La Argentina está bajo ataque: las nuevas amenazas al Poder Nacional
Ha terminado el Mundial y, paradójicamente, lo menos importante para comprender lo ocurrido es el resultado futbolístico. La derrota argentina frente a España puede analizarse desde la táctica, el rendimiento de los jugadores o las decisiones arbitrales. Todo ello pertenece al deporte y corresponde a quienes conocen sus secretos. Pero alrededor de la Selección se produjo otro enfrentamiento, menos visible y acaso más significativo: una disputa por la imagen internacional de la Argentina, por sus símbolos, por su identidad y por la legitimidad de sus reclamos nacionales.
Durante las últimas semanas se multiplicaron en las redes sociales expresiones de hostilidad contra nuestro país. La crítica deportiva se transformó progresivamente en una impugnación moral de los argentinos. A las acusaciones de favoritismo arbitral y juego violento se sumaron imputaciones de racismo, soberbia, corrupción, nazismo, rechazo de la identidad latinoamericana y hasta comparaciones geopolíticas completamente ajenas al fútbol.
Un relevamiento difundido en otro diario, basado en unas 40.000 publicaciones realizadas en X entre el 11 de junio y el 20 de julio, identificó varias narrativas negativas convergentes. Solo una de ellas era estrictamente futbolística. Las restantes atacaban aspectos históricos, culturales y políticos de la Argentina. Los especialistas consultados detectaron, además, conversaciones que habrían sido generadas o amplificadas artificialmente, aunque todavía no existe una atribución pública concluyente que permita determinar quiénes las promovieron.
Esta distinción es fundamental. Una cosa es comprobar la existencia de comportamientos anómalos, redes coordinadas, cuentas automatizadas o amplificación algorítmica. Otra muy distinta es identificar con certeza a sus organizadores, financistas o beneficiarios. La primera afirmación encuentra indicios relevantes; la segunda exige una investigación forense que todavía no ha sido presentada públicamente.
Sin embargo, la ausencia de una atribución definitiva no vuelve irrelevante el fenómeno. Por el contrario, permite comprender una característica central de la conflictividad contemporánea: las campañas de influencia ya no necesitan presentarse como operaciones centralizadas, uniformadas y fácilmente reconocibles. Pueden surgir de la convergencia entre actores políticos, intereses económicos, medios de comunicación, activistas, usuarios particulares, redes automatizadas y algoritmos capaces de premiar los contenidos más agresivos.
No siempre existe un único director de orquesta. A veces basta con introducir una narrativa eficaz para que miles de voluntades distintas la reproduzcan por razones diferentes.
MALVINAS EN LA CANCHA
El punto de inflexión se produjo durante el partido entre la Argentina e Inglaterra.
Hasta entonces, la Selección era el equipo campeón que buscaba defender su título. Pero la aparición de una bandera con la inscripción "Las Malvinas son argentinas" modificó el significado del acontecimiento. El mensaje recorrió instantáneamente el mundo y coincidió con una controversia diplomática por la presencia del buque militar británico HMS Medway en el Atlántico Sur. El Gobierno argentino presentó una protesta ante el Reino Unido y la cuestión Malvinas volvió a ocupar espacio en medios internacionales.
¿Podemos pensar que, desde ese momento, el partido dejó de ser exclusivamente un partido?
Durante unos pocos segundos, una bandera modesta llevó el reclamo soberano argentino ante una audiencia de centenares de millones de personas. Ninguna campaña publicitaria de la Cancillería, ningún seminario académico y ninguna declaración diplomática habría alcanzado semejante difusión.
La Selección se convirtió, voluntaria o involuntariamente, en un vector de identidad nacional.
Eso explica la intensidad de las reacciones posteriores. No era solamente Messi. No eran únicamente once jugadores ni una controversia arbitral. Lo que se había proyectado era una nación, una memoria histórica y una cuestión territorial todavía pendiente.
El fútbol mostró así una dimensión que a menudo el pensamiento estratégico argentino desatiende: el poder no reside únicamente en las Fuerzas Armadas, en las reservas monetarias, en la industria o en la capacidad científica. También existe un poder simbólico, cultural y emocional.
Lionel Messi constituye, en ese sentido, uno de los activos intangibles más importantes de la Argentina. Su prestigio, reconocimiento y capacidad de convocatoria exceden ampliamente el campo deportivo. Lo mismo sucede con la Selección, con el tango, con nuestra literatura, con la tradición científica nacional y con determinados símbolos que permiten identificar a la Argentina en cualquier lugar del planeta.
