UNA MIRADA DIFERENTE
La IA, el próximo (y único) Dios
Como ocurre desde el comienzo de los tiempos, la humanidad avanza siempre hacia formatos que llevan a su esclavitud. Esta vez puede ser la definitiva.
Desde que el hombre adoptó el formato de vida gregaria surgió paralelamente la necesidad de cada grupo, tribu o pequeña sociedad, y luego cultura o civilización, de dominar a las otras que se formaban en su cercanía. También la necesidad, dentro de cada comunidad, de intentar controlar a cada uno de sus integrantes. Los ejemplos se repiten en la larga noche de la historia y llegan hasta hoy.
Las religiones, desde el hechicero de la tribu o el culto a elementos naturales, como el sol, la luna, los astros, la lluvia, el agua, hasta las más elaboradas, literarias, eruditas y filosóficas, han sido siempre el instrumento de esa necesidad ancestral.
Todas esas religiones o cultos se impusieron sobre los poderes monárquicos y políticos de modo sutil o por la fuerza. La frase medieval de que “todo poder viene de Dios” marcaba y difundía solapadamente el concepto de que el poder terrenal estaba subordinado a un poder superior infalible y fulminante. Los reyes lo aceptaron así. Por eso eran coronados por alguna autoridad religiosa. Por eso los representantes de una fe tenían esa suerte de superioridad moral, como si el poder hubiera sido prestado o concesionado y pudiera ser retirado en cualquier momento.
Todas las religiones, en todos los tiempos, tuvieron un dios o dioses crueles, sanguinarios, vengativos, dictatoriales, iracundos y furiosos capaces de cualquier crueldad en nombre del supremo bien común. Aún aquellas que publicitaban el perdón, terminaban asegurando tremendos castigos para quienes no siguieran sus infalibles preceptos. Y cuando dentro de ella surgía alguna tendencia que suavizara esas premisas era rápidamente calificada de herejía, anatema, apostasía o similares. Todas ellas descalificaban -cuando no combatían- a cualquier otro culto que se practicase (Si el lector cree que la suya es una excepción tal vez debería repasar los textos y órdenes sagradas de su creencia, verdaderos ucases inapelables e indiscutibles).
La evolución intelectual de la humanidad fue obligando a suavizar esas prácticas, mandatos, amenazas y sanciones -reales o prometidas- o a disimularlas o a no hacer evidentes y explícitos esos métodos evidentemente tiránicos y salvajes, pero no cambiaron las amenazas de fondo, el funcionamiento esencial del control por el temor, el miedo, la amenaza de tortura infinita, el milagro y sumisión que se logra con el ruego, la humillación, la promesa de una vida eterna y paradisíaca, valga la tautología (No se dan ejemplos específicos para no discriminar).
Cuando los líderes sociales y políticos de cada comunidad pequeña o grande, organizada o no, comprendieron el fenómeno, copiaron paulatinamente esos mecanismos. El bien común, el solidarismo, la equidad, la justicia social, la redistribución de la riqueza, la igualdad como norma moral fueron facilismos que se le fueron prometiendo a los fieles cautivos para conseguir su apoyo, su tolerancia y su anuencia.
La eliminación de todo esfuerzo, como el estudio, la meritocracia, la aceptación de la propia mediocridad o el efecto del poco esfuerzo fueron gradualmente el nuevo catecismo. El famoso roban, pero hacen o roban, pero me hago el tonto porque me conviene son una pequeña muestra de esas prácticas. Como el deterioro gradual de la educación, la relativización de las notas y los exámenes, la desvalorización de los logros basados en el trabajo y el esfuerzo fueron una característica común, al menos en Occidente. Hasta hoy se ha llegado a creer que un título o un grado no tienen importancia alguna, ni la necesidad de saber.
