El fenómeno Milei representa una rareza electoral y política sin precedentes. Tiene conductas que desafían el manual de dirigentes y analistas. Una entre otras anomalías: hace campaña electoral por el interior después de haber ganado las elecciones, no antes, cuando era el momento de juntar los votos.
En los últimos días el efecto de esas paradojas se vio reflejado en las reacciones que provocó su discurso en Davos, un hecho para el consumo de medios, politólogos y especialistas. Hubo quienes, como el secretario del Tesoro norteamericano, Scott Bessent, lo elogiaron como una muestra de profunda visión política y quienes directamente lo ridiculizaron y le negaron la menor seriedad, como el historiador italiano Loris Zanatta, uno de los académicos que mejor conoce la Argentina y el peronismo.
La visión de Bessent es la de un político y está teñida de intereses de corto plazo. Admite que Milei constituye el “eje central” de la estrategia de Washington en América latina y que su exposición ante la élite económica mundial marcó su paso de “pensador” a político. De teórico a hombre de poder.
Puede resultar exagerada la caracterización, pero lo llamativo no es el elogio sino algunos méritos que le reconoce. Por ejemplo, el de “haber captado el voto de los más jóvenes y de los más pobres”, lo que en un país que recibió con más del 50% de pobreza fue un pasaporte directo al poder y lo seguirá siendo salvo una catástrofe inesperada. En otros términos: derrotó en su terreno al peronismo y al 90% de la dirigencia política.
A su turno, Zanatta plantea un enfoque distinto y obtiene como era de esperar el resultado opuesto. Desde su atalaya de académico subestima intelectualmente al libertario. Ironiza sobre el anuncio de la muerte de Maquiavelo (algo que no exige mayor esfuerzo), lo califica de “profeta” y de “Papá Noel” y lo acusa de tener una visión del mundo básica, maniquea y populista.
Afirma que la antinomia que propone entre capitalismo y socialismo es banal, simplista y peligrosa; una suerte de marxismo “al revés”. Acusa al presidente de mesiánico y advierte sobre una eventual deriva autoritaria.
Razona que todo fanatismo es antidemocrático, pero en este punto confunde los planos. La creencia de que la libertad de mercado es el sistema económico más eficiente es una cosa y el sistema de toma de decisiones en una sociedad es otra de naturaleza por completo distinta.
En suma, la excepcionalidad del gobierno de Milei y sus éxitos que no previeron porque contradecían el manual al uso provoca a sus críticos un encono que los lleva a la sobrerreacción. Los transforma en Casandras que propagan una alarma poco creíble sobre el advenimiento de otro período oscuro de la historia nativa. Pero esas opiniones dictadas por la frustración son funcionales al presidente libertario, porque se autodescalifican, ya que, si Milei es populista, ¿qué queda para peronistas, radicales, izquierdistas y el resto de la “casta”?
