DANIEL MECCA RASTREA LAS VIDAS DE ESTELA Y PATRICIO CANTO

Hermanos rebeldes en el apogeo literario argentino

Intentar las biografías de personajes secundarios de la literatura comporta el desafío inicial de convencer a editores y lectores de que esos seres marginales, más bien oscuros, merecían un libro. Superado ese primer obstáclo la obra debe justificarse por el valor de sus hallazgos o por el encanto de su forma.

Daniel Mecca (Buenos Aires, 1986) se impuso la casi imposible tarea de reconstruir la vida de Estela y Patricio Canto. Hermanos muy unidos, ambos escritores y traductores, miembros díscolos del universo de la revista Sur, cultos, intrigantes, proclives al escándalo y simpatizantes estalinistas del PC. Ella, además, entró en la historia por haber sido algo así como el amor imposible de Jorge Luis Borges, quien le dedicó, para siempre, “El Aleph”.

En el libro resultante, Los Canto (Emecé, 386 páginas), Mecca combina la biografía de los hermanos con el relato de cómo encaró una investigación a la que dedicó siete años de trabajo. Fue una tarea cargada de dificultades que no vacila en compartir con sus lectores, paso a paso.

“Borges, amor, desolación, gossips, la hipótesis de que crearon un novelista testaferro, papeles inéditos, espías amantes, traducciones de grandes obras maestras de la literatura...¿Cómo se escribe una biografía hecha de fragmentos y mitos y ausencias y tiempo?”, inquiere en la página 27.

LAS SEMBLANZAS

Pese a las quejas, el trabajo termina cobrando forma. La narración más o menos biográfica se alterna con el testimonio en estilo directo y letra cursiva del medio centenar de entrevistados (de Miguel de Torre Borges y Juan José Sebreli a Javier Torre y Jean Pierre Noher) que aceptaron hablar del dúo dinámico, bien porque los conocieron en persona o bien porque manejaron información o anécdotas picantes que los retratan. Sus aportes ayudan a dar cuerpo a las semblanzas desde miradas diferentes y a menudo contrapuestas.

La relación de Estela Canto (1915-1995) con Borges ocupa buena parte del volumen. Mecca la recrea a partir de su propia pesquisa y del análisis minucioso de Borges a contraluz, el discutido libro de 1989 hoy revalorizado en el que Estela estampó su versión personal del mito y lo humanizó de manera impensada hasta entonces.

En Los Canto se mencionan también los otros amores de una mujer “frontal, rebelde, deseante y deseada” que evidentemente no tenía en el plano sentimental las inhibiciones que lastraban el comportamiento de su amigo “Georgie”.

Menos atención recibe Patricio Canto (1918-1989), quien fue agregado por Mecca a lo que en un comienzo había sido un trabajo periodístico centrado en la hermana más famosa. Si en el caso de Estela la información disponible es fragmentaria y contradictoria, en el de Patricio los datos son incluso más modestos, a tono con una personalidad arisca, seria, hermética.

Esto aparece corroborado en las citas de su diario personal e inédito, que revelan a una persona atormentada y herida, con dificultades para concretar sus ambiciones literarias en un ambiente que se jactaba de despreciar.

En conjunto el libro de Mecca se sostiene por el jugoso anecdotario, por la variedad de testimonios y porque traza un panorama informal del mundo literario argentino entre las décadas de 1940 y 1990, con sus luces y sombras, sus rencillas personales y sus disputas ideológicas y estéticas.

Dentro de ese marco no es menor el espacio que asigna al oficio de traductor literario, a sus exigencias y condiciones. Los Canto lo ejercieron con profesionalismo y en un amplio rango de temas y autores (Estela, por caso, llegó a traducir seis de los siete tomos de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust).

Refiriéndose a Patricio Canto, Jorge Fondebrider prodiga una valoración más profunda y compasiva. Cree que podría “haber formado parte de ese nutrido pelotón de intelectuales que, en casi todos los países, tanto con artículos como con traducciones actúa de manera casi secreta durante algunas décadas, contribuyendo a la formación y a la polémica de varias generaciones, pero sin dejar una obra propia lo suficientemente contundente como para asegurar su lectura y comentario a través del tiempo. Esa estirpe, no obstante, resulta imprescindible”.