La confianza como esencia del cambio cultural

Por Miguel Ángel Troitiño

Es innegable el proceso de cambio que decidió y está realizando el gobierno del presidente Milei. Nos puede gustar o no, pero no se puede ignorar la perseverancia con la que la actual administración ha encarado su gestión que, priorizando el ordenamiento económico, enfrenta la dificultad de contener a una sociedad que espera resultados.

Desde un principio enfrentó una estructura económica fracasada, infestada de malversación y uso despiadado y corrupto de nuestra moneda nacional, uno de los símbolos de la soberanía de un país.

Controlar el peso y generar calidad de vida son un desafío, en el marco de un país que, aún frágil, sin márgenes para el error, lucha para evitar la permanente amenaza de una desestabilización. No existen recetas mágicas y menos inmediatas para resolver el sólido deterioro forjado por décadas.

El gobierno busca acompañar su gestión con el denominado “cambio cultural” que termine por convencer, por un lado a los argentinos, de que existe una mejor manera de vivir, en donde “el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión y en defensa de la vida, la libertad y la propiedad privada” es su dogma; y, por otro lado al mundo, de los logros económicos y oportunidades para estimular a inversores a que se animen a apostar por nuestra Argentina.

Pero, pese al esfuerzo, los resultados se hacen esperar, al menos ante los sufridos ciudadanos, encuestadores y comunicadores que, impacientes, ansiosos y, en muchos casos, influenciados por vientos pesimistas, ponen en duda una y otra vez el éxito de la gestión. Y no faltan los oportunistas, que buscan sacar ventaja del malestar, transformándose todo en una prematura campaña pre electoral que no mejora nada.

Por supuesto que hay hechos y datos que lo justifican: la caída del consumo, la falta de herramientas para lograr la necesaria competitividad de la industria nacional, la pérdida del trabajo formal, el aumento del trabajo informal, la jubilación, la salud, la educación, como espacios de máximo conflicto, entre otras cosas, no pueden esperar y no entienden de paciencia, poniendo en evidencia la fragilidad de un sistema en construcción, que no termina de fraguar.

EL PROCESO

En todo este proceso, lo que está en juego es la confianza de los argentinos y su voluntad para aceptar y aguantar lo que sea necesario y tolerable hasta confirmar que valió la pena.

La confianza es la firme seguridad que tiene una persona o una sociedad en algo. Es un sentimiento de esperanza y tranquilidad que permite actuar, convivir y cooperar sin el miedo a ser defraudado o lastimado. Pero, este valor no se gana por simpatía, empatía o afinidad ideológica. Son las pruebas con hechos concretos los que la confirman. Como también, el ejemplo de los que deciden a través de sus acciones.

En definitiva, la confianza es el activo más preciado. Si bien se nutre del bienestar económico y material, es una actitud que se construye en la credibilidad, en la idea de que lo que se quiere es posible y, entonces, se acepta el esfuerzo para conseguirlo.

La historia nos ha dado muchos ejemplos de pérdida de confianza de los ciudadanos hacia su dirigencia: el Caso Watergate (1972-1974), en el que acciones de espionaje del gobierno de Estados Unidos contra sus rivales políticos destruyó la fe del pueblo en la presidencia y forzó la renuncia de entonces presidente Richard Nixon; o la caída de la Unión Soviética (1991), que dejó al descubierto la mentira económica, la falta de libertad y la mala calidad de vida, acabando con la confianza de los ciudadanos en el sistema comunista; o más atrás en el tiempo, la Revolución Francesa (1789), en la que el pueblo francés perdió toda la fe en el rey y en los nobles debido al hambre y los altos impuestos, destruyéndose así la monarquía.

En nuestra tierra, recordemos nuestro nacimiento como Patria, a partir de la pérdida de confianza a la monarquía española y, más cercano a nuestro tiempo, la hiperinflación del `89, el corralito y crisis del 2001, el “plan platita” del ’23, el “caso Adorni” en la actualidad, etc. Motivos económicos, pérdida de poder y representatividad, corrupción, acciones inmorales, entre otras, son muchas las causas por las que un pueblo pierde la confianza en sus líderes.

Argentina está a medio camino de confirmar el cambio hacia un destino virtuoso. Es el peor momento: el de la duda, el del cansancio, el de la impaciencia, el de los oportunistas y agoreros. Pero también, el momento de la soberbia, de exceso de confianza, del error inoportuno que desprestigia, de la falta de ideas, de la repetición del discurso.

Es tiempo no sólo de variables macroeconómicas y de cambio cultural. Urge revitalizar la gestión y, en ello, renovar actitudes y discursos.

La actitud comunicacional es esencial para contagiar confianza. Pero una comunicación inteligente y con argumentos (que los hay) y no exabruptos que, repetidos, cansan y predisponen mal.

El discurso anclado en el pasado, tradicional en cada administración, para justificarse a partir del desastre heredado ya fue asimilado. ¡Ya fue!

Es tiempo de presente, a través de ideas que le mejoren la vida inmediata a los ciudadanos, bien explicadas y mejor implementadas. Qué sean presentadas de manera que no dejen lugar a interpretaciones antojadizas ni generen compromisos incumplibles.

EL FUTURO

Es tiempo de futuro. No basta con anunciar que seremos potencia en 30 años, y tratar de imaginar a partir de una frase o comentario dejado al pasar en una entrevista.

Hacerlo realidad a través de un trabajo que ayude a unirnos, a lograr el tan ausente “acuerdo interno”, que nos permita definir qué queremos realmente los argentinos de nuestro país y cómo lo haremos, es un desafío que vale la pena.

Resulta esencial y más, si lo plasmamos en un plan serio, simple, creíble y sostenible en el tiempo, que vuelva a contagiar de esperanza a toda la sociedad. Que sirva como argumento para elevar el mediocre e irrelevante nivel de la discusión política.

La confianza se forja en hechos virtuosos, que elevan, y no en burdos combates chicaneros, que sólo satisfacen el ego del que cree que es más canchero. La confianza empodera, revitaliza y dignifica al que se la gana, mereciéndola.

La batalla cultural no puede perder a su mejor e indispensable soldado: la confianza. De hacerlo, habrá perdido la guerra.