IA, una vieja herramienta que evolucionó con la humanidad

Por José Sellés-Martínez *

En los últimos tiempos parece haberse impuesto la percepción de que la Inteligencia Artificial (IA) es un invento reciente, pero no es así. La inteligencia natural se ha ocupado siempre de desarrollar herramientas que le permitan complementar y optimizar sus aptitudes.

El espectacular desarrollo alcanzado en la actualidad es sólo el último paso de un complejo proceso que se inició hace miles de años, resultado de la convergencia de muchos otros factores que son el resultado del uso con propósitos inteligentes de la creatividad, una facultad del intelecto humano que la inteligencia artificial aún no está en condiciones de reproducir cabalmente.

¿IA O SISTEMAS INTELIGENTES ARTIFICIALES?

Se ha definido la inteligencia como la capacidad intelectual que nos permite razonar, planificar, resolver problemas, pensar de forma abstracta, comprender ideas complejas y aprender.

La inteligencia artificial, por su parte, se define como una rama de la informática dedicada a crear sistemas de software y máquinas capaces de realizar tareas que normalmente requieren inteligencia humana, como aprender, razonar y percibir el entorno. Ambas inteligencias se utilizan, solas o combinadas, con algún propósito como, por ejemplo, la resolución de problemas o la toma de decisiones.

Podría discutirse, sin embargo, si la IA es una rama de la informática, como ella se autodefine, o es el resultado o producto del uso de un conjunto de datos, algoritmos, modelos con un objetivo determinado. No se define la inteligencia natural por la existencia de neuronas y de sinapsis, sino por lo que su funcionamiento adecuado genera, por lo que, en forma equivalente, no debería definirse su hermana artificial por el equipamiento físico, datos y programas que están en uso, sino por su funcionamiento y las respuestas que, en conjunto, los mismos brindan al usuario.

Se propone diferenciar ambos conceptos denominando Sistema Inteligente Artificial (SIA) al conjunto de instrumentos, máquinas y programas que reproducen la inteligencia natural. La Inteligencia Artificial (IA) sería el funcionamiento de ese sistema, que conduce a la obtención de respuestas. El funcionamiento del SIA y la calidad de la IA en operación estarían condicionados tanto por propiedades intrínsecas (la calidad de los algoritmos, por ejemplo) como extrínsecas, tales como la calidad de los datos con que se lo alimente y, detalle no menor, también la forma en que el usuario se relacione con el SIA.

Las respuestas del sistema pueden variar fundamentalmente en función de los sesgos con que pueda introducirse la información que utilizará el sistema como de la falta de precisión en las preguntas, por ejemplo.

¿CÓMO EMPEZÓ TODO?

Si se acepta el planteo que todo resultado vinculado a la actividad inteligente cerebral que se realiza fuera del cerebro mismo pero condicionado por él es, de un modo u otro, producto de un “artificio” realizado con ayuda de objetos y de tecnología “exteriores” al cuerpo humano, el concepto de SIA debería extenderse muy atrás en el tiempo y los sistemas actuales serían solo el último paso de un proceso que lleva miles de años evolucionando.

Que sea considerada el último paso no desmerece en nada su importancia, pero destaca que la IA actual no es un milagro ni la obra de una generación iluminada, sino el resultado de la convergencia y suma de los avances alcanzados por la humanidad en diferentes ramas de la ciencia y la tecnología en cada momento histórico. Avances asociados siempre al uso de la creatividad humana y su inteligencia natural asistidas, desde hace milenios, por el uso de las inteligencias artificiales disponibles en cada uno de dichos momentos.

Posiblemente la primera “herramienta” creada por la inteligencia natural y destinada a ayudarse a sí misma haya sido el lenguaje. La comunicación con el otro permitió no solo coordinar tareas entre individuos, sino también compartir experiencias personales transformándolas en conocimiento comunitario que, por ejemplo, mejorara la toma de decisiones a partir de experiencias individuales que pudieron ser “socializadas”.

Un segundo paso fue la escritura, que minimizó los errores de transmisión comunes a la memoria oral y, por otra parte, dio paso a las posibilidades de acumular información “fuera” del cerebro, creando los textos, que permitieron, además, la transferencia de esa información a individuos que se encontraban en lugares y tiempos lejanos entre sí.

El desarrollo de las matemáticas, como lenguaje “cuantitativo”, si bien se inicia con la inteligencia natural, se potencia enormemente al contar con la posibilidad de plasmar en forma gráfica cálculos y problemas cada vez más complejos, difíciles de retener en la memoria y, sobre todo, facilitando el registro y desarrollo de las soluciones cada vez más extensas y elaboradas que dichos problemas requerían.

A estas primeras formas de SIA, los lenguajes orales y escritos, viejos de miles de años, seguirán los desarrollos de herramientas o instrumentos mecánicos que avanzan un paso más: no sólo registran sino que, además, facilitan las tareas reduciendo tiempo y esfuerzo.

