TEATRO

Humor negro y pactos de clase en una puesta algo exagerada

‘La lluvia de fuego’, dirigida por Marilú Marini.


‘La lluvia de fuego’. Autoría: Silvina Ocampo, Juan José Hernández. Dirección: Marilú Marini. Escenografía y vestuario: Oria Puppo. Iluminación: Sol Lopatín. Música y diseño sonoro: Diego Vainer. Coreografía: Manuel Attwell. Actores: Valeria Lois, Carolina Saade, Agustín Rittano, Damián Mai, Mercedes Beno Mendizábal. En la Sala Casacuberta del Teatro San Martín.


 

El reciente estreno de ‘La lluvia de fuego’ en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín representa un acontecimiento relevante para el ámbito escénico e intelectual argentino, al recuperar una obra inédita escrita conjuntamente por Silvina Ocampo y Juan José Hernández. Bajo la dirección de Marilú Marini, la puesta en escena va más allá de la recuperación bibliográfica y se constituye como una intervención teórico-estética significativa.

Mediante una cuidadosa combinación de elementos del folletín radiofónico, el sainete y el surrealismo rioplatense, la producción cuestiona las estructuras del realismo tradicional y analiza las formas de violencia y las dinámicas de poder dentro de la esfera doméstica de un grupo social en decadencia.

LA GESTACION

Detrás de la pieza se esconde el cruce de dos mentes brillantes. Silvina Ocampo (1903-1993), célebre por su prosa de una crueldad exquisita, tejió una hermandad literaria indisoluble con Juan José Hernández (1930-2007). El escritor tucumano, figura clave de la literatura argentina de mediados del siglo XX, compartía con ella esa mirada ácida y sin concesiones sobre la intimidad doméstica, los mitos de la infancia y la malicia social.

La génesis del libreto se remonta a mediados de los años sesenta, en el departamento de Silvina sobre la calle Posadas. Allí, ambos autores se entregaron a un lúdico ejercicio de escritura a cuatro manos y así moldearon la perturbada psicología de Adelaida. La complicidad era tal que, durante esas sesiones, la propia Ocampo interpretaba los parlamentos y actuaba las escenas en la intimidad de su sala, impregnando al personaje de sus propios rasgos y excentricidades.

Muerta Silvina, Adolfo Bioy Casares, su marido, le confió a Marilú Marini el libreto original tipeado a máquina y corregido a mano por la escritora. Aunque Marini lo llevó a los escenarios parisinos en 1997, el trasfondo legal y afectivo de la obra sumó un nuevo capítulo en 1999: Juan José Hernández denunció públicamente en La Nación el olvido sistemático de su nombre en los créditos sucesorios. Por eso, la puesta actual en el Teatro San Martín excede lo puramente artístico; es la reparación histórica de un pacto creativo relegado a las sombras.

DESPLIEGUE ESCENICO

La puesta en escena de Marini elude con éxito el realismo tradicional. El uso del espacio (centrado en el horno de cerámica como eje simbólico de destrucción y deseo) y el sólido trabajo corporal potencian la poética marginal del texto.

Sin embargo, al subrayar con tanta estridencia cada quiebre absurdo y ademán expresionista, el montaje termina por domesticar la anomalía del texto. Esta redundancia visual le quita a la obra la atmósfera de misterio flotante y peligro sugerido que define la narrativa de Silvina Ocampo, y transforma el enigma en una declaración explícita.

'La lluvia de fuego', de miércoles a domingos en la sala Casacuberta del Teatro San Martín. (Foto: C. Furman)

La propuesta visual diseñada por Oria Puppo (escenografía y vestuario) elude con inteligencia cualquier tentación historicista o costumbrista. La puesta edifica un espacio dramático de carácter centrípeto, donde el mobiliario y el jardín -una selva asfixiante- no funcionan como simple fondo denotativo, sino como un síntoma de la clausura psicológica. La paleta cromática saturada evoca un artificio estético que dialoga en tensión dialéctica con la iluminación expresionista de Sol Lopatín y la rigurosa partitura sonora de Diego Vainer. Los objetos cotidianos se cargan de una cualidad ominosa, deviniendo en fetiches de un orden social en proceso de descomposición.

FRICCIONES

La Adelaida de Valeria Lois abandona la sutileza ocampiana para abrazar una farsa de trazo grueso que abusa de la estridencia. El vínculo con la Predefinda de Saade pierde así su dimensión siniestra, quedando reducido a una estructura mecánica y reiterativa. El diseño de movimientos de los personajes secundarios acentúa esta desconexión: sus apariciones operan como cortes arbitrarios que detienen el tempo dramático en lugar de propulsar la fábula.

La mezcla simultánea de humor, intriga y pasajes musicales dinamita la unidad de tiempo y ritmo. La fluidez se percibe fragmentada, transformando la representación en una sucesión de sketches estéticos más que en un continuo dramático orgánico.

NAUFRAGIO DE LA METAFORA

La dirección no logra plasmar en escena la sutil e inquietante atmósfera de los relatos de Silvina Ocampo. Al materializar de forma tan evidente los quiebres surrealistas y el crimen latente, se vacía la carga poética de la trama.

El resultado es una pieza estancada en una anécdota mínima que no justifica su duración, pero por otro lado Marini conecta con lucidez el universo de Ocampo/Hernández con el legado delirante de Copi y demuestra que la farsa macabra es el vehículo ideal para desnudar las violencias y las prisiones de clase. En definitiva, ‘La lluvia de fuego’ en el San Martín no es un mero ejercicio de archivo; es la prueba de que el humor negro y el artificio formal siguen siendo las armas más potentes para dinamitar las convenciones de la escena contemporánea.

Calificación: Buena