Siete días de política
La crisis de Soldati no sólo se llevó a la cúpula de la Federal
Desgastó también a la presidenta, reforzó las dudas sobre la capacidad del gobierno para controlar la calle y lo obligó a ensayar un nuevo esquema de seguridad por apenas diez meses.
Cuarenta días después la muerte de su esposo y mentor Cristina Fernández había logrado generar la sensación de que controlaba el poder y podía guiar al gobierno hasta el de 10 diciembre de 2011 sin mayores tropiezos. Pero los escenarios cambian con velocidad y la crisis desatada por la ocupación del parque en Villa Soldati desvaneció esas expectativas optimistas.
La crisis tuvo dos etapas. En las primera Cristina repitió las estrategias de Néstor. Asumió una postura intransigente y agresiva que la llevó a un callejón sin salida. Dijo que no "reprimiría" y culpó de lo ocurrido a la oposición (Mauricio Macri y Eduardo Duhalde). Pero 24 horas más tarde dio marcha atrás abruptamente. Llegó a un entendimiento con el líder del PRO y mandó la Gendarmería a Soldati. El parque quedó desalojado en tiempo récord.
De ese giro se desprenden varias conclusiones. Primero, que la presidenta reconoce la realidad `in extremis', pero la reconoce. Cambió porque de lo contrario la ola de tomas hubiese sido un tsunami y, además, porque entendió que la táctica de victimizarse ya no daba para más y era suicida. Segundo, también se dio cuenta de que más valía tragarse el sapo de Macri que aislarse de la opinión pública y de todo el peronismo con poder territorial. Gobernadores e intendentes estaban alarmados por lo explosivo de la situación y reclamaban el restablecimiento del orden.
Tercera conclusión: consideró preferible dar dinero a los piqueteros con los que tiene trato, que permitir que el problema se eternizara y aumentara el riesgo de nuevos muertos. Cuarto, juzgó que la Policía Federal no presta ningún servicio al poder político en situaciones de emergencia, por lo que dar estabilidad a sus jefes carece de sentido. Tenían que pagar el desgaste sufrido por el gobierno y lo hicieron con el retiro.
La tercera y la cuarta conclusión tienen algo en común: muestran impiadosamente los límites del poder político frente a los poderes "de facto", en este caso, los piqueteros y la policía. Los primeros tuvieron un rol decisivo en la intrusión del parque.
Una conocida dirigente de la zona denunció que los punteros transportaban usurpadores en autos con la leyenda "Cristina 2011" y fue atacada.
Fuentes del PRO dejaron trascender que el gobierno pagó varios millones de pesos para que los "okupas" desaparecieran como por encanto y cesara el tiroteo. Más allá de las versiones, la extorsión parece haber funcionado. Los piqueteros que no recibieron nada se limitaron a incendiar la puerta del ministerio de Alicia Kirchner.
La que describió la situación real de los últimos días -con el estilo descarnado que la caracteriza- fue Elisa Carrió. "La ausencia de poder es enorme, sostuvo. Hoy nadie logra obediencia. La presidenta no tiene registro de lo que sucede. Ella se guía por la televisión". Y agregó: "La muerte de Néstor Kirchner plantea la muerte de un esquema de poder. El vacío de poder existe y hay que cubrirlo ordenadamente".
En cuanto a la policía, la respuesta presidencial consistió en redoblar la apuesta. Cambió de ministro en plena crisis e improvisó sobre la marcha una solución de futuro por lo menos dudoso. La depuración policial que no hizo el kirchnerismo en siete años y con un poder muy consolidado difícilmente pueda hacerla en los 10 meses que le quedan de mandato.
Tampoco parece viable aplicar la política seguida con las Fuerzas Armadas a la delicada situación de las de seguridad. Nilda Garré fue el instrumento de un proceso de desmantelamiento de las Fuerzas Armadas que las ha dejado prácticamente inoperables. Por motivos ideológicos los consejeros presidenciales han visto históricamente en la policía a un enemigo y no tienen una política realista para manejarla.
Pero no hay posibilidad alguna de desmantelar a la policía sin el riesgo del caos y de la pérdida de control del espacio público. Creer lo contrario es tan poco realista como creer que si se cede a la extorsión piquetera, se evitará la necesidad de reprimir.
El nombramiento de Garré y la designación de una nueva cúpula "garantista" formaron parte también del intento de dar a la sociedad una señal clara: que la presidenta se preocupa por la seguridad y se pone al frente de un plan para recuperarla sin vulnerar los derechos humanos. Pero el mensaje llegó tarde y suena inverosímil para el grueso de la sociedad, que en esta materia parece opinar como Macri.
