Presentarse sin entrevista previa en un organismo oficial, una empresa o una entidad deportiva, y pedir hablar con un sector o con alguien en particular, es cada vez más difícil. La digitalización obligatoria y la exigencia de coordinar entrevistas anticipadamente por correo electrónico o por Whatsapp imponen una barrera burocrática. Aunque se promocionan como herramientas de eficiencia, en la práctica anulan el trato digno, excluyen a quienes no tienen acceso a Internet y deshumanizan los vínculos en diferentes tipos de trámites o gestiones.
La eliminación de la atención espontánea obliga a los usuarios a depender de un correo electrónico o de un teléfono celular, donde las respuestas suelen ser automatizadas, impersonales o sufren demoras indefinidas. “La tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias” (Magnifica Humanitas, 9).
A veces, las empresas y entidades utilizan el canal digital como un escudo para evitar dar explicaciones de manera frontal o resolver problemas urgentes.
Incluso, naturalizamos que para varias de las actividades laborales corrientes tenemos que contar con un dispositivo electrónico propio, cuando eso no era parte del contrato de trabajo. Como si el celular, la tablet o la notebook fueran una prolongación del propio cuerpo.
GOBERNADOS POR LA TECNOLOGÍA
Existe una creciente dependencia de la sociedad, las instituciones públicas y las empresas en general frente a los algoritmos, la inteligencia artificial y las grandes corporaciones tecnológicas. En este escenario, el control del poder político y civil se disputa cada vez más entre la legislación y el poder corporativo global. La recolección masiva de datos (Big Data) y la vigilancia constante pueden limitar el libre albedrío y la privacidad.
El uso de la tecnología está transformando la gestión gubernamental. Ya sea, mediante la automatización de procesos para hacer eficiente el Estado, como a través de la delegación de decisiones predictivas a empresas tecnológicas globales. “El uso de la IA nunca es un hecho puramente técnico: cuando entra en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta a sus derechos, oportunidades, reputación y libertad. Las decisiones delicadas que repercuten en el trabajo, el acceso a créditos y a otros servicios, y la reputación de las personas, corren el riesgo de ser confiadas completamente a sistemas automatizados que no conocen la compasión, la misericordia, el perdón y, sobre todo, la apertura a la esperanza de cambio en el individuo, pudiendo así producir nuevas formas de descarte”. (MH, 102)
El uso de algoritmos y datos biométricos amenaza con vulnerar garantías constitucionales, derechos civiles e incluso nuestra privacidad. La influencia que hoy ejercen las grandes corporaciones tecnológicas y sus magnates han alcanzado niveles sin precedentes. La concentración de capital y tecnología en corporaciones supera incluso el PBI de muchas naciones, posicionando a estas figuras como actores fundamentales en la geopolítica moderna. El dominio geopolítico y económico ya no pretende ejercerse mediante la ocupación militar o la explotación de recursos naturales, sino a través del control informático, la IA y las plataformas digitales. “El nivel que absorbe competencias, datos y capacidad decisional está constituido por empresas y plataformas, que definen condiciones de acceso, reglas de visibilidad, formas de relación e incluso oportunidades económicas”. (MH, 71)
Así, el avance tecnológico supera la legislación vigente, requiriendo con urgencia marcos regulatorios éticos.
La Prensa publicó el domingo pasado en el Suplemento de Cultura una muy interesante nota (‘La colonización por la tecnología’) sobre la llegada de Peter Thiel a la Argentina. Recomendamos su lectura.
MAGNIFICA HUMANITAS
Si bien la Carta encíclica Magnifica Humanitas fue firmada por S. S. León XIV el 15 de mayo, vio la luz el 25 con motivo del 135º aniversario de la Rerum Novarum, de León XIII. Tanto una como otra se presentaron en una época de transformación histórica. Ambas responden desde la Doctrina Social de la Iglesia a un momento de cambios que afectan la dignidad humana y el trabajo. Las dos dan una respuesta cristiana ante una nueva época, poniendo en el centro a la persona.
La Carta encíclica reconoce los beneficios de los “nuevos asuntos” de nuestro tiempo, pero también advierte sobre sus peligros.
Plantea al actual como un momento especialmente crítico. El avance de la Inteligencia Artificial y las nuevas tecnologías convergentes nos ponen en un punto crucial: “…levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos” (MH, 1), construir un lugar en la que reinen la soberbia, la deshumanización y la división o uno en el que las personas convivan fraternalmente respetando la dignidad humana.
La responsabilidad es compartida. “...en el tiempo de la transformación digital, no espectadores resignados a las fracturas sociales y culturales, ni simples comentaristas de las ruinas, sino mujeres y hombres que entran en las obras de la historia -laboratorios de investigación, empresas tecnológicas, escuelas, medios de comunicación, instituciones, comunidades locales- para levantar lo que se ha derrumbado y proteger lo que está expuesto.” (MH, 241).
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