El advenimiento de los bots de inteligencia artificial ha colaborado a la idea de que todo conocimiento previo es innecesario. Basta con preguntar y se obtiene la información o la solución al instante, como en un videíto de Youtube. Eso permite aprobar exámenes sin saber, escribir un artículo o una tesis sin investigación alguna ni conocimiento, o una carta impecable postulándose para un empleo, (si se sigue creyendo en la necesidad de un empleo) y hasta encontrar un medicamento salvador sin tener que recurrir a “una estúpida que estudió siete años para ser médica”.
EL PENSAMIENTO UNIFICADO
Además de lo nocivo de esas convicciones cómodas, que en el fondo son hasta antisociales, lo grave de esa nueva costumbre es que se termina creyendo en todo lo que allí se dice como una versión final y perfecta de la realidad y de la vida. Sus conclusiones son una orden, un mandato, una verdad religiosa inapelable que garantiza la felicidad, la inmortalidad y la inmunidad ante cualquier consecuencia o castigo. Un Google obligatorio e infalible. El pensamiento unificado. Y lo grave de haber resignado la propia capacidad de discernir y tener un pensamiento crítico. Un principio fundamental para defender la libertad personal.
Pero todo lo descripto no es nada más que la pequeña parte de un proceso que evolucionó y seguirá evolucionando a través del tiempo. La combinación de la IA y las redes plantea un peligro mayor que es evidente. La creación de imágenes y audios fake es un mecanismo altamente eficiente de confusión del pensamiento crítico, la opinión y la percepción. Partiendo del propio idioma donde actúa como una universal torre de Babel que poco a poco confunde y anula la comunicación y aun el razonamiento. Perder el lenguaje común impide el pensamiento, la percepción de moral, la capacidad de advertir una amenaza o el peligro de confundir la mentira con verdad. Definitivamente de ignorar al déspota o al corrupto, o peor, inclina a justificarlo en nombre de alguna lealtad ideológica inventada. Las hordas de trolls y bots que descalifican cualquier opinión cumplen un papel fundamental. La inteligencia artificial coordina, unifica y dirige esas acciones.
Ser un influencer es considerado como una profesión. Lo mismo que trucar fotos y videos y venderlos por internet. En todas las plataformas los seguidores son más buscados y atesorados que el dinero.
La política, los intereses de todo tipo y la corrupción se han apoderado de la voluntad popular. Y va en camino firme de confundirse con el mismo Estado. El ser humano repite lo que le ordenan subliminalmente. Teme ser borrado, bloqueado, cancelado, un fusilado virtual. El individuo pasa poco a poco a ser esclavo de un colectivo, de una telaraña sin araña en su centro. Un fusilado virtual. Termina por ser domado, primero, por el miedo de una muerte civil (morir en las redes es peor que la muerte física) luego por la continua repetición de supuestas verdades incontrastables, o con la invención de tabúes que prohíben hablar con cierto lenguaje, decir ciertas palabras, pensar de cierto modo, opinar en determinado sentido. Un individuo domado, listo para emprender el camino a su esclavitud.
FICCIÓN DISTÓPICA
Dos o tres episodios de la serie Black Mirror incursiona en el tema desde la ficción distópica: en uno, cada ser humano es calificado con un sistema de cinco estrellas por todos los que alternan con él personalmente o indirectamente. El individuo trata entonces de congraciarse con todos, con cualquier capricho, mentira o disparate que ocurre a su alrededor, para ganarse una estrella o para evitar ser cancelado. Esas estrellas determinan su futuro, su felicidad, para llamarle de algún modo, su inserción en la sociedad, su destino, en fin. ¿No está pasando eso, en muchos aspectos? ¿Cuán cerca se está de que ese comportamiento no sea inducido o planificado, si no lo es ya?
Cualquier conversación entre amigos o profesionales es hoy interrumpida por los contertulios para tomar sus celulares y revisar en su chatbot lo que cada uno dice, o chequear sus opiniones. Cualquier escolar pone las conclusiones de su precaria IA por encima de lo que le enseñan sus maestros o sus libros, en quienes ya no confía. No se discute. Se lee el nuevo catecismo y se da por palabra de Dios. En un colosal bullying, las personas son discriminadas o defenestradas por los “populares” con total prescindencia de sus conocimientos, logros o argumentos. Ninguna dictadura más perfecta.
