“La cabeza del empresario argentino piensa en pagar impuestos, no en competir”

Las reformas estructurales no impactarán de manera inmediata en la actividad económica. Hay que generar las condiciones para que los empresarios compitan, destaca el economista Iván Cachanosky. Pronóstico de dólar calmo para el 2026.

Tras dos años de gestión de Javier Milei como presidente de la Nación, la Argentina se acerca un poco más al sueño desregulador que acuna todo liberal que se precie de tal. Las reformas están en carpeta, la apertura de la economía es una realidad palpable y la disciplina fiscal, un dogma. Queda en el tintero, entre otras cosas, la actualización del esquema impositivo para que los empresarios comiencen a conjugar el verbo competir.

Lo que resta por hacer es mucho, pero lo hecho, igualmente, ya es bastante. Eso piensa Iván Cachanosky, economista jefe de la Fundación Libertad y Progreso, y director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas del Eseade. El movimiento libertario ha sido exitoso en un movimiento de pinzas que no es sólo económico sino, y de manera increíble, también político.

-En general, cuando se le pregunta a los economistas liberales sobre la economía argentina, suelen afirmar que saldrá adelante cuando se realicen las reformas estructurales. ¿Llegó el momento? ¿Será éste el año de las grandes reformas?

-Me sale un ni. Sí pero con matices. Creo que lo que hay que entender es que hay un punto de inflexión pero que los resultados no llegarán inmediatamente. Las reformas estructurales dan resultado a mediano plazo. Se debatió la reforma laboral pero eso no quiere decir que ahora todo el empleo privado se irá hacia la formalidad y generar un cambio abrupto. Algo puede ser. En realidad para que funcione rápido habría que hacer todas las reformas a la vez, lo cual es imposible en la práctica política. Esta reforma laboral deja algunas cosas que se tendrían que haber cambiado como la cuota sindical, pero no deja de ser un avance.

-También se negocia en el mundo de lo posible.

-Exactamente. En ese sentido, bienvenido. Pero como contracara el Gobierno va a tener que ser hábil en comunicar esto porque si todavía faltan cosas dentro de la reforma, lógicamente  no habrá magia y obviamente la oposición va a decir: ‘Hiciste la reforma y sigue todo igual’.

-Dado que no hay calendario electoral en 2026, ¿es un año más cómodo para pisar a fondo el acelerador de las reformas?

-Hay dos cuestiones. Una esa esa, que no haya calendario electoral. Eso marca que es un buen momento porque después, en campaña, es muy difícil ensayar estos cambios. Lo otro, que no me lo esperaba, es el músculo político que el gobierno de Milei ganó en el Congreso después de las elecciones legislativas. Primero estuvieron las elecciones de septiembre en la provincia de Buenos Aires, que fueron dramáticas para el oficialismo, pero en octubre se revirtió el panorama y por primera vez desde el retorno a la democracia el peronismo no es la primera minoría. Esto es histórico. Si el Gobierno logra en 2027 obtener la reelección, ya le quedaría un Congreso muy amigable para las reformas. Ahí sí se podría avanzar con más cambios.

-¿Las presidenciales del año próximo son clave para darle más tiempo al plan de reformas?

-Exacto. Así no habría que ceder tanto en las negociaciones. En los primeros dos años de gobierno la billetera para las provincias se fue a cero, por eso la reforma impositiva cuesta. Los gobernadores se preguntan cómo van a recaudar, no les pasan plata y encima quieren bajar los impuestos. Es todo un problema. Ahora vienen dos años en los cuales se va a negociar más y,  si le va bien al gobierno, se abre una puerta interesante.

-Pasaron ya dos años de gestión libertaria. ¿Era lo que esperaba que podía ocurrir?

-A mí me sorprendió para bien, lo cual no quiere decir que no haya riesgos. No pensé que la inflación iba a bajar tan rápido, aunque hace ocho o nueve meses está recrudeciendo la situación con los precios. Tampoco pensé que el equilibrio fiscal se iba a sostener dos años. Está toda la discusión de que hay unos intereses que no se contabilizan, y que si lo hicieran el resultado sería deficitario. Es cierto, pero se pasó de un déficit de 4,6% a otro de 0,6%. Es gigantesco igual. Lo que menos pensaba, y lo que más me preocupaba de este gobierno, es que en apenas dos años el peronismo iba a dejar de ser la primera minoría. Era la ventaja que yo veía si le iba bien a Juntos por el Cambio. En ese sentido estoy muy sorprendido pero esto no quita que las empresas siguen con problemas de competitividad. Todo lo vinculado a la microeconomía está un poco complicado. Eso hay que ver cómo se maneja.

