En busca de climas más benignos que los fríos y húmedos inviernos porteños, que tanto afectaban su achacosa salud, Domingo Faustino Sarmiento buscó en Tucumán y en Asunción del Paraguay el alivio que su cuerpo necesitaba. A esta última ciudad concurrió en 1887 y volvió a hacerlo en mayo del año siguiente.
Los primeros días de su estadía se alojó en el Hotel Hispanoamericano, y luego se trasladó al Hotel Cancha Sociedad. El establecimiento estaba instalado en un predio que había pertenecido a la familia Egusquiza, luego a la irlandesa Elisa Lynch —compañera del mariscal Francisco Solano López— y más tarde al doctor Silvio Andreuzzi, quien construyó allí un teatro de verano, la primera pista de patinaje del país, un velódromo y un hipódromo (de ahí el nombre de Cancha), entre otras instalaciones.
Andreuzzi obtuvo además la concesión de una línea de tranvía llamada Conductor Universal: los vehículos, tirados por mulas que avanzaban a escasa velocidad debido a lo empinado del terreno y al mal empedrado de las calles, llegaban al centro de la ciudad y trasladaban a los vecinos hacia ese centro recreativo, uno de los más frecuentados por la sociedad asuncena a fines del siglo XIX. El doctor Andreuzzi era un médico italiano llegado al Paraguay en misión junto a su esposa, la condesa Carlota Bortolotti. Fue en ese predio donde, en 1884, se instaló por primera vez iluminación de alto voltaje en el hipódromo. El matrimonio vendió el hotel al año siguiente a una sociedad anónima.
Lo cierto es que Andreuzzi conocía muy bien a Sarmiento y había llegado a sus oídos el comentario popular sobre la pobreza del expresidente.
Aunque para entonces ya no era el propietario del hotel, sus buenos vínculos con los nuevos dueños fueron suficientes para que Sarmiento pudiera instalarse sin costo alguno en un pabellón anexo, mientras se construía su propia casa.
El local contaba con cuatro habitaciones: una pequeña sala que le servía de escritorio, contigua a su dormitorio, y otros dos cuartos —uno ocupado por su hija Faustina Sarmiento de Belín y su nieta María Luisa, y el otro por su nieto Julio Belín Sarmiento y su hijita Faustina—. Martín García Merou, diplomático argentino, lo visitaba con frecuencia y dejó páginas muy interesantes sobre aquellos días.
La salud de don Domingo había mejorado; se dedicaba a tareas hortícolas en la casa que estaba construyendo en la llamada curva de San Miguel, además de sus trabajos literarios y algunas excursiones, que en ocasiones debieron suspenderse por los fuertes calores. En una de ellas presidió la larga mesa "tendida debajo de un naranjal frondoso… estaba como nunca alegre y decidor, si bien manifestaba al marchar una ligera fatiga".
EN EL COLEGIO
Como no podía ser de otra manera, visitó el Colegio Nacional, tal como lo recordaba Enrique Alió: "En 1888 me pusieron mis padres pantalones largos, inscribiéndome en primer año del Colegio Nacional. La vida de Asunción tenía entonces la pausa de sus interminables siestas. Era un pueblo sin grandes noticias ni apuro. De ahí que el día que Sarmiento llegó imprevistamente, el tono menor de las horas tuvo un suceso que las conmovió. Llegó apoyado en un bastón, andando lentamente, como si cuidara un dolor recrecido en las piernas. Recuerdo que nos impresionó su fealdad. Sonreía ásperamente y usaba gestos rudos. Después, cuando con el Director y otras personas hubo recorrido las clases, nos habló en el gran patio oscuro y cuadrilongo de los recreos. No recuerdo otra emoción más pura que aquella. Por un momento se apagó su figura cansada y fea, envolviéndonos su voz clara, plena de ternura y de reminiscencias como cicatrices. Nos dijo lo que esperaba de nosotros, lo que nosotros debíamos esperar de nosotros mismos. Cuando se hubo ido, ya no era para los alumnos del internado un expresidente. Era el maestro a quien gozosos hubiéramos confiado las cosas de la ilusión de ser, de llegar".
EL FINAL
En ese lugar falleció el 11 de septiembre de 1888, asistido por el doctor Andreuzzi y otros reconocidos facultativos, que diagnosticaron como causa una gravísima lesión orgánica del corazón.
La casa era de madera, con techo recubierto de placas de pizarra, y no debe confundirse con la que estaba construyendo a corta distancia del lugar —un chalet que nunca llegó a habitar—. Los propietarios del hotel, la familia Weiler, donaron con gran generosidad el predio donde se hallaba la casa al gobierno argentino.
El profesor Ernesto Liceda, director del Museo Histórico Sarmiento, realizó un detallado estudio en 1982 a instancias de la Comisión Permanente de Homenaje al prócer en Washington y Asunción, que buscaba crear una biblioteca, un salón de actos y otro de conferencias en la residencia que el prócer habitara cuando era ministro ante el país del Norte —propiedad del Estado nacional—. El otro propósito fundamental "era preservar del deterioro el solar de Asunción, facilitando su utilización al servicio de la cultura y la recordación del maestro de América".
A estos efectos, el embajador argentino, general Carlos Laidlaw, había dispuesto que nuestra representación diplomática se hiciera cargo de la conservación y el cuidado del predio.
Con motivo del bicentenario de la Independencia del Paraguay, en 2011 la Academia Paraguaya de la Historia organizó unas jornadas a las que invitó a historiadores de Argentina, Bolivia, Brasil y Uruguay. En representación de nuestro país concurrimos junto al doctor Eduardo Martiré, presidente de la Academia Nacional de la Historia. Nos alojaron en el Gran Hotel Paraguay, junto a la casa de Sarmiento, que visitamos —a modo de homenaje— junto con el delegado uruguayo, profesor Héctor Patiño Gardone, y la encontramos en estado aceptable.
ABANDONADO
Hace poco menos de un mes, la exlegisladora Elisa Carrió visitó Asunción del Paraguay y fue al hotel y a ese lugar histórico, donde encontró el predio —en el que funcionaba la escuela argentina y una biblioteca— totalmente abandonado, lo que la llevó a hacer un serio llamado a través de las redes sociales para que las autoridades nacionales se ocupen de su recuperación.
Sirvan estas líneas para evocar al gran sanjuanino y, a la vez, reiterar la advertencia, compartiendo —como tantos argentinos— la preocupación manifestada por la doctora Carrió sobre la necesidad de preservar nuestra memoria no solo dentro de nuestras fronteras, sino también en el exterior, para evitar pasar vergüenza ante la desidia y el olvido que sufren nuestros grandes hombres, cuyo nombre en muchos casos solo sirve para discursos políticos de circunstancia.