Joseph Nye denominó softpower a la capacidad de obtener influencia mediante la atracción, el prestigio y la legitimidad, en lugar de recurrir exclusivamente a la coerción. Pero desde una perspectiva estratégica nacional podríamos utilizar una expresión más amplia: poder cultural estratégico.
Ese poder forma parte del Poder Nacional. Y precisamente porque produce efectos, también puede convertirse en blanco de operaciones destinadas a desgastarlo.
AMENAZAS NO SOLO MILITARES
Durante mucho tiempo se consideró que una amenaza contra la Nación debía presentarse bajo la forma de una invasión, un bloqueo, un despliegue naval o un ataque armado.
Esa concepción ya no alcanza.
El pensamiento del Tcnl. (R) Santiago Roque Alonso permite comprender que las amenazas contemporáneas actúan simultáneamente sobre diferentes dimensiones de la existencia nacional. Pueden ser ontológicas, territoriales, militares, científico-tecnológicas, medioambientales y económico-financieras.
Cada una afecta un componente diferente del Poder Nacional.
Las amenazas territoriales recaen sobre el espacio donde la Nación ejerce o reclama soberanía. La cuestión Malvinas, el Atlántico Sur, la Antártida, la plataforma continental y los espacios marítimos constituyen ejemplos evidentes para la Argentina. Las amenazas militares afectan la capacidad de disuasión y defensa.
Las amenazas científico-tecnológicas buscan impedir que un país conserve autonomía en áreas estratégicas. Una Nación que abandona su programa nuclear, su desarrollo satelital, su industria de defensa o su capacidad informática queda sometida a quienes controlan esas tecnologías.
Las amenazas económico-financieras pueden restringir la libertad de decisión mediante el endeudamiento, la dependencia externa, el control de recursos críticos, las sanciones, la fuga de capitales o la vulnerabilidad monetaria.
Las amenazas medioambientales comprenden tanto la degradación real del territorio como la utilización política de cuestiones ecológicas para condicionar el desarrollo, controlar recursos o limitar el ejercicio soberano.
Pero existe una categoría que atraviesa y potencia a todas las anteriores: la amenaza ontológica.
Una Nación comienza a desaparecer mucho antes de perder físicamente su territorio. Empieza a desaparecer cuando deja de reconocerse, cuando renuncia a su historia, cuando considera vergonzosos sus símbolos, cuando sus nuevas generaciones ya no saben qué merece ser defendido. La amenaza ontológica recae sobre el ser de la Nación. Por eso es la más profunda.
¡Y esa es la que defendieron nuestros jugadores con dignidad y bandera!
Un país puede reconstruir una fábrica, recuperar una moneda o volver a organizar una unidad militar. Resulta mucho más difícil reconstruir una comunidad que ha perdido la conciencia de sí misma.
DIMENSION COGNITIVA
A esta clasificación es necesario agregar explícitamente las amenazas cognitivas e informacionales. No constituyen necesariamente una categoría aislada. Funcionan más bien como un instrumento transversal que puede operar sobre todas las demás. Una operación cognitiva puede preparar la aceptación social de una pérdida territorial, desacreditar un programa científico, destruir la confianza en las instituciones militares, instalar la idea de que toda política industrial es inútil o convencer a una sociedad de que la defensa de sus recursos naturales constituye una forma de atraso. Su objetivo último no es solamente transmitir información falsa. Es modificar la percepción de la realidad y, mediante ella, condicionar la conducta.
La guerra cognitiva busca penetrar en el proceso mediante el cual las personas interpretan el mundo. No apunta únicamente a lo que una población sabe, sino a aquello que ama, teme, desprecia, recuerda u olvida.
En términos clausewitzianos, el objetivo continúa siendo la voluntad del adversario. Lo que ha cambiado son los medios empleados para alcanzarla. La lucha por las percepciones antecede muchas veces a la lucha por el territorio.
DE MESSI AL PODER NACIONAL
El episodio del Mundial constituye, por eso, algo más que una anécdota.
La convergencia de mensajes contra la Argentina mostró cómo un acontecimiento deportivo puede transformarse en una plataforma de disputa cognitiva. Una acusación futbolística puede convertirse rápidamente en un juicio sobre toda la sociedad argentina. Una conducta individual puede utilizarse para definir a cuarenta y siete millones de personas. Una controversia arbitral puede integrarse a relatos sobre corrupción, racismo, violencia o ilegitimidad nacional.