IMPUESTOS

-¿El próximo capítulo de reformas debería ser el impositivo?

-Totalmente. Las tres grandes reformas de las cuales se suele hablar son la laboral, la impositiva y la previsional. Pero la previsional es más fácil de hacer si ya se ejecutaron la laboral y la impositiva porque ambas permiten que más gente ingrese al mercado laboral formal. Y así se financia el sistema jubilatorio.

-Los empresarios siempre reclaman por el efecto cascada de los tributos a nivel nacional, provincial y municipal. ¿Cómo se desarma eso?

-Hay que desarmar eso y es un lío bárbaro, sobre todo Ingresos Brutos. Hay que distinguir algunas cosas. No hay que meter a todos los empresarios en la misma bolsa. Hay empresarios que estaban acostumbrados a cierto proteccionismo y quieren eso. No es bueno porque en ese contexto hay empresas que ganan plata pero a costa de los consumidores que tienen que pagar por productos más caros y, en algunas ocasiones, de peor calidad. Luego están los empresarios que sí quieren competir, pero eso no quiere decir que ahora estén en condiciones de hacerlo. Ahí siento que el Gobierno es un poco frío. Les dice: ‘Acá van a tener que competir’, lo cual es cierto porque el mundo funciona así, pero las reformas para ser competitivos están pendientes. Eso todavía no está. Hay que empezar a poner la cancha competitiva. Se le pide mucho al empresariado que quiere competir.

-Como suele decirse: primero las reformas y luego la apertura. De lo contrario las empresas irían al quebranto.

-Hay muchos liberales que aseguran que la apertura comercial debe ser gradual o el eslabón final. Para jugar al fútbol primero hay que entrenar y recién después se juega el partido. El mundo compite y está acostumbrado mientras que Argentina lleva 60 años de encierro.

-En esto de pensar la economía, el sector productivo reclama, no se ve favorecido por las políticas oficiales.

-Ahí viene esta famosa división de quienes buscan proteccionismo y los otros, los que quieren competir. Ojo que a los que desean competir no quiere decir que les vaya a ir bien. Competir es estar incómodo, en verdad. Hay que hacer las cosas mejor que los otros para poder sobrevivir como empresario. El lugar del empresario no es cómodo en el mundo, es estar constantemente compitiendo. No sé si estamos acostumbrados a esa cabeza. La cabeza del empresario argentino está acostumbrada a que tiene que pagar impuestos, no a competir.

-El sector agropecuario y el energético son la gran boca de ingreso de divisas, son competitivos. ¿El desafío está en el sector manufacturero?

-Es un desafío, pero también lo es porque con el proteccionismo nos mentimos y pensamos que algunos rubros eran competitivos cuando en realidad no lo eran. Eran competitivos porque jugaban en un mercado cerrado. Siempre nos comparan con Australia, pero Australia tiene el 70% de sus ingresos en los servicios y el 30% en las manufacturas. Están acostumbrados a competir. Acá hay que hacer un click y darse cuenta de que están cambiando las reglas de juego, está cambiando el paradigma. Va a haber sobrevivientes y no sobrevivientes. Estos últimos, si están las reformas hechas, se pueden reinventar. De lo contrario será imposible.

-¿Eso podría traducirse en un costo político?

-Claro, ahí es donde más intentan pegarle al Gobierno, con lo que ocurre con la micro y las empresas. Las reformas tienen un impacto de mediano plazo, por eso es importante ver qué herramientas va a manejar el Gobierno en el corto plazo. Si la inflación estuviera bajando, daría margen para bajar las tasas de interés y eso se traduciría en crédito para las pymes. Hoy las tasas de interés están altas porque se prioriza bajar la inflación, pero las pymes no pueden tomar crédito. Por eso están estancadas.

INFLACION

-Parece difícil volver a quebrar a la baja el índice de inflación del 2%. ¿Qué opina?

-Llegó a un piso de 1,5% en mayo del año pasado pero a partir de ahí fue todo al alza. Son nueve meses en que la inflación sube. Está bien que hubo elecciones, se apreció el dólar y todo eso arrastró los precios de  los bienes hacia arriba, pero la verdad es que pensaba que para enero la inflación iba a ceder. Mis números dan que en febrero la inflación será nuevamente alta, similar a enero (2,9%). Va a bajar pero no se acercará al 10% anual que prometió el gobierno en el presupuesto. Va a estar más cerca del 20% anual.

-¿La conducta del dólar ayuda a que la inflación no se dispare?

-Está ayudando. Con el dólar tranquilo será más fácil controlar la inflación pero preocupa un poco la velocidad del aumento en Alimentos y Bebidas. El Banco Central no está emitiendo y eso da a entender que en algún momento la inflación debe retroceder. Cuando se perdieron las elecciones legislativas en la provincia de Buenos Aires, el dólar se puso en modo pánico.