Los gobernantes, cada vez más aproximados a los comportamientos y regímenes autócratas o directamente dictatoriales -sin importar su ideología, principios, acciones ni logros, sus méritos o sus deméritos, que hace mucho vienen usando mecanismos de espionaje y control de la población, se mimetizan con la inteligencia artificial, el instrumento perfecto para maximizar la eficiencia demente y cruel de esa política. Siempre hay buenos argumentos que la sociedad compra al instante: el bien común, la defensa de la soberanía, (argumentos irrefutables y falsos), el temor a los ataques nucleares (muy efectista), el terrorismo (que va cambiando de caras y banderas según las conveniencias de cada gobierno en cada momento), tratan de justificar (y lo logran cada vez con más éxito gracias a estos relatos. Relatos que la IA ayuda con creciente frecuencia a perfeccionar con sus mil modos de hacerlo y con la obligación también creciente del usuario, el consumidor, el comerciante, el industrial, el obrero o el empresario de confiar sus datos a una app o a un sistema que transforma su intimidad en datos públicos es un mecanismo de espionaje y coptación fenomenal, que excede la imaginación de los grandes escritores de ciencia ficción.
¿Qué otra cosa que un mecanismo de control absoluto es la idea, tan empecinadamente impulsada por la presidenta de la otrora occidental Unión Europea, Úrsula von der Leyen, del euro digital, que pretende eliminar el papel moneda por un sistema de blockchain digital, que sigue la historia de cada euro y los pasos que va dando de persona a persona, y que puede determinar no sólo en qué gastó su dinero cada persona, sino que puede limitar o dirigir el uso y el destino de las tenencias de cada uno? Hay que ser muy despistado para creer cualquier otra excusa o argumento que no sea el control social. Los datos privados se han vuelto públicos. Esa es la democracia de hoy. O lo que se llama democracia. El individuo cree que tiene cada vez más de los llamados derechos humanos, y cada vez se lo despoja de más derechos esenciales.
LA PANDEMIA COMO ENSAYO
No olvidar el ensayo general de control estatal durante la pandemia, ampliamente apoyado en los sistemas digitales, que en muchos países se implementó con certificado digital de vacunación y salud que era imprescindible para todo trámite y todo desplazamiento.
Los sistemas digitales potencian la prosecución del poder por el poder mismo y está a su servicio, siempre en nombre de la esperanza de todas las sociedades de que alguien les solucione sus grandes problemas, necesidades y miedos: el bienestar, la pobreza, la justicia social, la equidad, la salud, el delito, la diversión y la muerte, la paz, la protección contra un ataque extranjero o interno de un enemigo inexistente o real, la felicidad, el hambre. También, como cualquier otra dictadura de carne y hueso con las que se mimetizan, agitan esas necesidades que supuestamente satisfará.
Nada de todo eso se logrará, pero esas promesas cumplen el objetivo de justificar cualquier cosa, y de provocar los fanatismos y enfrenamientos ideológicos que obnubilar el juicio.
La identificación del usuario por medio de huellas digitales y el siempre frustrante sistema de la foto como llave de acceso a las plataformas y apps, son un paso enorme hacia el temido chip que tarde o temprano se implantará en los seres humanos.
Muchas obras de ciencia ficción han abordado el tema del ser humano dominado por alguna variante de inteligencia artificial. La citada recordada Matrix y sus secuelas muestran un mundo en el que cada ser humano tenía implantado un chip que lo hacía “bueno”, el ideal de toda utopía dictatorial. También creaba un mundo paralelo una Second life, como el conocido sitio, en que las personas tenían una reproducción digital, un avatar y se estudiaban y guiaban sus movimientos en una vida paralela.
También la película Avatar mostraba un sistema de vida paralela, donde las enfermedades se curaban operando e interviniendo no a los humanos sino a reproducciones digitales de sus personas. Siempre culminando en un control social.
