In memoriam Karl Jung

La alquimia de la derrota: ¿hacia la necesidad de nuevos héroes?

El pesado silencio que se siente en los días posteriores a la caída de la Argentina en la final muestra el colapso de una ilusión colectiva. Los éxitos de los últimos partidos de manera agónica reactualizaron una narrativa del camino del héroe, el que aún al borde de la muerte logra triunfar. Pero nos habla de un modelo específico de héroe mítico, y de la cultura de la que surge, la que espera la salvación del milagro a último momento. 
Esa sociedad que deposita sus esperanzas en ese tipo de promesa, deja de ser un mero evento deportivo, para ser una profunda marca cultural. Para una sociedad como la nuestra habituada a la “zona de confort” de las crisis y el sufrimiento, a las profundas grietas y desigualdades, una victoria cómoda y previsible carece de valor espiritual. Nuestro “mythos” (lo opuesto al logos) es otro: el héroe debe quedarse sin recursos, sin opciones lógicas y al borde de la muerte, es decir el descenso al inframundo o catábasis. 
“Ningún árbol puede crecer hasta el cielo a menos que sus raíces lleguen al infierno”.
‘Aion’- Karl Gustav Jung

Ese descenso, o incluso destrucción, como condición primaria para el regreso victorioso, la encontramos en una gran cantidad de referencias literarias, filosóficas y míticas (Osiris, Dante, Eneas etc). J.R.R. Tolkien acuñó el término de “Eucatástrofe”, a ese salvataje milagroso y el héroe es más humano, más imperfecto, es el de la Resurrección, que gana a pesar de sus defectos, no gracias a sus virtudes. 
Se rebela a la meritocracia perfecta y otras fuerzas, la pasión, el caos, el sufrimiento son más importantes que la capacidad. Pero este héroe es a la vez el de la desmesura, de la Hybris, quizás por eso moleste tanto. A Messi se le acusó durante mucho tiempo de no ser ese modelo de exceso y desmesura que es presa de sus pasiones, de su orgullo o de su instinto ciego que lo empuja al abismo, pero es también esa misma pasión indomable la única energía capaz de sacarlo de allí en el último segundo. Se lo acusaba de no ser tampoco otro modelo de héroe el Trickster (el embaucador o pícaro) que no sobrevive apelando a valores morales elevados, sino a la astucia, incluso el engaño, es el Odiseo (el más astuto de los mortales, no el más fuerte, que era Aquiles) o el gol con la mano. 
En este modelo, la astucia y la voluntad de vivir reemplazan a la pureza moral. Suele requerir ensuciarse las manos, conocer la desesperación de la supervivencia. Ahí es donde se encuentran las identificaciones y los modelos culturales. El héroe clásico, el Rey Arturo o Superman, es admirable, pero distante, y un ideal inalcanzable. Es interesante ver la evolución de los personajes cinematográficos para Batman con el curso de los años: de un ser  casi sin pasiones humanas, excepto cuando era sometido a alguna droga, a un sujeto conflictuado y por momentos lleno de mortales emociones negativas. Ese, el héroe que se equivoca, que es caótico, que sufre, que queda contra las cuerdas por sus propios errores y que necesita un milagro para salvarse, es el espejo exacto de la condición humana. El público no venera a este héroe por su moralidad, sino por su humanidad compartida. Su victoria de último minuto nos consuela, porque nos promete que nuestra propia imperfección y nuestro caos no nos condenan necesariamente a la derrota final. 
Así nos identificamos y apasionamos con seres que podríamos ser nosotros, que anhelamos momentos de heroicidad. Consideremos el caso de Ulises (Odiseo). No regresa a Ítaca sobre una ola de gloria, sino que en función de su “astucia” es castigado, con el peor de los males: el exilio. 
Los dioses (Neptuno en realidad) se dedican con tesón a destruir su ego, no le queda ni barco ya llegando a Ítaca, pero ese despojo total no es un accidente de la narrativa; es un prerrequisito psicológico. El héroe debe ser despojado de su pensamiento mágico, sus fantasías de heroicidad, sus ilusiones de control, de su ego en suma, antes de poder gobernar la realidad de su existencia.
Es por eso que el episodio del mundial es una opción única de aprendizaje. Desde la neurobiología del comportamiento se sabe que el error de anticipación, como se llama con cierta pomposidad al fracaso, es lo que permite corregir con un nuevo aprendizaje y toma de decisiones consecuentes. Es Ulises decidiendo que su lugar está en permanecer en Ítaca y no con la ilusión de inmortalidad que le da la bella Calipso. Retomemos ese punto, Ulises puede ser eternamente joven (o Puer Eternus) o aceptar envejecer para volver a su lugar y ser Rey, el dilema central el héroe sigue siendo príncipe o madura y es Rey, pero ya sin las aventuras.
”No podemos vivir el atardecer de la vida con el mismo programa que la mañana; pues lo que en la mañana era mucho, en el atardecer será poco, y lo que en la mañana era verdadero, en la tarde será falso”. ‘La estructura y dinámica de la psique’- K. Jung