Estos instrumentos irán avanzando de lo más simple a lo más complejo, pudiendo señalarse hitos como la creación del ábaco mesopotámico, un instrumento facilitador del cálculo matemático hace casi 5.000 años y la de los mecanismos de engranajes, como el denominado “mecanismo de Anticitera” que, hace ya más de 2.000 años, permitía realizar pronósticos astronómicos.

Mención especial merece la creación de la regla de cálculo, cuyo desarrollo y perfeccionamiento se ubica en el siglo XVII, que será una poderosa herramienta en manos de quienes requerían permanentemente del cálculo matemático para la resolución de problemas de carácter técnico y científico durante más de tres siglos. Este destacable instrumento sólo fue vencido por la popularización del uso de las calculadoras electrónicas de bolsillo en los años de 1970-1980.

Entre el desarrollo de la regla de cálculo y la aparición de las calculadoras electrónicas se produce la aparición de las primeras calculadoras mecánicas, desarrolladas también a partir del siglo XVII, las que fueron perfeccionándose hasta los inicios del siglo XX.

El reemplazo de los engranajes por componentes que funcionan con principios electromagnéticos también presenta una evolución propia, desde los voluminosos circuitos iniciales constituidos por válvulas, resistencias, capacitores, entre otros, a los actuales circuitos integrados de tamaño microscópico.

Se discute el invento de la primera calculadora mecánica debe atribuirse a Wilhelm Schickard (1592-1635) o a Blas Pascal (1623-1662). Del “instrumento aritmético” o “reloj calculador”, como lo denominó su creador, concebido hacia 1623, no ha quedado más testimonio que su descripción y planos en cartas enviadas a Johanes Kepler. De la “máquina de aritmética”, “rueda pascalina” o “pascalina” diseñada por Pascal en 1642 (máquina que sólo sumaba y restaba, ya que las multiplicaciones y divisiones se realizaban como sumas y restas repetidas manualmente todas las veces que el factor multiplicador o divisor lo requiriera) se construyeron muchos ejemplares.

Poco tiempo después, en 1670, Gottfried W. Leibniz (1646-1716) le adicionó modificaciones que permitieron realizar multiplicaciones en forma mecánica y, con el paso del tiempo y las nuevas posibilidades de diseño y construcción fueron incorporándose numerosas transformaciones hasta llegar a las máquinas que estuvieron en uso hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX.

A partir de 1938 comienzan a diseñarse máquinas que dejan de lado los engranajes para incorporar tecnología electromecánica y electrónica cada vez más eficiente pero que, al principio, no eran programables en el sentido actual del término, avance que vio la luz en 1941 en Alemania con tecnología electromecánica y en 1946 en los Estados Unidos con tecnología totalmente electrónica.

La primera gran computadora (y el adjetivo “gran” se aplica tanto al tamaño como a su capacidad de trabajo) que llegó a la Argentina con fines científicos, apodada “Clementina”, era una Mercury fabricada en Inglaterra y entró en servicio en 1961.

La evolución de las máquinas fue acompañada por otra más silenciosa pero no menos efectiva, la de las herramientas para escribir y los soportes para registrar la escritura. Historia esta que la humanidad iniciaría con la incisión de superficies con elementos punzantes, pasando luego al dibujo con plumas y pinceles sobre papiros y pergaminos, que se perfeccionan con el uso del papel y la imprenta y luego pasa al dominio de las máquinas de escribir mecánicas y eléctricas para llegar, finalmente, al registro de textos, datos y figuras sobre soportes electromagnéticos que, inclusive, pueden encontrarse a miles de kilómetros del lugar desde el cual se escribe si los datos se guardan en la llamada “nube”.

Una evolución paralela se ha dado en el registro sonoro, que comenzó mucho más tardíamente, pero que en la actualidad se ha perfeccionado notablemente con la incorporación del registro digital del sonido, que permite hasta la interacción directa del hablante con las máquinas, pudiendo ellas mismas emitir sus mensajes en forma oral.

 

LA IA, EL ARTE Y LA CIENCIA

Curiosamente, las definiciones citadas no hablan de que la capacidad de crear esté asociada a la inteligencia. Más aún, al ser consultado, el buscador de Google informa que la creatividad es la habilidad de pensar de manera original y generar ideas o soluciones completamente nuevas.

La creatividad daría como resultado el desarrollo y producción de conceptos abstractos y de objetos materiales sin precedentes previos. Cabe preguntarse entonces ¿puede haber creatividad sin inteligencia? Y a la inversa, ¿puede avanzar la inteligencia sin creatividad? Razonar, planificar y resolver problemas son capacidades de la inteligencia que no siempre requieren, pero en algunos casos hasta exigen, una fuerte participación de la creatividad.

La IA genera sus respuestas a partir de la información con que se ha alimentado a y de las instrucciones que han recibido los SIA para procesarla. En primera instancia parecería entonces difícil que estos sistemas fueran capaces de crear algo realmente novedoso. Si se le pregunta a la IA si ella puede crear obras artísticas su respuesta es que puede generar obras visuales, textos y música, pero matiza diciendo que el debate sobre si el resultado es realmente arte o no lo es, no está cerrado.