La citada Black Mirror tiene varios episodios que cada vez se parecen más a lo que está ocurriendo en la realidad actual. Por ejemplo, la duplicación de personas muertas cuyas vidas, dichos, hábitos y acciones eran recopiladas para producir figuras digitales que simulaban su presencia real y se vendía a los familiares. Ya se está comercializando este servicio hoy en la realdad en ciertos países, basados en fotos, emails, mensajes de voz, videos y demás actos de comunicación y hechos de la vida de alguien. Una especie de medium digital.
En La máquina del tiempo, de H.G.Wells, su protagonista encuentra en una región remota del pasado una raza dominada por los morlocks, seres invisibles y desconocidos, que aseguraban la felicidad eterna. Luego se premiaba a los más obedientes con un viaje hacia un Edén también misterioso y difuso. Allí vivirían eternamente felices. El protagonista descubre que allí los favorecidos eran carneados y comidos y huye en su máquina de tiempo.
La mejor exposición de la simbiosis entre el Estado y la Inteligencia Digital se puede encontrar en la serie Person of Interest, de 2014. En ella se muestra una máquina que es controlada por el Estado puede predecir el protagonista de algún asesinato futuro o de un crimen, (sea el asesino o la víctima) e impedirlo. Finalmente, esa máquina se enfrenta con otra, que controla en cambio al Estado, que también quiere crear un mundo nuevo de seres buenos, y obviamente, como ocurre en la realidad, dejan un tendal de muertos. Como sucede en cualquier guerra. Como las que se sufren hoy.
DISTOPÍAS EN CAMINO DE CUMPLIRSE
Ninguna de estas distopías carece de un fuerte sustento técnico en su esencia. Todos los imposibles que en ellas se mencionan existen o están en vía de existir. La abeja robot electrónica de polinización de Black Mirror ya está usándose en varios países. Los sistemas de reconocimiento facial entre multitudes se aplican hoy en cualquier aeropuerto. La utilización de todo tipo de datos para vigilar a las personas ya se aplica. El sistema de cámaras, en paralelo, también. El gobierno norteamericano analiza el historial en las redes de cada uno para otorgar sus visas.
Alan Turing, matemático británico, continuando con las investigaciones realizadas en Polonia en el comienzo de la década de 1930, construyó varios prototipos de una máquina antecesora de las actuales computadoras, capaz de descifrar todo tipo de códigos (la Bombe). Ese sistema se usó durante la segunda guerra para descifrar los códigos de la poderosa máquina Enigma de los alemanes, que se usaba para enviar todos los mensajes codificados de sus operaciones en su territorio y sus espías en varios países.
El método requería la colaboración de miles de valiosas mujeres voluntarias de la Marina que, siguiendo las instrucciones de la máquina, hacían día y noche complicadísimas búsquedas y rutinas sobre los números que proveía la máquina, que conducían finalmente a descifrar el código, que era cambiado periódicamente por los alemanes. Se considera que la máquina la Bombe permitió acortar la guerra en muchos años para algunos y hasta ganarla, según otros.
Turing es uno de los pioneros de los modelos de Inteligencia artificial, cuya existencia concibió y creó en modo abstracto primero. Escribió libros y ensayos sobre el tema y propuso un test para poder determinar cuándo un trabajo, comunicación, diálogo o conversación eran producto de la IA. El primer requisito de los tres que impuso era que un determinado porcentaje de entrevistadores humanos no fuera capaz de discernir si estaba hablando con otra persona o con una máquina, a las que les hacía las mismas preguntas.
Turing desarrolló varias teorías y aplicaciones sobre el uso de su modelo, muchas de las cuales se ven hoy en la práctica de todos los días. También planteó una serie de objeciones a su uso, la primera de ellas de orden teológico. No está tan equivocado el rumbo de la columna.
Se recordará también que el científico fue procesado por homosexualidad y castrado químicamente en Londres. Estupidez artificial.