-Además de no emitir, el Banco Central empezó a responder al reclamo de sumar reservas.

-Sí y no, y ahí hay un poquito de ruido. El riesgo país venía bajando porque el Banco Central compraba reservas, pero después volvió a subir. Creo que hubo una lectura equivocada. Todo el mundo lo atribuyó a la renuncia de Marco Lavagna en el Indec. Pero pasó otra cosa: cuando tuvimos que pagarle al FMI los intereses por el préstamo, el Tesoro le compró los dólares al Banco Central y los usó para pagar la deuda. Entonces el mercado dejó de leer que el Banco Central quiere acumular reservas. Empezó a leer que, en realidad, le va a vender las divisas al Tesoro para cancelar deuda. Pero si paga deuda, no acumula reservas. Creo que la suba del riesgo país responde más a esta señal que a la renuncia de Lavagna.

-¿Le gusta el esquema de bandas cambiarias?

-Me gusta que de a poco se va ganando libertad pero tiene un doble filo. Si la demanda de pesos no se recupera, si la gente no quiere pesos,  y no está tan claro que esto esté ocurriendo, puede crearse un problema. Si el techo es más alto, la distancia entre el tipo de cambio y el techo es mayor. Ante una devaluación se van a demandar tasas de interés más altas. Eso complica el proceso de tener tasas más bajas para el crédito de las empresas. Hoy las tasas están altas porque hay miedo a una devaluación.

-¿Percibe miedo a una devaluación?

-Lo vi latente hasta hace unos meses pero ahora no. La demanda de dólares en septiembre y octubre fue una locura por las elecciones. El Banco Central vendió u$s 5.500 millones, una cifra record en un mes. Ahora bajó a un nivel de u$s 1.300 millones, que obviamente se pierden mes tras mes pero que están lejos de los u$s 4.000 millones que manejaba Macri cuando tuvo la crisis. La gente no va a dejar de demandar divisas pero bajó significativamente. Si la inflación empieza a ceder se puede recuperar la demanda de pesos.

-Llegan los meses de bonanza en los cuales se liquida la cosecha, y también se reglamentó la ley de Inocencia Fiscal. ¿Ayudará eso a que se planche el precio del dólar?

-Es cierto que se vienen los meses de liquidación de la cosecha pero un poco de eso ya se adelantó cuando le bajaron las retenciones a la soja. Se extendió por un año el RIGI (Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones), con lo cual se puede especular con que vengan algunas grandes inversiones. Algo va a ayudar el blanqueo, pero imagino que si hay un segundo mandato de Milei tendrá mayor peso. No lo veo en el corto plazo. La semana pasada se confirmó también una inversión muy fuerte en San Juan para la explotación de cobre. Si eso pasara, cambiaría el ánimo inversor. Hay que pensar que también está el acuerdo con los Estados Unidos, que es de comercio e inversiones. Esto empieza a poner a la Argentina en el radar del inversor. Habrá movimientos con Estados Unidos en sectores clave como minería y energía. Me imagino un tipo de cambio relativamente estable, sobre todo con la oposición desvirtuada. Este año debería ser medianamente tranquilo.

ACUERDOS

-¿Qué evaluación hace del realineamiento comercial de la Argentina a nivel global?

-Está muy bueno. Acá hay también una cuestión geopolítica. Creo que estos acuerdos son positivos en la medida en que también se concreten con varios países, no sólo con Estados Unidos. Va en la dirección correcta. Resurge el debate si las empresas locales están preparadas para eso. Si avanzara el acuerdo Mercosur-Unión Europea sería buenísimo porque se tendrían los beneficios de estar integrados al mundo, pero los costos son graduales para Latinoamérica. Eso nos permitiría volvernos competitivos poco a poco, ya que de un día para el otro es imposible.

-¿Cambió la Argentina?

-Si uno compara esta Argentina con la de hace dos años, mejoró muchísimo. La inflación corría al 25% mensual, había déficit fiscal, déficit de balanza energética. La deuda pendiente son las pymes, dividiendo los que buscan el proteccionismo de aquellos que desean competir. Ahí está el nudo. Otra cosa a tener en cuenta es el nivel de encaje bancario. El encaje es que cuando una persona deposita pesos en el banco, cuántos de esos pesos deben quedar retenidos obligatoriamente en el banco y no pueden ser prestados. Eso estaba en el 25% y subió al 52% durante las elecciones. Ahora bajó al 48%. Hay que bajarlo mucho más. Eso es de corto plazo y estaría bueno que se normalizara.