Si la pregunta es si puede hacer ciencia responde que no hace ciencia por sí misma, pero facilita de un modo nunca antes conocido el análisis de enormes cantidades de datos, realiza simulaciones de procesos naturales (utilizando modelos creados por los científicos) y sugiere hipótesis lógicas.

Según ella misma, el resultado de su uso sería la aceleración de los procesos de perfeccionamiento de hipótesis y modelos y también la realización de nuevos descubrimientos. La definición advierte, sin embargo, que la IA carece de creatividad conceptual profunda, intuición y capacidad para cuestionar los paradigmas científicos actuales.

Si tenemos en cuenta que los grandes avances científicos han estado asociados indefectiblemente a los cambios de paradigma, está claro que, al menos por ahora, la IA es una herramienta de gran utilidad para los científicos, pero es incapaz de generar propuestas que constituyan piedras angulares en la historia de la ciencia. Para consuelo de la IA, ya Kuhn advertía hace algunas décadas que tampoco todos los científicos son capaces de generar cambios de paradigmas...

Advierte William Oughtred (1574-1660), creador de la regla de cálculo, que “el verdadero camino del arte no es mediante instrumentos, sino mediante la demostración; y es una práctica absurda de los maestros vulgares comenzar con instrumentos y no con las ciencias, convirtiendo así a sus alumnos, en lugar de artistas, en meros hacedores de trucos y, por así decirlo, malabaristas”.

Está claro que el uso de la palabra “arte” y “artista” en este texto refiere a la ciencia y los científicos y muestra la temprana advertencia respecto a dar más peso al conocimiento y uso de instrumentos frente al adiestramiento en el razonamiento y la autocrítica. En este campo se puede concluir que se puede hacer ciencia y arte con los últimos avances de la IA como se los ha hecho con sus estadios anteriores, pero siempre harán falta las ideas nuevas de los científicos y los artistas y que estos usen la herramienta para desarrollar esas ideas, para que la simbiosis inteligencia natural-inteligencia artificial funcione adecuadamente.

Es interesante recordar aquí el caso de la fotografía, técnica surgida a fines del siglo XVIII, pero que se desarrolló y popularizó durante el XIX y el XX y que fue despreciada por algunos artistas por ser un método “mecánico” de registro de la realidad (a pesar del antecedente del uso de la “cámara oscura” desde el Renacimiento.

El tiempo demostró que este “método mecánico” que dibujaba sobre un papel sensible a la luz, era una poderosísima herramienta para registrar en forma completa un hecho que tiene lugar en un determinado instante en un determinado lugar, y que puede poseer un valor incalculable, por ejemplo, para el periodista o el hombre de ciencia; sin embargo, el paso del tiempo permitió comprender que la intención de la toma no estaba en el objetivo de la cámara sino en el ojo del fotógrafo, y hoy en día, disipadas las primeras rispideces, la fotografía cuenta con un completo reconocimiento como técnica de expresión artística. Podría pasar exactamente lo mismo con la IA.

 

CONCLUSIONES (POR AHORA...)

Los SIA son un conjunto de herramientas (no una sola) que la humanidad ha ido desarrollando desde sus albores para poder almacenar, procesar e interpretar información “fuera” del cerebro de los seres humanos. El “estado del arte” en este momento puede ser considerado superlativo con respecto a todo lo anterior, pero no será, seguramente, el punto final del proceso.

De todos modos, es sumamente difícil que, en el corto plazo, los sistemas informáticos puedan devenir realmente “creativos”, tanto en el campo de la ciencia como del arte, sobre todo si tenemos en cuenta que lo que la creatividad hace es “romper” con toda la experiencia que, paradójicamente, alimenta a la IA.

Puede afirmarse sin lugar a dudas que la IA facilita enormemente la labor de los científicos y los artistas, constituye una poderosísima herramienta de trabajo que es ya de uso imprescindible, pero que no es una panacea que convierte a quien la usa en científico o en artista. Dicho en pocas palabras: “la inteligencia artificial tiene como límite infranqueable la inteligencia de quién utiliza los SIA”.

Último, pero no de menor importancia: la IA no se genera de la nada. Detrás de cada SIA hay intereses y personas con ambiciones, virtudes y defectos que, de un modo u otro, pueden verse reflejados en la propuesta de funcionamiento del SIA, con sesgos, censuras o incluso imposturas, que el usuario puede no estar capacitado para percibir y que pueden tener consecuencias no deseadas e incluso nocivas para él y para la sociedad en su conjunto.

La humanidad no ha sabido/podido controlar los usos perversos de muchos de sus adelantos tecnológicos (y vaya la energía nuclear como claro ejemplo esto), por lo que cabe preguntarse si sabrá/podrá protegerse de los usos perversos de los SIA. Confiemos. Como escribiera Rubén Darío, “aún guarda la esperanza la caja de Pandora…”

* Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación. Sociedad Científica Argentina.