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La adolescencia marginal

“Cuando los padres no están…la calle es nuestro tutor” (confesión de un paciente en rehabilitación)

La clínica del adolescente marginal y con uso precoz de drogas nos muestra que aproximadamente comienzan a los 12 años y en el mejor de los casos inician un tratamiento a los 16 años y son derivados habitualmente por una instancia judicial teniendo estos hechos clínicos ciertas peculiaridades ya que se unen distintas situaciones que inter-retroactuan entre sí:

A)- Fragilidad de muchos vínculos familiares.

B)- Exclusión educativa con abandono de la escuela.

C)- Presencia del narcotráfico en los barrios.

D) Crecimiento en contextos de alta vulnerabilidad con

otros familiares en carrera de consumo y con una identidad construida desde “clanes” barriales vinculados habitualmente al “narcomenudeo”que consolidan aún más esa identidad marginal. Así debemos entender y comprender distintos fenómenos ligados a lo que llaman el grupo de la esquina o barrio, las pandillas o bandas, los grupos de narcomenudeo en donde muchos funcionan como “soldaditos”, las “barras bravas” de futbol y todos estos fenómenos le dan al adolescente, futuro marginal, un sentido de pertenencia, protección, códigos de lealtad y surge lo que ellos llaman el “personaje” que es la identidad como prótesis fruto de una “anemia” de vínculos de apego familiar junto al consumo precoz de sustancias.

 

PALABRAS “GATILLO”

Muchos en las llamadas “villas de emergencia” encuentran un lugar en donde son reconocidos con señales que llevan a una aceptación y que han sido pruebas que el propio barrio coloca para que tengan una aceptación y puedan caminar por esos territorios peligrosos sin problemas.

Un paciente me decía que había ciertos términos que en esos ámbitos funcionaban como puertas de entradas: “soy fisura”, “ando activado” o sea robando lo cual me genera respeto, “tengo berretines” y tantos otros términos que forman parte de ese “neolenguaje” de inclusión.

Estas son palabras “gatillo” que abren puertas en esos ámbitos sociales. “Cuando me pongo la visera” me siento más “turro” me decía un paciente.

 

HISTORIAS FAMILIARES

La entrada en la “villa” es la culminación de una infancia en donde hubo escasez de vínculos familiares y educativos y en donde la calle fue el ámbito de contacto esencial. Así siguen las historias de la caida de la vida familiar y la crisis de la funcion paterna. Fernando tiene a su padre internado por adicciones y llega a nosotros por instancia judicial luego de varios delitos. La madre se opone al tratamiento en un principio, pero el juez como último resabio nostálgico de la funcion paterna nos pide un rescate de un joven de 19 años que merece una oportunidad terapéutica. Me relata una serie de hechos delictivos y solo encuentra en su tío, muerto hace dos meses, una orientación que remite a una cierta Ley

para vivir, aunque el también consumía; “no repitas lo que yo estoy haciendo” …le decía mientras se moría por un accidente cerebro vascular  casionado por el consumo de crac. Pero le habló, lo aconsejó y él rescata eso como algo muy valioso, aunque entristecido por la muerte de él hace poco tiempo.

Su vida se resumía en las andanzas de una banda en un barrio del conurbano sur y me dice… “éramos como cincuenta en el grupo” y por supuesto con escuela abandonada, familia rota, confesándome que consumía 24 horas al día. Hoy todo empieza a ser diferente para él.

Su decir, su sensibilidad y empatía contrastaba con ese joven que en las villas había encontrado refugio y vendia motos robadas enfundado con armas. Establece con nosotros una vinculación muy positiva y pienso que él estaba esperando una “familia sustituta” como es la comunidad terapéutica hoy para muchos pacientes.

Habitualmente la historia de estos adolescentes está unida a traumas (abuso, violencia, etc), grupos familiares en donde el consumo es habitual y debemos investigar los traumas del desarrollo (duelos no elaborados): abandonos tempranos, pacientes solos en su desarrollo, algún familiar significativo en carrera de consumo y en estos pacientes es común observar la ausencia de la figura paterna e incluso el consumo de drogas en ellos.

Hay, como decíamos anteriormente, palabras o conductas “gatillo” que permiten que el “personaje” adictivo y marginal aparezca dentro del lenguaje del “clan”del barrio o de los centros que operan como un modelo familiar supletorio y perverso.

Fernando me decía “disculpe me salió el personaje”. Esto me lo relata luego de una discusión con un compañero mayor en edad en defensa de un adolescente de su misma edad y de una carrera parecida en cuanto al delito, las drogas y las problemáticas familiares. Cual fue esa palabra “gatillo” le pregunto y me responde: “cómo le va a decir a mi compañero “fisura” eso es denigrarlo”. Ahí tuve un flash de adrenalina y me puse violento, me coloque un gorro que era lo que usaba en la villa y a pelear; le pido otra vez disculpas”. Otra palabra gatillo era “turro”.

Este escenario se completaba con colocarse un gorro, una boina y/o una visera que eran las señales de guerra que utilizaba en la calle.

Me cuenta que él se ganó un lugar en el clan ya que demostró que estaba “activado” (jerga que significa que está en lo mismo que los demás). Y así se ganó el respeto y conseguía la mejor droga, créditos en donde no había papeles ya que se sabía que el que no devolvía tenía un castigo que podía ser la muerte.

Empezó a los 12 años a consumir y se dio cuenta que la mejor droga estaba en la villa y para lograr eso debía pertenecer a un grupo, pero esa pertenencia se lograba con méritos. Así logro estar en esa familia sustituta en donde la Ley era la del más fuerte: “éramos como 50” me repite como señal de grandiosidad. Otros pacientes con la misma condición diagnóstica y de una historia traumática con características parecidas buscan en los grupos de tipo clánico una familia sustituta en donde el circuito de la Ley lo marca la transgresión y el rondar permanentemente cerca de la muerte y el peligro parecen ser condiciones vitales de un existir errático.

El adolescente marginal no es un individuo aislado, sino que forma parte de una red sociocultural en donde la crisis de la emancipación adolescente no se puede dar por las escoriaciones y vulnerabilidades familiares, pero siempre necesitan alguien que los rescate.

No pueden vivir sin alguien que cumpla un papel de “salvador” ; en muchas circunstancias es un Juez de Familia o una figura de autoridad que lo salva y lo incluye en una red terapéutica como también circuitos religiosos del propio barrio que le muestran otra cara de la vida y el intento de otra forma de vivir.

Acá vale la pena rescatar la sapiencia de Freud cuando nos enseña: “…del amparo hacia los niños surgen los más altos ideales éticos de la humanidad”. Indudablemente el cuidado parental hoy en muchos lugares està en crisis y con consecuencias, así como la masificación del consumo de drogas desde edades precoces y también por supuesto con consecuencias.