UNA MIRADA DIFERENTE
La IA, el Gran Hermano
Las inteligencias artificiales y sus primos hermanos ya han empezado a controlar y someter a la humanidad. El reciente ejemplo perfecto .
La columna ya ha abordado el tema del título, pero ahora lo hace desde los mecanismos que usarán los nuevos demonios para transformar a los humanos en esclavos de los robots, al contrario de lo que imaginara Asimov, que suponía en sus tres leyes de la robótica que sería a la inversa.
Cuando alguien se intenta imaginar un mundo controlado por la cibernética y las máquinas, se suele pensar en una imposición, una toma de control de todos los sistemas como la que anticipara Una odisea en el espacio la gran novela-película de Arthur Clarke y Stanley Kubrick, donde la máquina toma el control de una nave y la lleva al infinito. Un símbolo de lo que pasaría si el Gran Hermano de Orwell fuera un sistema de computación, y no un ser humano. Tal vez sea un culto sin Dios, una telaraña sin araña en su centro. Autogestionada.
Es imaginable un cibertirano que, con un ejército de robots, controlase a la humanidad, casa por casa, Estado por Estado, burocracia por burocracia. Con un sistema de chips empotrados en las cabezas de la gente, o manejando sus funciones vitales, como un marcapasos de los que se usan hoy controlados por computadoras para mantener el régimen eléctrico del corazón, que pudiera hasta obligar al apareamiento, o a la paz o la guerra, al trabajo forzado y dirigido, a un control minucioso del gasto de cada uno, como sueña una de las posibles candidatas a usuaria del imaginado sistema, la señora von der Leyen.
Ese sistema podría controlar la población de la peor manera, no solamente limitando el crecimiento del número de habitantes o aumentándolo, sino disminuyéndola o redistribuyéndola con cualquier experimento social aberrante, una especie de estalinismo sublimado, que determinase a qué se dedicaría cada ser humano, qué órganos debería donar y a quién, o quién sería criado y comido como ganado, en línea con lo que imaginara H.G. Wells en su novela de hace un siglo y medio en La máquina del tiempo.
Tal sistema no necesitaría ni cárceles ni hospitales, ni jubilación ni guerras ni AUH’s ni subsidios, mucho menos policía ni espías. Ni democracia ni presupuestos ni ley conocida y previa. Cualquier chat mediocre se mete en los vericuetos de cualquier app. No le costaría mucho trabajo entrar en cualquier sistema encriptado y hackearlo. Ya hay algunos casos donde se está sospechando que eso ha ocurrido.
Huestes de robots
Las burocracias en el mundo entero, con cualquier método de gobierno, son hoy gigantescas huestes de robots cumpliendo supuestas funciones que no saben para que sirven ni para qué se han ideado. No muy distintos son los sistemas de salud públicos y privados, los sistemas de servicios al cliente de todas las empresas y reparticiones, donde los humanos han sido reemplazados por una suerte de no-inteligencia-artificial que sólo tienen la apariencia de brindar soluciones pero que son cada vez más mecanismos de resignación que esclavizan a las sociedades.
Los bancos, con sus ATM y sus prohibiciones, controles, apps, han quitado la libertad a buena parte de la sociedad mundial, y no lo hacen totalmente simplemente porque aún no lo quieren, o alguien aún no lo quiere. Las cámaras de TV de seguridad, que suponían servir para evitar el delito, en especial las que usan los Estados y los sistemas policiales en las ciudades, y aún en las empresas y hasta en los pequeños negocios o los aeropuertos, pueden identificar a los delincuentes, pero también guardar los desplazamientos de cualquiera, tal como ocurre con los bancos, el juego, que ha logrado abrir un casino en cada casa, o en cada individuo, un vicio portátil esclavizante. Incidentalmente, ningún casino virtual del mundo, ni ningún tragamonedas, responde ya a las leyes del azar. Las computadoras deciden quien gana y quien pierde, de acuerdo con un programa en el que los propios gobiernos participan para asegurarse su parte.
Cuando se analizan los cambios que en esos y otros aspectos han venido ocurriendo en una sinusoide de vértigo, se advierte que el individuo ha sacrificado su intimidad, su privacidad, su libertad, su libre albedrío, su derecho de propiedad, y ha perdido ya casi completamente su condición de individuo, justamente. Sólo falta que alguien o algo lo coordine y lo use con el propósito que fuera, o sin ningún propósito. Como en una moderna torre de Babel, que ha confundido deliberadamente los idiomas, las palabras, la moral, las ideas y hasta el mismo sentido gregario del ser humano.
El algoritmo esclavizante
Los algoritmos son un intento de aprovechar toda esa combinación de pérdida de atributos humanos y coordinarla para que confluyan en la pérdida de la voluntad y el pensamiento, características evolutivas del instinto de supervivencia al que llegaron los animales. El algoritmo conculca la capacidad de pensar y discernir, crecientemente. El accionar de las redes es sólo uno de los formatos. El like, los seguidores, los bloqueos, las capturas de videos y mensajes transformados en chantaje, constituyen un sistema de control mental que condiciona, limita y anula el pensamiento crítico, y el pensamiento en general. El fanatismo, la emulación y el repudio infundidos son la hipnosis colectiva que subyuga y esclaviza a grandes masas. El mayor control humano de que se tenga noticia y cuyo alcance no se puede imaginar.
