Una centrífuga es un instrumento de laboratorio que gira a alta velocidad, lo que permite separar los integrantes de una mezcla. En el caso de los líquidos, se separan de acuerdo con su densidad. Los más densos abajo; los más livianos, arriba.
Salvadas las correspondientes distancias, el kirchnerismo está exponiendo al peronismo a un proceso de ese tipo. Hay enfrentamientos entre quienes no obedecen las ordenes de Cristina Kirchner en las provincias y en el Congreso. A esta altura el rol de CFK es dividir.
En realidad, más que dividir, dispersar, porque quienes la enfrentan no tienen un líder que los una en un proyecto “renovador”. En ese aspecto las divisiones tras la derrota en las presidenciales de hace dos años son distintas a las que siguieron al triunfo de Raúl Alfonsín sobre Italo Lúder en los 80.
Los “renovadores” de aquel entonces querían enterrar a los peronistas del 45 y convertir al movimiento de Juan Perón en un partido socialdemócrata que sintonizase con los nuevos tiempos democráticos. Pero su proyecto se fue a pique cuando Carlos Menem (un ex renovador) llegó al poder y revivió el culto a la personalidad. A la de él, obviamente.
En el Senado el lunes se confirmó la noticia de que tres senadores que responden a los gobernadores anti-K de Salta, Tucumán y Catamarca armaban su propio bloque. La jugada se completó ayer con la designación de uno de ellos, Carolina Moisés, como vicepresidenta de la Cámara. Bullrich explicó la decisión sin tapujos: formar una nueva mayoría oficialista de 47 senadores, a uno de los dos tercios.
Como quedó a la vista las razones de que ahora hagan rancho aparte los tres disidentes son múltiples, pero ninguna ideológica. En primer lugar, está el reparto de poder interno de la Cámara: en las comisiones y en la mesa directiva.
Patricia Bullrich había conseguido aislar a los kirchneristas y les cedió menos lugares en las comisiones de los que querían. Como una forma de protesta dejaron esos lugares vacíos, pero en política todo vacío se ocupa y los actuales “separatistas” decidieron romper filas para entrar en el reparto. Cuando Cristina Kirchner era todopoderosa en el Senado, su vicario, José Mayans, postergaba a los que no eran obsecuentes. Ya no puede hacerlo. La Cámara funciona sin problemas con oficialistas y “dialoguistas”. Si la expresidenta no cambia de postura, quedará políticamente neutralizada.
A medida que el peronismo se desperdiga, el oficialismo y sus aliados se acercan cada vez más a la mayoría de dos tercios que destrabaría la elección de los dos jueces que faltan en la Corte Suprema, dejando fuera de la conversación a Cristina Kirchner.
En realidad, algo parecido ocurrió en los 80. El peronismo tenía entonces 24 votos (la mitad de la Cámara) y Vicente Saadi se separó con seis de ellos para manejar en alianza tácita con la UCR la mayoría del Senado. Nombró más jueces que el resto de los bloques.
Por el camino actual, si el kirchnerismo no arma una estrategia integradora, va a quedar reducido a una minoría testimonial más de la izquierda. Una suerte de trotskismo bis.
Conclusión: no debe desenchufar el audio de los recintos. Lo que debe desenchufar es la centrífuga.
Salvadas las correspondientes distancias, el kirchnerismo está exponiendo al peronismo a un proceso de ese tipo. Hay enfrentamientos entre quienes no obedecen las ordenes de Cristina Kirchner en las provincias y en el Congreso. A esta altura el rol de CFK es dividir.
En realidad, más que dividir, dispersar, porque quienes la enfrentan no tienen un líder que los una en un proyecto “renovador”. En ese aspecto las divisiones tras la derrota en las presidenciales de hace dos años son distintas a las que siguieron al triunfo de Raúl Alfonsín sobre Italo Lúder en los 80.
Los “renovadores” de aquel entonces querían enterrar a los peronistas del 45 y convertir al movimiento de Juan Perón en un partido socialdemócrata que sintonizase con los nuevos tiempos democráticos. Pero su proyecto se fue a pique cuando Carlos Menem (un ex renovador) llegó al poder y revivió el culto a la personalidad. A la de él, obviamente.
En el Senado el lunes se confirmó la noticia de que tres senadores que responden a los gobernadores anti-K de Salta, Tucumán y Catamarca armaban su propio bloque. La jugada se completó ayer con la designación de uno de ellos, Carolina Moisés, como vicepresidenta de la Cámara. Bullrich explicó la decisión sin tapujos: formar una nueva mayoría oficialista de 47 senadores, a uno de los dos tercios.
Como quedó a la vista las razones de que ahora hagan rancho aparte los tres disidentes son múltiples, pero ninguna ideológica. En primer lugar, está el reparto de poder interno de la Cámara: en las comisiones y en la mesa directiva.
Patricia Bullrich había conseguido aislar a los kirchneristas y les cedió menos lugares en las comisiones de los que querían. Como una forma de protesta dejaron esos lugares vacíos, pero en política todo vacío se ocupa y los actuales “separatistas” decidieron romper filas para entrar en el reparto. Cuando Cristina Kirchner era todopoderosa en el Senado, su vicario, José Mayans, postergaba a los que no eran obsecuentes. Ya no puede hacerlo. La Cámara funciona sin problemas con oficialistas y “dialoguistas”. Si la expresidenta no cambia de postura, quedará políticamente neutralizada.
A medida que el peronismo se desperdiga, el oficialismo y sus aliados se acercan cada vez más a la mayoría de dos tercios que destrabaría la elección de los dos jueces que faltan en la Corte Suprema, dejando fuera de la conversación a Cristina Kirchner.
En realidad, algo parecido ocurrió en los 80. El peronismo tenía entonces 24 votos (la mitad de la Cámara) y Vicente Saadi se separó con seis de ellos para manejar en alianza tácita con la UCR la mayoría del Senado. Nombró más jueces que el resto de los bloques.
Por el camino actual, si el kirchnerismo no arma una estrategia integradora, va a quedar reducido a una minoría testimonial más de la izquierda. Una suerte de trotskismo bis.
Conclusión: no debe desenchufar el audio de los recintos. Lo que debe desenchufar es la centrífuga.
