SIETE DIAS SOBRE EL GLOBO

La cumbre entre Trump y XI deja una señal silenciosa para los argentinos

Por Luis Maximiliano Postigo*


La reciente visita de Donald Trump a Beijing sorprendió a gran parte del mundo político y económico. Durante meses, la narrativa dominante parecía indicar que la relación entre Estados Unidos y China había ingresado en una etapa de confrontación irreversible. Restricciones comerciales, competencia tecnológica, tensiones diplomáticas y disputas estratégicas alimentaron esa percepción.
Sin embargo, quienes llevamos décadas observando desde adentro la dinámica entre ambas potencias sabemos que la relación entre Washington y Beijing nunca fue completamente lineal. Puede atravesar momentos de tensión profunda, pero difícilmente abandone el diálogo. Las grandes potencias entienden algo elemental: cuando el impacto económico global es demasiado importante, la conversación deja de ser una opción para transformarse en una necesidad.

Vivo en China desde 2004. Llegué a un país muy distinto al actual. El Beijing de aquellos años todavía estaba dominado por bicicletas, grandes barrios tradicionales y una sensación permanente de transformación. Muy pocos imaginaban entonces la velocidad con la que China se convertiría en una de las principales potencias industriales, tecnológicas y financieras del planeta.

Durante estas más de dos décadas también viajé innumerables veces a los Estados Unidos. Soy One Million Miler de United Airlines y mantuve reuniones de trabajo en ciudades como Nueva York, San Francisco, Los Ángeles, Houston y Miami, entre muchas otras. Al mismo tiempo, recorrí buena parte de China trabajando en ciudades como Beijing, Shanghái, Shenzhen, Guangzhou, Chongqing, Chengdu, Hangzhou, Ningbo, Xiamen, Kunming y Hong Kong.

Y quizás justamente por haber pasado tantos años moviéndome entre ambos países, uno termina descubriendo algo que muchas veces queda afuera de los análisis simplificados: las similitudes estructurales entre China y Estados Unidos son mucho más profundas de lo que solemos imaginar.

PARANGONES

Nueva York y Shanghái comparten esa energía financiera imposible de explicar del todo. San Francisco y Shenzhen respiran innovación tecnológica prácticamente las veinticuatro horas del día. Los Ángeles y Guangzhou viven conectadas al comercio, el movimiento y la industria. Houston y Chongqing muestran cómo la energía y la infraestructura pueden transformar regiones enteras.

Incluso Beijing y Washington, tan diferentes culturalmente, transmiten algo parecido: la sensación silenciosa de estar caminando dentro de dos capitales que conocen perfectamente el peso político e histórico que tienen sobre el resto del mundo.

Existe además una imagen que siempre vuelve a mi memoria cuando pienso en ambas potencias. Las caminatas de domingo por la mañana en Beijing y en Washington. El silencio.

Ese silencio particular de las grandes capitales antes de que el resto del mundo despierte. Las avenidas vacías, los edificios monumentales y esa sensación de orden y de poder contenido. En ciudades tan distintas entre sí, esa percepción termina siendo sorprendentemente parecida.

ELOGIO DEL PLAN QUINQUENAL

Durante estos años observé cómo China evolucionó desde la lógica de “la fábrica del mundo” hacia un modelo enfocado en inteligencia artificial, infraestructura avanzada, movilidad eléctrica, automatización industrial y expansión global de sus empresas.

Ese proceso no ocurrió por casualidad. Forma parte de una planificación estratégica de largo plazo reflejada en los distintos planes quinquenales y especialmente en el actual 15º Plan Quinquenal, donde la innovación tecnológica, el fortalecimiento del mercado interno y la seguridad económica ocupan un lugar central.

A eso se suma la Iniciativa de la Ruta de la Seda, probablemente uno de los proyectos geoeconómicos más ambiciosos de la historia moderna.

Salvando las enormes diferencias históricas y políticas, algunos analistas internacionales ya comienzan a compararlo, en términos de escala e influencia, con lo que representó el Plan Marshall para Occidente después de la Segunda Guerra Mundial: infraestructura, conectividad, comercio y construcción de influencia global a través de la economía.

Al mismo tiempo, Estados Unidos continúa manteniendo una capacidad extraordinaria para liderar innovación, atraer talento, desarrollar capital de riesgo y reinventarse constantemente.

Por eso la visita de Trump a Beijing no debería analizarse únicamente desde la política doméstica norteamericana. El verdadero mensaje parece ser otro: aun en medio de la competencia estratégica más intensa de las últimas décadas, ambos países entienden que un desacople absoluto probablemente no sea viable para la economía global.

Y mientras el mundo debate sobre geopolítica, aquí en Shanghái el próximo 18 de mayo comenzará una nueva edición de SIAL China, la feria de alimentos que ya se acerca a convertirse en la más grande del mundo.

Allí se verá con claridad otra realidad silenciosa que muchas veces en América Latina todavía no terminamos de comprender del todo.

Más de 50 países competirán agresivamente por vender alimentos, bebidas y productos de valor agregado a una clase media china que ya supera ampliamente los 500 millones de personas.

Europa, Oceanía, Sudeste Asiático, África, Medio Oriente y América Latina estarán presentes intentando ganar espacio en uno de los mercados de consumo más importantes y sofisticados del siglo XXI.

Y Argentina sigue teniendo allí un rol preponderante.

Lo vi personalmente durante años trabajando junto a empresas, bodegas, exportadores y pymes argentinas en China. El respeto por nuestros alimentos, vinos, carne y capacidad agroindustrial sigue existiendo. Pero también crece la competencia global a una velocidad impresionante.

Al mismo tiempo, la relación comercial con los Estados Unidos continúa mostrando una enorme relevancia para la Argentina. Solamente en lo que va de este año, nuestro país ya exportó cerca de 100.000 toneladas de carne vacuna al mercado norteamericano, consolidando nuevamente presencia en uno de los destinos más exigentes y competitivos del mundo.

Ese dato demuestra algo importante: la Argentina tiene capacidad para crecer, exportar y generar oportunidades relacionándose inteligentemente con ambas potencias al mismo tiempo.

Por eso, más allá de la política, las tensiones internacionales o los cambios de gobierno, hay algo que permanece constante: el enorme potencial argentino cuando logra integrarse inteligentemente al mundo.

Después de más de veinte años viviendo en Shanghái sigo convencido de que las relaciones internacionales más sólidas no se construyen desde esloganes ideológicos, sino desde el conocimiento profundo, la confianza y la experiencia real entre culturas diferentes.

La visita de Trump a Beijing probablemente quede como una señal silenciosa de esta nueva etapa global. Una etapa donde competir no necesariamente implica dejar de dialogar.

Y para la Argentina, esto representa una oportunidad histórica que los exportadores y los indestructibles empresarios pyme no vamos a dejar pasar.

* Empresario argentino. Vive en Shanghai desde 2004.