Juan Gil Navarro: “Al público hay que impactarlo rápido”
El actor se enfrenta al desafío de protagonizar ‘Misery’ en el teatro Metropolitan. Explica por qué les dice no a ciertos proyectos, analiza la dispersión del espectador actual y confiesa sus ganas de debutar como director.
Juan Gil Navarro habla con la tranquilidad de quien no tiene que demostrarle nada a nadie, pero con la misma pasión con la que arrancó a actuar. Aunque en algún momento la industria intentó encasillarlo como un galán romántico, él siempre eligió las propuestas que le demandaban un poco más de complejidad. Hoy ese desafío se vuelve más corporal en ‘Misery’, la obra que protagoniza junto a Julia Calvo en el Metropolitan. En esta historia él interpreta a Paul Sheldon, un famoso escritor que sufrió un accidente y se encuentra postrado. Desde esa restricción física tiene que transmitir el dolor y la desesperación que siente este hombre, que fue rescatado por una fanática que ahora lo tiene encerrado y lo tortura para que reviva a su personaje favorito.
LIMITES FISICOS
-¿Qué fue lo primero que le vino a la cabeza cuando empezó a construir a Sheldon?
-Mi viejo era periodista. Él escribía mucho a máquina y recuerdo su impaciencia, un fastidio latente mientras le daba a las teclas a velocidad descomunal con el cigarrillo en los labios. Escribía de un tirón, sin puntos ni comas, para bajar el concepto. En algún punto recordé eso. Pero además, Paul Sheldon es un soberbio. Vive en el fastidio de tener que convivir con un éxito que buscó pero que terminó atrapándolo y que ahora se quiere sacar de encima. Lo cual es muy neurótico. Yo también tengo mucho de eso.
-Paul Sheldon pasa gran parte de la obra postrado. ¿Cómo se trabaja desde esa limitación física cuando en el escenario el movimiento del cuerpo suele ser un gran aliado?
-Vengo de hacer obras donde estaba de pie la mayor parte del tiempo, lo que me permitía abordar el cuerpo desde otro lugar. Cuando estás acostado, a 45 grados, en el piso, o completamente sedado por el Novril, la voz y la energía salen de una forma completamente distinta. Me imaginaba al personaje en una especie de limbo: sin estados de lucidez plena, hablando lento y tratando de pensar lo mejor posible en medio del dolor y del estado de dopamiento. Incluso, para abordar esos momentos de apagones o fantasías me pregunté cómo contarlo de manera teatral. La clave fue construir ese estado de delirio de antemano; si preparás el terreno antes, se vuelve mucho más verosímil para el espectador ver cómo el personaje se traslada con la silla de ruedas. Desde la lucidez absoluta sería imposible entrar ahí. El teatro tiene esa magia que te permite plantearle al público: “Mire, señora, que por ahí todo esto pasa sólo en su cabeza”, tal como ocurre hacia el final.

‘Misery’ se presenta de jueves a domingos en el teatro Metropolitan.
-¿Cómo fue trabajar ese dolor físico?
-En enero me metí corriendo al mar y me fisuré el quinto metatarsiano del pie derecho. Estuve cuatro meses con un dolor punzante, como un pinchazo constante, hasta que se soldó gracias a una máquina de magnetoterapia que me ponía mañana y noche. Esa dificultad para caminar y el mal humor que te genera el dolor constante me acompañaron un montón para construir el personaje. De hecho, al principio de los ensayos la fisura no cerraba y pensaba que, si me tenían que operar y ponerme un clavo, iba a terminar haciendo la obra con el pie realmente destruido. Imaginate el miedo que tenía de quedar todavía más limitado de lo que exigía el guion. Así que no me quedó lejos la idea del dolor.
CAPTAR LA ATENCION
-Que Manuel González Gil ya hubiese dirigido esta historia anteriormente, ¿fue un plus para ustedes?
-En algunas cosas sí, porque él ya sabía hacia dónde quería ir. Pero en otras hubo que discutir o reversionar; yo insistía mucho en que el público de hoy está muy lúcido y que había cosas que tenían que ser feroces, tener mucho ritmo y hacerse con una precisión milimétrica. En esta obra dependemos muchísimo de la luz y del sonido; si eso no se coordina a la perfección, nosotros quedamos pagando en el escenario. Para mí, ese nivel de detalle fue una neurosis importante durante el proceso.