La cancelación es un linchamiento que no sólo sanciona, sino que condiciona cualquier emisión de opinión, y con el tiempo, acostumbra a no tener opinión ni capacidad de análisis, al no poder dialogar sobre ellas. La comunicación está siendo eliminada por la vía del insulto, la descalificación ad hominem y el desprecio. Con ella se está diluyendo el concepto mismo de humanidad, que de a poco ni llega a la categoría de tribu. La continua deformación del idioma, por la creación de términos buenos o malos, o con significados distintos a los establecidos o las aberraciones idiomáticas consentidas, redondean ese proceso.
La sistemática destrucción de la educación como valor y como proceso de evolución, reemplazada por una mezcla de conceptos seudopedagógicos, más la creencia de que no hace falta educarse para saber, más el facilismo disfrazado de derecho humano, que ataca aun a los más famosos sistemas educativos del mundo, es como el lazo de unión de todo el síndrome que aquí se describe: la anulación del pensamiento y del individuo en cuanto ser pensante.
¿Es todo esto algo planeado por alguien misterioso, una gran computadora tipo HAL 9000 como ideara Clarke? No luce viable, por ahora. Aunque como una marabunta, que parece una masa enloquecida e informe de hormigas corriendo en todas direcciones, pero que termina confluyendo mágicamente en un mismo lugar y efecto, el proceso de la deshumanización del individuo converge hacia el mismo lugar: el no individuo. ¿O qué es acaso la confusión y anulación de sexos y géneros?
La pregunta del millón
Hay una pregunta de fondo, cuya respuesta nunca sabremos, o sabremos muy tarde. ¿Hay o habrá una mente humana controlado todo ese proceso, o por el contrario, serán unos cuántos servers en cadena los que todo lo controlen, incluidos los que aparentan mandar? (Esto lo planteaba hace una década la ya aquí citada serie Person of interest, de sorprendente actualidad). En su argumento nunca se termina de saber quién controla a quién.
Está todavía vivo el fenómeno que se produjo durante el mundial de fútbol recientemente ganado por España, con toda justicia. Pero no se trata del deporte. Ni siquiera de saber si es verdad o mentira. De repente, un jugador que hasta hace unas horas antes era hasta idolatrado en todo el mundo por su calidad de juego y también su humildad, pasó a ser un tramposo, mentiroso, farsante, corrupto y comprador de árbitros y hasta de la FIFA entera.
Millones de personas difundieron y ampliaron esa brecha, que además transformó a un país hasta poco antes percibido como hospitalario en una monstruosa comunidad racista despreciable y otros epítetos. Las comunidades antes amigas de algunos países se convirtieron en enemigas acérrimas, las cancelaciones, agravios y enconos llegaron y llegan a muchos millones. Probablemente se diluyan con los días, pero el efecto fue monumental. ¿El efecto de qué? ¿De alguna monstruosa IA que coordinó todas esas acciones mediante un ejército de algoritmos, bots, trolls, fotos y videos trucados, fake news y redes sociales prolijamente controladas?
¿O fue fruto de un colectivo de envidias, odios, resentimiento, lastimados por las derrotas y sobre todo por el triunfo de algún rival? ¿O tal vez fue una reacción de gobiernos enfurecidos por las acciones y posiciones políticas de gobernantes del país cancelado?
En ambos casos la conclusión es aterradora. Con muy poco y por muy poco se cambió diametralmente la opinión de millones de un modo totalmente irracional. Si se trató de una acción coordinada por alguien o algunos, el poder así manifestado es pavoroso y destructivo. Si en cambio fue fruto de una suma de odios, rencores y otras miserables pequeñeces, la sumisión a nada, la amenaza es igualmente desastrosa. El enjambre y la marabunta. El propósito o el no propósito. Con un fin o sin ningún objetivo. Con el mismo final. El Hombre o la máquina, los dos demonios.
Pocos días antes había ocurrido, en menos escala, un antecedente parecido, más local, más folclórico. En son de broma, un tuitero argentino aumentó en pocas horas los seguidores de un ignoto y mediocre jugador neozelandés a millones de fans que ni siquiera sabían por qué estaban haciendo lo que estaban haciendo. No fue una acción coordinada, ni siquiera coincidente. Fue una persona con escasísimos recursos técnicos y algo de habilidad.
Los dos fenómenos, uno por grande y otro por pequeño, abren un interrogante que nunca tendrá respuesta, o al menos la humanidad no sabrá nunca que la tiene. “Jamás volveré a destruir al hombre ni a castigarlo, porque el hombre es malo desde su semilla”, dice Yavé en el Génesis. De pronto, nace la sospecha de que Dios se arrepintió y usa de instrumento de sanción y venganza, como un bumerang, el mayor pecado de todos, la Soberbia, para construir una Torre de Babel que esta vez no podrá ser demolida.