Yendo a antecedentes más cercanos, en 1996 IBM presentó su sistema de ajedrez Deep Blue, basado en múltiples servers en cadena a los que se le cargó una amplia cantidad de aperturas y maestros famosos. Esa máquina jugó un match a seis partidas, con el gran Gran Maestro Garry Kasparov, en el que el azerí campeón del mundo, para muchos el mejor ajedrecista de la historia, venció 4 a 2. Al año siguiente IBM presentó una versión sumamente mejorada de Deep Blue, y la máquina venció por 3½ a 2½. Kasparov, que se había preparado para jugar contra una computadora con una táctica distinta, alegó en un principio, golpeado por esa derrota, que se había recurrido a otro campeón, Anatoly Karpov, para “ayudar “a Deep Blue. Posteriormente, analistas de ajedrez descubrieron que en la partida dos la máquina había cometido un error en la jugada 44 que habría permitido al campeón empatar la partida, lo que habría cambiado la historia del match. A su vez la máquina se equivocó en la cuarta partida al no aceptar tablas, y Kasparov ganó ese capítulo. Como en un test de Turing, la máquina y el humano cometieron los mismos errores.
El máximo nivel en ese tipo de programas lo alcanzó Stockfish, en la década de 2010, una máquina que venció en incontables partidas contra grandes maestros.
REVOLUCIÓN EN 2017
El hecho verdaderamente notable sobre el mismo tema ocurrió en 2017. Alphabet, la empresa dueña de Google y Deep Mind, presentó un soft que se llamó AlphaZero. En este caso, no se le cargó ninguna apertura, ningún ejemplo, ninguna partida magistral ni ninguna táctica o estratégica. Sólo se le dieron las reglas del ajedrez y se le dio dos semanas para que jugara millones de partidas consigo misma y aprendiera. El sistema tuvo resultados espectaculares basados en su capacidad de analizar datos y encontrar las estrategias y tácticas que a largo plazo le darían la victoria. Venció a todos los grandes maestros y ganó 28 partidas contra cero de su oponente. Esta fue acaso la demostración más evidente a nivel popular de lo que es capaz de hacer la IA. Se cometió y comete un pecado de soberbia al decidir adjudicar el mismo tiempo de reflexión en cada jugada a la máquina que al ser humano. Los grandes maestros precoces de la actualidad ya no piensan para jugar al ajedrez o al go. Simplemente memorizan con notable habilidad lo que la máquina les dice previamente.
Hoy se teme a la Inteligencia Artificial por el potencial peligroso de su uso por parte de gobiernos y políticos que fácilmente la pueden usar crecientemente en apoyo de mecanismos de corrupción, espionaje, restricción de libertades, violaciones de datos, intimidades, creación de imágenes falsas en la sociedad, noticias fake que pueden atemorizar o afectar los derechos de los individuos como los casos detallados anteriormente. Todo en nombre del bien común, la verdad, la equidad y la justicia social.
La literatura tiene varias advertencias y dudas vigentes hoy sobre el uso erróneo y delictivo de la tecnología, o que afectan la libertad del individuo, sus derechos y su existencia. Black Mirror plantea el caso totalmente posible hoy con la tecnología actual, de una mujer a la que se le coloca una especie de marcapasos cerebral para mantener en perfecto funcionamiento su organismo y mantenerla con vida. Poco a poco se va aumentando la tarifa del monitoreo, hasta que el costo resulta imposible de afrontar, y la mujer elige dejarse morir para salvar a su familia de la ruina. Puede ocurrir con cualquier marcapasos monitoreado externamente, mejor no dar ideas.
Bradburry lo plantea en varias de sus obras. Los perros robot que rastrean y ejecutan personas en un estado autoritario, en Fahrenheit 451, o la escuela infantil conducida por tecnología de The Veldt, que concluye con los chicos cuya educación se confió a una máquina transformados en autómatas que terminan controlando y eliminando a sus padres, en una especie de estalinismo cibernético.