-¿Cuando habla de un público más lúcido es porque cree que los espectadores están más formados o porque tienen mayor estímulo tecnológico?
-Vivimos a la velocidad de la tecnología y la atención hoy se dispersa muy rápido. Es como ser un mago en un cumpleaños: sabés que tenés el tiempo entre el primer y el segundo truco para hacer que todos se callen y entren en tu juego, porque si no los perdiste. En el teatro pasa igual: si lo primero que proponés no impacta de entrada, después es muy difícil tensar la cuerda y sostener el espectáculo.
-Salvando las distancias, en sus épocas de mayor popularidad, ¿le pasó de sentir que había cierta obsesión o fanatismo con usted?
-No, afortunadamente no. Y si pasó, la verdad es que siempre me hice un poco el tonto. Como dice Kipling en su poema, el éxito y el fracaso son dos impostores y hay que tratarlos de la misma forma. En ese sentido, mis viejos siempre fueron un gran anclaje para mí, me enseñaron a no creérmela demasiado. Además, en mis épocas de mayor exposición no existían las redes sociales; no estaba esa tentación de hoy de ir a ver qué se está diciendo de uno todo el tiempo.

El actor interpreta a Paul Sheldon, un famoso escritor que sufre un accidente y, postrado, es retenido en su casa por una fanática.
LA AUDACIA
-Usted formó parte de algunas de las ficciones más exitosas de la tevé de aire, ¿extraña esa televisión?
-Lo que extraño es la audacia de una televisión que estaba viva. Recuerdo que a veces estábamos a un día o a una semana del aire, pero sobre lo que venía escrito se mejoraba un montón; se le sacaba muchísimo jugo al vivo. Programas como ‘100 días para enamorarse’ o ‘Graduados’, que fueron un boom, ocurrían en el set. No era solo lo que venía en el guion, sino cómo se potenciaba entre los actores, el director y los técnicos. Los técnicos siempre son el primer público: si lográs entretenerlos a ellos, es muy posible que lo que salga al aire sea bueno. Eso sí lo extraño. Extraño ese nivel de juego y de creatividad que hoy no ocurre con el streaming. Los sets de las plataformas, en general, son de un aburrimiento total. Me cuesta mucho no escuchar clichés en las series actuales, tanto en las que me acercan para trabajar como en las que veo de otros compañeros. En ese sentido, la televisión de antes era mucho más musculosa, más audaz. Imaginate que le contábamos cosas a la gente mientras cenaba.
-Era como compartir el momento con el espectador...
-Totalmente. Ese acto de comunión, que era casi teatral, se perdió. Además, yo creo que la televisión de antes no era cínica, mientras que las historias en las plataformas, salvo excepciones, se han vuelto sumamente cínicas. Y con el cinismo no se puede llegar al público; el cinismo mata por completo la emoción o la posibilidad de conmover a la gente. Hace poco fui a ver lo último de Spielberg y me emocioné profundamente. Fijate que este tipo hace cine desde el año ‘75 y nada de todo lo que encaró, que también es tremendamente comercial, ha sido cínico. Al contrario, busca la fibra humana. Lamentablemente, hoy en las plataformas hay mucha propuesta cínica dando vueltas.
-¿Qué es lo que hoy le hace decirle que sí a un proyecto?
-Elijo según lo que me motive. La semana pasada le dije que no a una serie de streaming porque sabía que iba a sostener algo en lo que no creo. Si el teatro me da para pagar el plato de lentejas, elijo eso. No tiene que ver con la guita, tiene que ver con la historia. Un director que quise mucho y ya falleció, Juan Pablo Laplace, me dijo una vez: “No tengo plata, pero te prometo una buena historia y cuidarte”. Y cumplió. Me gustaría que algún director lea esto y diga: “Tengo una buena historia, se la puedo acercar a este pibe por más que no haya presupuesto”. Eso es ser creativo y pasar por arriba del cinismo.
-¿Le gustaría dirigir?
-Sí, tengo muchas ganas. La verdad, estoy coqueteando con eso desde hace mucho tiempo y en algún momento lo voy a pedir rotundamente. Por las cosas que me han pasado, hoy veo cómo se maneja un set y sé perfectamente qué decisiones habrían cambiado el rumbo de un problema. Quizás suene omnipotente, pero tengo muchas ganas de poner a prueba todo lo que sé.
