EL RINCON DEL HISTORIADOR

La colección de mapas históricos argentinos

El 31 de enero de 2026, el historiador Roberto L. Elissalde publicó una nota en la que hacía referencia a dos acuarelas dedicadas al Combate de San Lorenzo que habían salido a la venta en una casa de remates. La aparición coincidía con el aniversario de esa batalla, el de Chacabuco y el bicentenario del regreso de los granaderos a Buenos Aires.

Elissalde señalaba con acierto que dichas acuarelas no figuraban en los catálogos de Bonifacio del Carril ni de Jorge César Estol, en sus respectivas iconografías sanmartinianas. También mencionaba que se habían realizado gestiones infructuosas para reunir fondos con el fin de adquirirlas. Ambas estaban firmadas por E. Buring y fechadas en “912”.

Sin embargo, había algo en esas acuarelas que me resultaba muy familiar y pronto recordé por qué.

Las conocí en 1955, cuando tenía tres años. Formaban parte de la colección denominada “Mapas Históricos de la Argentina”, dirigida por el profesor Victoriano E. Montes, nacido circunstancialmente en Uruguay pero formado y radicado en la Argentina.

Montes había concebido un proyecto pedagógico original: enseñar historia en la escuela primaria a través de imágenes acompañadas de explicaciones muy breves. Él mismo lo definía como un “curso intuitivo de historia nacional”. En cierto modo, anticipaba el lenguaje que años después adoptarían las historietas, aunque con un propósito claramente formativo y fundacional.

Cada “mapa” (aunque en rigor no lo fueran) consistía en una lámina entelada, de aproximadamente un metro y medio por sesenta centímetros, destinada a ser colgada en el aula. En promedio, estaban compuestos por trece acuarelas que seguían una secuencia narrativa de los hechos.

SAN LORENZO

El primero que llegó a mis manos fue el correspondiente al Combate de San Lorenzo, el número 13 de la colección. Mi tío y padrino -profesor de historia y geografía, nacido en 1899- lo eligió como regalo. Ese mapa, que conservo hasta hoy, fue durante mi infancia mi juguete preferido, lo que explica su desgaste. Cinco años después, con motivo del sesquicentenario de la Revolución de Mayo, recibí el mapa número 3, dedicado a los acontecimientos finales de esa semana decisiva. Tenía el mismo formato, dimensiones y estructura narrativa.

A partir de ese interés, mi padre adquirió el resto de la colección directamente a las hijas de Montes -las llamadas “señoritas Montes”- y mandó entelar los ejemplares. Sin embargo, la serie nunca llegó a completarse: los números 8, 9 y 12 no fueron editados, aparentemente porque el autor no logró concluirlos.

Gracias a la relación que mi tío entabló con la familia, supimos que el mapa de San Lorenzo era el último de un proyecto más amplio, que abarcaba el período entre 1810 y 1816, aunque nunca se materializó en su totalidad.

La colección incluía distintos episodios: el mapa número 4 abordaba la primera expedición al Alto Perú; el número 5, la continuación de esa campaña; el 6 y el 7, la expedición de Belgrano al Paraguay -aunque con diferencias de enfoque entre ambos-; el número 10 se centraba en la creación de la primera escuadra patriota y su derrota en San Nicolás; y el número 11 trataba la creación de la bandera, junto con otros episodios contemporáneos.

ACUARELAS SUELTAS

De los mapas no editados han quedado algunas acuarelas sueltas. Entre ellas, recuerdo especialmente la del doctor Paroissien disparando su fusil mientras asistía a un herido durante la retirada de Huaqui. Es la única que vi en el mercado, hace más de una década, en una casa de remates, con un precio que entonces superaba mis posibilidades.

También existen acuarelas vinculadas al período posterior a San Lorenzo, con figuras como Gervasio Posadas, Juan Larrea, Guillermo Brown, Carlos María de Alvear e Ignacio Álvarez Thomas. Entre ellas se destaca una gran composición dedicada al Congreso de Tucumán en el momento de la declaración de la Independencia. Sobre estos materiales inconclusos, sin embargo, la información disponible es escasa.

El proyecto de Montes tuvo reconocimiento en su tiempo. En 1890, la Imprenta Europea de Buenos Aires publicó un libro de Federico Tobal titulado Mapas históricos de la República Argentina por el Dr. Victoriano E. Montes, cuyo prólogo, firmado por Alejandro Magariños Cervantes el 4 de octubre de ese año, elogiaba la iniciativa.

Allí se señalaba que Montes “acaba de publicar los dos primeros mapas de la colección que formará la cartografía de la historia argentina” y se proponía extender el modelo a toda América del Sur. El prologuista destacaba además que las obras didácticas tradicionales eran “frías” y de escaso impacto en la memoria, mientras que este sistema incorporaba imagen y emoción.

No obstante, también advertía que la obra era perfectible, señalando defectos de estética, arte y precisión histórica, que consideraba inevitables en un proyecto de esa naturaleza.

A pesar de ese impulso inicial, la iniciativa quedó inconclusa por razones que hoy se desconocen, ya que Montes vivió hasta 1917.

LA AUSENCIA

En mi caso, la colección solo presenta una ausencia: el mapa número 2, que mi hermano llevó a su colegio para exhibirlo y nunca regresó. En los últimos años apenas encontré un ejemplar en una galería de la calle Arroyo, pero no correspondía al que me faltaba.

La reciente aparición en el mercado de estas acuarelas permite, al menos parcialmente, reconstruir un proyecto que quedó trunco y del cual han sobrevivido fragmentos dispersos. Cada una de estas piezas forma parte de un intento más amplio por narrar visualmente la historia argentina en un momento en que la enseñanza buscaba nuevos lenguajes.

En ese sentido, las acuarelas firmadas por E. Buring -como tantas otras de la serie- no deberían ser vistas únicamente como objetos de colección, sino como el reflejo de una propuesta pedagógica y cultural que, aunque inconclusa, logró dejar una huella singular en quienes nos nutrimos de ella durante nuestra infancia.

* Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría.