos. En ese sentido, hay muchos síntomas preocupantes. Las peleas internas, los insultos de los dos sectores de LLA, la acusación a la oposición y a misteriosos grupos de fabricar operaciones, el lamentable y grosero estilo presidencial, descalificatorio, atemorizante y agraviante, los súbitos reemplazos de funcionarios por otros de peores antecedentes, la integración al partido gobernante de personajes directamente indeseables con tristes currículums, la feroz disputa por las cajas que ya es imposible de ocultar, la continua fabricación de enemigos, son el síndrome de descomposición que ha traído al país hasta este triste momento. 

Milei ha sostenido sistemáticamente que tiene dos misiones: la revolución moral y retornar al país a su época de grandeza. Las dos son complementarias. Pese a que algunos ejemplos mundiales no ayudan a recordarlo, una economía sin moral y sin ética, individual o pública, es un delito de lesa humanidad. Sería terrible descubrir que hay un Hyde que ha surgido desde lo más recóndito del gobierno. 

La prebenda, la trampa, la corrupción el tráfico de influencias, la compra de tolerancia, la compraventa de fallos, el soborno al estado, la utilización de testaferros, aun el ceder a una extorsión de los funcionarios o de quien fuera, son delitos antisociales. En la sociedad moderna, el límite del greed, la codicia de la que los estadounidenses alardean, es la ética. En todos los órdenes.

Los ladrones públicos no siempre están en el Estado. Más bien están siempre fuera de él, aunque sus métodos sean tolerados o consentidos. El país puso sus esperanzas no sólo en el bienestar económico, también en la recuperación de los valores que llevan a esa confianza y al respeto por el prójimo. Cuando se prometió combatir a la casta y sus privilegios, se suponía que eso incluía eliminar la prebenda, el acomodo, el favor rentado del Estado a los amigos y el soborno, qua eran las características principales de esa casta, que Perón cobijó y fomentó desde 1946. No parece palpable que ello esté ocurriendo, menos aún, cuando se ha dejado impune, lo que llega a omitir la simple mención de sus hechos, a delincuentes recientes que precedieron a esta gestión, tanto en el sector público como en el privado. Al contrario, muchos hasta integran el gobierno.

Sería tristísimo que ese discurso pre y poselectoral resultase ser una cáscara vacía. Por eso la sociedad no puede aceptar ni concebir ser nuevamente desilusionada o traicionada. Por eso prefiere muchas veces creer que hay un entorno que asesora mal a quienquiera fuera el presidente, o que lo engaña, y gritar que hay una operación de cualquiera que la denuncie.  Aunque tampoco tenga un doctorado en economía, el ciudadano sabe que la mejor y más rápida y justa manera de bajar el gasto estatal es eliminar la corrupción en todas sus formas. No hay muchos síntomas de que ello haya comenzado a pasar.