La citada Person of Interest, que aborda el tema de vigilancia masiva, coincide peligrosamente con las denuncias de Peter Snowden en 2013 sobre los programas de vigilancia estatal de la NSA que le valió terribles persecuciones estatales. No es ficción. Lo que hace recordar que el uso de algoritmos, y toda la tecnología a su alrededor, que han hecho que la disciplina de Análisis de datos sea hoy toda una carrera universitaria, que, si bien maneja en teoría datos globales de muchas personas, puede ser aplicada a un individuo sin ningún problema (Y lo es). El enojo de muchos gobiernos con las empresas que no permiten el acceso del gobierno a los mensajes peer to peer entre sus usuarios es mucho más que sospechoso, y una intromisión inaceptable en la vida privada de las personas. Lo mismo que la invasión al celular de los individuos, que son destripados para sacarles comunicaciones previas a una orden judicial, lo que tornaría esos datos así conseguidos en inútiles como prueba y hasta punible antes de usarse cualquier sistema no digital. Simplemente se llega a convalidad tal aberración porque la tecnología lo permite.
Muchos de los usos que se dan hoy a la Inteligencia Artificial son superficiales y casi siempre pobres. La utilización de una supuesta IA para reemplazar al clásico servicio al cliente en todas la empresas públicas y privadas, grandes o chicas, servicios del estado, reparticiones, y tantos otros, es un ejemplo tal vez de poca importancia, pero válido, de lo que el uso de esa tecnología sin conocimiento de la función que se intenta reemplazar tiene muy malos resultados. Cualquier usuario ha pasado por el calvario de ser atendido por este engendro, que repite siempre lo mismo, entra en un loop de derivaciones hasta volver al mismo lugar, ofrece un listado de razones por las que supuestamente se consulta para volver al punto de inicio una y otra vez.
Acaso sea posible reducir la discusión al reemplazo de personal humano por estos engendros, pero en realidad no han sido reemplazados, por que esa supuesta IA no presta ningún servicio equivalente, ni cumple la función de dar servicios a nadie. Da miedo pensar lo que puede pasar si ese reemplazo se generaliza a otras áreas de mayor trascendencia. Un consumidor inteligente debería huir de esas compañías, pero como se ha generalizado su uso y en muchos casos son obligatorios, como los trámites ante el estado, bancarios y similares, no existe opción posible, con lo que el cliente es esclavo de su proveedor, un usuario, un número anónimo, no un cliente. Una especie de dictadura del proveedor, como ocurre en todos los temas. Es un ahorro, tal vez, pero no es un reemplazo. Una forma más de control.
Otro uso popular pero también inútil es la utilización para avisos comerciales. Reemplazan el gasto de un comercial clásico, pero terminan siendo una fría caricatura a la tercera vez que se ve lo mismo cualquiera fuera el producto. Ahorra, pero no reemplaza. Deteriora y baja la vara de la calidad, el interés, la inteligencia y lo artístico. Se defiende como un avance de la ciencia. También es usada por imbéciles que crean videos y fotos con las caras de sus compañeras de estudio desnudadas por algún soft, una contradicción grosera en una juventud que supone enseñar e imponerles a los viejos las nuevas pautas de tolerancia, respeto, feminismo, antiracismo y otras declamaciones.
Por supuesto que hay una larga lista de tareas donde la IA puede mejorar los resultados y acelerarlos, a veces notablemente, en especial cuando se une al conocimiento de quienes la usan. Pero aquí se está hablando de las distorsiones, exageraciones y riesgos de un uso no planeado o mal manejado, tanto en lo técnico como en lo ético, en especial cuando se usa para controlar la libertad o la voluntad del individuo, o torcer su manera de pensar o su juicio.
EL TOTALITARIO
Una inteligencia digital puesta a administrar un país, puede llegar a bajar el gasto hasta la mitad, o a duplicar la eficiencia de ese gasto, al eliminar el robo, la corrupción generalizada, los acomodos, nepotismos, tolerancias, ineficiencias y favoritismos y prebendas. Además del merecido peligro para los ladrones, prebendarios, lobistas y demás deudos, existe un peligro real e inmerecido: que un día la máquina decida duplicar los impuestos para dar mayores beneficios a ciertos sectores, o bajarlos a la mitad en detrimento de la prestación de servicios elementales. O declarar una guerra contra un enemigo ignoto o real, o trasladar a la población, o torcer la acción humana en cualquier sentido tornándola su servidora, entre tantas otras alternativas.
