Voy a ocuparme de un problema que, por afectar a una anciana, toca mi sensibilidad provecta . Se desarrolla en el tango “Una carta” (1931), letra y música de Miguel Bucino.
Empieza con un cuarteto octonario que, a modo de prólogo, debe ser recitado por el cantor: Lloró el malevo esa noche sobre el piso de cemento / y un gesto imponente y fiero en su cara se pintó. / Tomó la pluma con rabia, mientras ahogaba un lamento; / a su madre inolvidable esta carta le escribió.
El último verso se presta, al menos, a dos interpretaciones, debido a la posición que ocupa el adjetivo inolvidable. Si lo tomamos en su sentido llano, debemos entender que el adjetivo califica a la madre: parecería tautológico: ¿quién podría olvidar a su madre? Sin embargo, podríamos verlo también como un gongorismo del siglo XX: mediante hipérbaton, la inolvidable no es la madre sino la carta.
Analicemos la misiva…
Vieja: / Una duda cruel me aqueja / y es más fuerte que esta reja / que me sirve de prisión. El redactor se encuentra en la cárcel, ignoramos a causa de qué delito, y está aquejado por una fortísima duda.
No es que me amargue / la tristeza de mi encierro / y tirado como perro / arrumbao en un rincón. Abnegado y hasta optimista: ni el encierro ni la situación perruna logran amargarlo, pero no sabemos si esas circunstancias llevan alegría a su corazón.
Quiero / que me diga con franqueza / si es verdad que de mi pieza / se hizo dueño otro varón. Expone el motivo inmobiliario que lo llevó a empuñar la pluma.
Diga, madre, si es cierto que la infame / abusando que estoy preso me ha engañao… / Y si es cierto que al pebete lo han dejao / en la casa de los pibes sin hogar… Evidentemente, a pesar de su encierro, le han llegado rumores inquietantes. Por eso, aunque aún no tiene seguridad de que se ajusten a la verdad, se anticipa a llamar infame a su antigua dama, que, al parecer, aprovechando (no abusando) la prisión del malevo, ha otorgado a otro varón el título de propiedad de la habitación matrimonial. Sigue una conjetura mucho más grave: parecería que la señora y el nuevo varón han decidido recluir al pebete (imaginamos que hijo del preso y de la susodicha) en una especie de orfanato: ¿esta decisión tiene sustento legal?
Si así fuera… ¡Malhaya con la ingrata…! / Algún día he de salir y entonces, vieja, / se lo juro por la cruz que hice en la reja / que esa deuda con mi daga he de cobrar. ¡Diablos! Este asunto está adquiriendo visos de futura tragedia. Él sabe que algún día va a recobrar la libertad, hizo una cruz en la reja (¿cómo?) y amenaza con achurar a la ex consorte, en primer lugar, y posiblemente también al otro caballero, lo que le acarrearía una segunda condena, ahora por doble homicidio.
Vieja: / Vos que nunca me mentiste, / vos que todo me lo diste, / no me tengas compasión / que, aunque me duela, / la verdad quiero saberla… No es el miedo de perderla / ni es el miedo a la traición. Hasta este punto había tratado con respetuoso usted a la vieja. Pero ahora adquiere confianza y la trata de vos. Quiere saber la verdad y, contradiciéndose con lo que expresó antes, da a entender que no le importa perder a la dama y que la traición lo tiene sin cuidado.
Amor paterno
Su verdadera preocupación marcha por otros carriles. Prevalece su amor de padre:
Pero, / cuando pienso en el pebete, / siento que se me hace un siete / donde tengo el corazón. Bucino se había cansado de malograr penales. Nobleza obliga: ahora acaba de convertir un golazo desde fuera del área al equiparar el rasgón que se produce en una prenda de vestir con un desgarrón afectivo del corazón. ¡Bien por Miguel, en esta instancia!
Sin embargo, subsiste el complejo problema moral que el malevo le transfiere a su mamá.
Suponiendo que las conjeturas respondan a la realidad (que es lo más probable), pueden ocurrir dos cosas.
a) Si, por piedad maternal, la anciana opta por mentir y desechar tan infames rumores, habrá contradicho y destruido su prestigio de enemiga del engaño (Vos que nunca me mentiste )*.
b) Pero, si revela la verdad, los males serían más terribles. El hijo, ya en libertad, mataría, daga mediante, a la ex esposa casquivana y al ex afortunado galán, crímenes que lo obligarían a nueva reclusión carcelaria, dejando al pebete todavía más desamparado y a la desdichada geronte extraviada en un laberinto insoluble.
A manera de paradoja de Bertrand Russell, cualquier decisión que tome será, en uno u otro sentido, perjudicial. ¡Gravosa tribulación cargó el presidiario sobre las espaldas de la nonna del pebete!
* El culto por la verdad: “Nene, recordá siempre: a los recién nacidos no los trae la cigüeña; los Reyes Magos son los padres; Papá Noel es un viejo disfrazado; quien se llevó el dientito que pusiste bajo la almohada y te dejó monedas no fue el Ratón Pérez sino yo misma”.