En estos días fuimos testigos de la humanización de nuestro propio arquetipo: por un lado positivo al estar todos sincronizados emocionalmente, y por otro ligado al fracaso, en el que ya la magia, el límite ya no sirve. El ídolo, sobre quien millones proyectaron el mito de la inmortalidad, debe aceptar frente al mundo el concreto límite de su propia historia, que su lugar es otro, aún peor nosotros colectivamente, que la individualidad y el último recurso del héroe joven solitario ya no es el camino posible. Es terriblemente doloroso o implica pedirle al héroe anciano que vuelva a subirse al caballo, como El Cid. Es ver crecer a los ídolos de nuestra infancia. Recuerdo hace unos años a uno de mis hijos enojado por un Harry Potter adulto con hijos, pero que al mismo tiempo implicaba el fin de la saga. Este descenso es doloroso pero profundamente necesario, tanto en lo individual como en lo colectivo. 
Carl Jung, de quien festejamos hoy su nacimiento el 26 de julio de 1875 en Suiza, insistió, quizás intentando que lo comprendiéramos a una edad razonable, que la maduración psicológica profunda requiere la destrucción sistemática del ego. Lo comparó con la etapa alquímica del Nigredo: ennegrecimiento, putrefacción, quemado y la disolución en el caos antes de la transmutación.
Cuando nuestros planes se hacen añicos y nuestras expectativas colectivas son completamente derrotadas, la sociedad entra en esta "noche oscura del alma" de San Juan de la Cruz. Es un momento de profunda disonancia cognitiva, un momento en que las creencias entran en conflicto entre sí y la resolución de esa tensión dará el resultado psíquico de cambio o sostener la rigidez del modelo.
Pero es claro esa tensión, entrar en el Nigredo es confrontar nuestras fantasías y esperanzas, es más fácil sentirse tratado injustamente, perseguido, y posiblemente lo seamos, pero la salida es solo propia, y eso es duro. Nadie vendrá a salvarnos a último minuto. Pero evitar el dolor solo conduce a una identidad colectiva frágil y superficial. Para crecer, una sociedad debe permitir que la falsa narrativa de su propio excepcionalidad juvenil, se consuma o más grave envejezca. De ahí saldrá la verdadera resiliencia ligada a la realidad. Ya que el éxito no es un buen maestro; engendra sesgo de supervivencia y nos permite sostener la fantasía de creer que nuestros métodos que fueron útiles en el pasado lo siguen siendo, solo porque “ganamos”, pero ¿ganamos o es un Caballo de Troya? La derrota, por el contrario, son datos, es decir es. No hay narrativa posible, si es que uno la asume, se hace cargo, es decir la toma y la carga, exige mirarla con total honestidad hacia uno mismo y cambiar. 
Albert Camus en ‘El mito de Sísifo’, nos invita a aceptar la derrota, aún peor, el esfuerzo no recompensado. El autor nos pide que observemos a Sísifo en el momento en que baja caminando de la montaña para empezar de nuevo. Esa imagen y realidad de certeza absoluta y lucidez de la cual es imposible escapar es cuando alcanza una conciencia suprema. Acepta lo absurdo de la existencia y hasta nos habla de un Sisifo feliz. Extraña paradoja.
O a Hemingway cuyo trofeo/presa, logrado luego de muchos esfuerzos, es devorado por los tiburones antes de llegar a puerto, y ahí entender que su espíritu es el que esta indemne y transformado y no por la retención del trofeo (Quizás sea la interpretación de un lunes post mundial).
Luego tenemos el Amor Fati de los estoicos que Nietzsche señaló como la marca máxima de una conciencia desarrollada que acepta el destino. No se trata de resignación sino huir de la fantasía, para amar la realidad, ya que ésta nos permite la transmutación. 
No se puede desear que la derrota desaparezca, ya que implica desear que la profundidad, la resiliencia y el autoconocimiento, sean una dote divina.
Quizás no nos demos cuenta que esa “injusticia”, esa falta de milagro, haya sido el mejor de los presentes, de los premios. Y también obliga a los otros a salir de su lugar, los pretendientes de Penélope o la extraña campaña anti argentina en redes.
Una sociedad que deja de exigir que sus ídolos trasciendan las limitaciones humanas, y en su lugar decide aceptar la vida, a veces cruda, injusta y no recompensada del intento, da un salto evolutivo masivo. Si metabolizamos socialmente esta “derrota”, no es un final sino un principio. Se ven en la sociedad los gérmenes y la necesidad de esto. 
"La cueva a la que temes entrar encierra el tesoro que buscas." - Joseph Campbell