Pero la peor combinación, por ahora sólo imaginada, es la posibilidad de que la IA se programe sola, que decida tomar no solo el gobierno de sí misma, sino el gobierno de la sociedad. Ya no sería entonces un instrumento de un dictador o un totalitario. Sería El dictador o El totalitario. Sin principios, sin debilidades, sin moral, sin valores. Y todo en pro del bien común, de la humanidad, de la bondad infinita.
La posibilidad de autoprogramarse no es ni utópica y lejana. En muchos casos ya lo está haciendo. Una profesión que se consideraba moderna y con gran futuro, la de programador puede estar pasando a ser tan obsoleta como la del proverbial conductor de diligencias. Con una gran diferencia. El programador o desarrollador trata de hacer lo que el usuario quiere. La IA trataría de hacer lo que ella quiere que el usuario haga o piense.
(Hace 35 años un contador público y pionero de la informática argentina, Alberto Giussani, desarrolló un programa que era capaz a su vez de crear programas. Visitó muchas empresas del rubro para buscar apoyo técnico y económico. Nadie se molestó en usar la imaginación. Ser emprendedor no es exactamente lanzar una criptomoneda que vale cero al día siguiente. Eso es ser un estafador).
Ese temor de la independencia de la Inteligencia Artificial que no sólo se autoprograme sino que rija, que obligue a pensar de cierta manera usando los métodos que fueren, puede estar ya ocurriendo. Se comprueba si se hace la secuencia de los puntos que aquí se detallaron y se tienen en cuenta los gigantes desarrollos que ya se han visto y la enorme inversión de dinero y talento que se acumula en el rubro.
UNA ODISEA EN LA TIERRA
La literatura científica y ficcional ha cubierto esta posibilidad. Arthur C. Clarke, el científico inglés que trabajó, entre otros proyectos, en el desarrollo del radar y acuñó la idea de los satélites en órbita, escribió en 1967 junto al genial director Stanley Kubrick el libro y el guion de una película: 2001, una odisea del espacio. Acaso la aproximación más destacada al concepto. Se recordará que una nave espacial tripulada parte hacia Saturno (Júpiter en la película) asistida por una computadora super inteligente que se llamó HAL 9000, que, pese a que muchos intentaron descifrar su significado como una sigla compuesta por la letra anterior a cada una de las de IBM, el autor insistió en que se trataba de un acrónimo de Heuristically programmed algorithmic computer.
La nave marcha sin novedad y los diálogos con la computadora son normales y conversados como un piloto con la torre. Pero poco a poco la computadora va tomando algunas decisiones propias y en un momento los pilotos hablan en un susurro entre ellos para evitar que HAL los escuche. Hasta que la máquina se rebela, les quita todo control a los astronautas, que considera equivocados, y cambia el rumbo de la nave hacia el infinito en busca de quien sabe qué misterioso origen.
HAL, contra los pronósticos de Turing, ¡ha empezado a pensar!, aun en contra de la teoría del propio Turing. Más que un libro o una película, se trata de una predicción en alguien como Clarke. Predicción que para muchos crea miedo y hasta desesperación, por encima de cualquier otra amenaza. Podría decirse que ese miedo está subliminalmente detrás de las ideas de muchos países de limitar/atrasar/obstaculizar el desarrollo de la IA.
El hecho concreto es que la Inteligencia Artificial está ahí, fortalecida, alimentada por ideas, pruebas y mucha inversión. Por la ciencia y el dinero. Por la mística de la literatura y la imaginación. En este preciso momento de la historia el ser humano tiene la potestad de decidir su destino y su uso y alcances. Por ahora.
