Europa, alea iacta est!

La advertencia de Giovanni Reale sobre unas raíces que se silenciaron

Por Carlos Daniel Lasa *

Cuando la Unión Europea redactó su Constitución decidió no nombrar al cristianismo como una de sus principales raíces fundantes. Dos décadas después, desde Múnich, un funcionario norteamericano le recordó a Europa aquello que ella misma parecía haber olvidado (u omitido deliberadamente).

Hay libros que nacen de un debate concreto y terminan hablando de algo mucho más grande. Eso es lo que ocurre con Raíces culturales y espirituales de Europa, del filósofo italiano Giovanni Reale, catedrático de Historia de la Filosofía Antigua.

El disparador fue puntual: entre 2003 y 2004, mientras se redactaba el Tratado por el que se establecía una Constitución para Europa, un grupo de países -con Francia a la cabeza, fiel a su “tradición” laicista- se opuso a que el preámbulo mencionara explícitamente las “raíces cristianas” del continente, o siquiera a Dios.

El texto que finalmente se aprobó habló, en cambio, de una “herencia cultural, religiosa y humanista” genérica y desabrida: se nombró sin problema el legado helénico y romano, se mencionó la Ilustración, pero el cristianismo quedó disuelto en un adjetivo sin sustantivo propio.

Para Reale, esa omisión no fue un detalle diplomático. Fue un error histórico y filosófico de fondo, gravísimo, y el síntoma de algo más inquietante.

 

DOS RAICES, UN MISMO TRONCO

La tesis del libro es, en el fondo, sencilla de enunciar y profunda en sus consecuencias. Europa -sostiene Reale- tiene raíces culturales y raíces espirituales, y ninguna de las dos es negociable si se quiere entender qué es realmente este continente.

Las raíces culturales son filosóficas y nacen en Grecia: con Sócrates, con Platón, con siglos de pensamiento que Reale sintetiza con la precisión de quien lleva toda una vida estudiándolos. Las raíces espirituales, por su parte, son cristianas y aportan algo que ninguna otra tradición legó a Occidente con la misma fuerza: el concepto mismo de persona, con su dignidad irreductible, su interioridad, su valor por sí misma más allá de cualquier utilidad o función social.

De la unión de esas dos raíces -la razón griega y la fe cristiana- nace, para Reale, la identidad europea real. No la de los tratados comerciales ni la de las fronteras administrativas, sino la que se juega en lo verdaderamente radical (en el sentido etimológico de la palabra): aquello que está en la raíz.

Por eso el autor insiste en este punto: pensar a Europa solo en términos históricos o políticos es quedarse nadando en la superficie. Lo que sostiene al verdadero edificio no son los tratados, sino los pensadores imperecederos y la religión revelada que, durante dos milenios, modelaron el modo de ser europeo y su forma de entender al ser humano.

 

NEUTRALIDAD QUE NO ES NEUTRAL

Aquí está el nervio de la crítica de Reale a la Constitución europea. Cuando el preámbulo evita nombrar al cristianismo, no está siendo neutral: está tomando partido. Silenciar una raíz -argumenta- no es un acto de respeto hacia la pluralidad, sino una forma de amnesia que falsea la identidad real del continente. Sin el cristianismo no se explica el concepto europeo de persona, ni buena parte de su arte, ni su derecho, ni su filosofía moral, ni sus instituciones. Omitirlo en el documento que se suponía debía fundar políticamente a Europa no es, para Reale, un ejercicio de laicidad sino la imposición encubierta de un laicismo militante: el que trata a la religión como un asunto privado, casi vergonzante, sin lugar en el espacio público.

Además, Reale advierte sobre el riesgo que esto implica: una Europa que reniega de su propia memoria espiritual corre el peligro de construirse sobre una base puramente económico-burocrática, vacía de sentido, incapaz de generar la cohesión moral que toda unión política verdadera necesita para sostenerse en el tiempo.

 

VEINTE AÑOS DESPUES, EL ECO LLEGA DESDE MUNICH

La advertencia de Reale, escrita a mediados de la década de 2000, encontró una resonancia inesperada en febrero de 2026, cuando el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, subió al atril de la Conferencia de Seguridad de Múnich y le habló a Europa en términos que parecían tomados directamente del libro. “Somos parte de una civilización, la occidental -dijo-. Estamos unidos por los vínculos más hondos que cualquier nación podría compartir, fraguado a lo largo de siglos de historia, fe cristiana, cultura, legado, idiomas y linaje compartidos.” Y agregó, en el mismo tono de recordatorio histórico: “Fue aquí, en Europa, donde se plantaron las semillas de la libertad que cambiaron el mundo”.

No es casual que un funcionario estadounidense tuviera que ir al suelo alemán a decir en voz alta lo que la propia Constitución europea había preferido callar dos décadas antes. Rubio subrayó la importancia de la fe cristiana y mostró los signos que manifiestan el vacío identitario que atraviesa a las sociedades occidentales desde otros frentes. Habló de “una visión dogmática de comercio libre y sin restricciones” que debilitó las economías europeas y sus cadenas de producción. Y fue más lejos todavía al referirse a la inmigración masiva: “No era ni es una preocupación limítrofe con un impacto nimio -advirtió-. Era y sigue siendo una crisis que está transformando y debilitando todas las sociedades occidentales.” Finalmente, formuló un llamado que bien podría haber firmado el propio Reale: despertar a una Europa “orgullosa de su legado e historia”, con la voluntad de recuperar la libertad que la vio nacer.

El paralelismo es elocuente. Donde Reale hablaba de amnesia filosófica -de una identidad que se falsea al silenciar su propia raíz-, Rubio describe, dos décadas más tarde, las consecuencias prácticas de ese olvido: una Europa que subordinó su cohesión cultural a un dogma económico. Una Europa que dejó pasar transformaciones demográficas y sociales de fondo sin nombrarlas, del mismo modo que antes había silenciado a su propio fundamento espiritual.

Es el mismo diagnóstico, contado desde dos disciplinas distintas: la filosofía y la geopolítica llegan, por caminos separados, al mismo punto de alarma.

 

LAS PREGUNTAS QUE QUEDAN ABIERTAS

De esta doble advertencia -la del filósofo y la del diplomático- se desprenden interrogantes que hoy resultan más urgentes que en 2004. ¿Puede la materia en la que está basada Europa -su bienestar, su mercado, su burocracia- vencer a un espíritu compacto como el que representa el Islam? ¿Dónde se pone la unidad dentro de una Europa que cultiva un liberalismo político y cultural, y que asume, como principio, la relativización de todos los valores? ¿Puede un hombre, individual o colectivo, edificarse como tal negando las raíces constitutivas de su propio ser?

Son preguntas incómodas, y ni Reale ni Rubio pretenden cerrarlas con una respuesta única. Sin embargo, ambos las dejan resonando como una misma advertencia, formulada desde Roma y desde Múnich con veinte años de distancia: “¿Hacia dónde vas, Europa? ¿No estás poniendo ya las bases de tu propia autodestrucción al vaciarte de aquello que te dio forma?”

Porque si así fuera, el Islam no tendría que conquistar nada: le bastaría con encontrar, del otro lado, una civilización sin resistencia ni identidad, sin memoria ni horizonte.

Europa: alea iacta est!

* Doctor en Filosofía de la Universidad Católica de Córdoba.