La amistad como tema literario ha recorrido un ilustre camino desde que el vate cantó la cólera de Aquiles por el camarada muerto. Es inevitable recordar al Caballero de la Triste Figura y a su escudero, al sanatorio para tuberculosos de Berghof y a un gaucho que no consintió que se perpetrara una injusticia contra un valiente. Pero el canto a la amistad que aquí venimos a recomendar es menos conocido: la decimonovena novela publicada por John le Carré (Cornwell, 1931-2020).
Absolute Friends (Amigos absolutos), vio la luz por primera vez en diciembre de 2003. Es el fruto de un talento maduro, en su plenitud artística. Tarda en revelar su verdadera naturaleza: otra espléndida novela de espionaje del maestro del género. Toda la trama gira en torno a la amistad del inglés Ted Mundy y el alemán Sasha.
Hijo de un comandante del ejército inglés en Pakistán, Edward Arthur Mundy fue rebotando por la vida -en busca de una especie de familia- hasta que encontró, ya adulto, su “forma natural de arte”: ser espía doble. Tenía un talento innato para la simulación.
La primera parte del libro nos muestra a Ted como “un colegial rebelde, un izquierdista convertido en anarquista que no acabó los estudios en Oxford; un alborotador en Berlín que, después de una merecida paliza, fue obligado a abandonar la ciudad al filo del amanecer; un profesor de secundaria sin titulación expulsado por conducta licenciosa que cayó en desgracia en un periódico de provincias antes de establecerse como escritor fracasado en Nuevo México, para volver a Inglaterra con el rabo entre las piernas y perderse en los sótanos sin futuro de la burocracia cultural, una vieja gloria de la cabeza a los roñosos pies”.
Pero en un viaje al otro lado de la Cortina de Hierro como embajador cultural del British Council, el larguirucho antihéroe es contactado por Sasha, su amigo de los buenos tiempos de la comuna revolucionaria berlinesa de los años setenta. Habían pasado diez años desde la última vez que se vieron. Su mentor ideológico había cruzado el Muro hacia el Este, había ascendido en la Stasi y ahora quiere traicionar al Paraíso de los Trabajadores. Ted será su buzón, mientras Sasha finge haberlo reclutado para los servicios de inteligencia comunista, con el fin de robar secretos de la Pérfida Albión. El eterno aprendiz de la vida se convierte así en agente doble al servicio del MI6. Edward y Sasha -esos Judas profesionales- prestaron por largo tiempo un valioso servicio a la Corona británica. Pagarán un alto precio por ello. Pero, «¿quién quiere una vida normal?», diría el bueno de Ted.

El último tramo narra el reencuentro de los amigos una década después de la caída del Muro de Berlín. Ha ocurrido el 11-S y corren tiempos implacables: comenzó la guerra contra el terrorismo de George Bush. Sasha -eterno buscador de absolutos, que nos recuerda al Leo Naphta de La montaña mágica- quiere reclutar al viejo espía para que lo ayude a montar en Alemania una especie de Contrauniversidad antiestadounidense financiada por un turbio magnate ruso. Quizás cometamos una indiscreción si revelamos que el villano del vibrante desenlace es un agente de la CIA llamado Orville Rourke, otro de los rotundos personajes del libro.
ATRAPANTE
La novela puede recomendarse por varias razones. La trama recorre cincuenta y seis años de historia contemporánea y resulta cautivante. Nunca decae la atención. La caracterización de los personajes también es excelente.
Le Carré, además, muestra al lector ingenuo y desinformado del siglo XXI lo que fue el comunismo real, el de la República Democrática Alemana, una aberración política y social que nada tiene que ver con los cantos de sirena que promete hoy la ultraizquierda recalcitrante, los lobos con piel de oveja como Myriam Bregman.
Le Carré, finalmente, insiste con una idea magnífica que aparece en casi todas sus obras: la fe total y absoluta no hay que depositarla en la ideología, ni siquiera en el patriotismo, sino en el amor a una persona, a dos, a tres, a cinco, no muchas más.
El amor incondicional añade en Amigos absolutos debe entenderse como instinto de protección. «La responsabilidad lo es todo. Sé responsable y Dios te recompensará», hace decir a un líder espiritual del islam, uno de los personajes positivos de la novela.