Una parte de esas críticas pudo haber surgido espontáneamente. Otra pudo haber sido estimulada por rivalidades deportivas, resentimientos políticos o intereses comerciales. Pero los indicios de amplificación artificial obligan a abandonar la ingenuidad. El ecosistema digital contemporáneo permite convertir una reacción minoritaria en una corriente aparentemente mayoritaria y presentar una consigna fabricada como si expresara una opinión universal.
Conviene, sin embargo, evitar dos errores. El primero sería negar el fenómeno porque todavía no conocemos con certeza a sus responsables. El segundo consistiría en atribuir automáticamente cada crítica, cada derrota o cada conducta adversa a una conspiración perfectamente organizada.
La inteligencia estratégica exige distinguir indicios, hipótesis y pruebas.
Podemos afirmar que existió una ofensiva narrativa contra la imagen argentina. Podemos advertir que hubo patrones de amplificación no enteramente orgánicos. Podemos estudiar quiénes se beneficiaron de esos mensajes. La prudencia metodológica no debilita la denuncia. La fortalece.
El problema de fondo es que la Argentina posee activos estratégicos que frecuentemente no reconoce como tales. Posee recursos naturales, espacios marítimos, capacidades científicas, tradición cultural, prestigio deportivo, tecnología nuclear, desarrollo satelital, industria alimentaria y una posición geográfica excepcional. Pero carece de una doctrina integral que los reúna, los jerarquice y los proteja.
La defensa nacional no puede reducirse al instrumento militar, aunque sin instrumento militar no existe defensa nacional efectiva. Debe comenzar en la Gran Política, donde una comunidad determina qué quiere ser y cuáles son sus fines permanentes. Debe continuar en la Estrategia Nacional, que organiza los medios disponibles para alcanzar y proteger esos fines. Debe expresarse mediante todos los componentes del Poder Nacional: político, diplomático, económico, militar, científico, tecnológico, cultural e informacional.
Sin exagerar, en este siglo XXI, podemos decir que INVAP, la CONAE, la CNEA, Fabricaciones Militares, las universidades, las Fuerzas Armadas, la industria nacional y la cultura argentina pertenecen, aunque de maneras diferentes, al mismo sistema estratégico. También pertenece a él una Selección que, al desplegar una bandera de Malvinas ante el mundo, produce un efecto político que excede cualquier planificación deportiva.
VOLUNTAD DE CONTINUIDAD
La principal enseñanza del Mundial no consiste en determinar si la Argentina perdió por razones tácticas, físicas o psicológicas. La pregunta verdaderamente estratégica es otra:
¿Qué ocurre cuando un símbolo argentino adquiere una capacidad global de movilización que el propio Estado no sabe comprender ni conducir?
La respuesta no debería consistir en convertir a los jugadores en diplomáticos ni en exigirles tareas que no les corresponden. Tampoco en politizar artificialmente cada competencia deportiva.
Se trata de comprender que, en la era de las redes, cualquier expresión de identidad puede transformarse en un acontecimiento estratégico.
Una bandera puede desafiar un relato establecido, una imagen puede devolver visibilidad a una causa olvidada, un símbolo puede despertar una conciencia que parecía adormecida. Y eso nuestros enemigos lo saben.
Y una campaña digital puede intentar neutralizar todo ello, degradándolo, ridiculizándolo o asociándolo con significados negativos.
La Argentina no necesita inventar enemigos imaginarios. Tiene suficientes amenazas reales. Pero tampoco puede permanecer indefensa ante formas de agresión que ya no utilizan uniformes ni cruzan fronteras físicas.
El Poder Nacional comienza en la conciencia de lo que somos y en la voluntad de continuar siendo.
Sin esa conciencia, los recursos se entregan, el territorio se abandona, la ciencia se desmantela, la defensa se posterga y la soberanía se transforma en una palabra vacía.
Por eso la amenaza ontológica precede a todas las demás.
El Mundial terminó. La disputa por la Argentina continúa.
Y en esa disputa, con la pelota, con la ciencia, con la economía, con las Fuerzas Armadas o con una sencilla bandera llevada ante los ojos del mundo, las Malvinas siguen siendo argentinas.
