In memoriam
Héctor Rubén Simeoni: llanto por un Quijote
A los 85 años, en Buenos Aires, ha muerto un maestro del periodismo argentino y un hombre muy valiente.
Con coraje cívico a toda prueba, enfrentó a lo largo de su carrera entera a los enemigos de la Patria, teniendo por única arma su pluma. En los “años de plomo”, arrostró abiertamente al terrorismo marxista, exponiendo la vida día a día, cuando volvía a su casa de Quilmes, de noche y desarmado. En los años del post-Proceso, desafió una y otra vez al cipayaje en sus variopintas expresiones, a riesgo de perder su empleo... y tenía seis hijos para mantener.
Siempre se jugó a fondo y puso el cuerpo, por más difícil e incómoda que fuera la situación. Era tan vulnerable como cualquiera, pero no soportaba los términos medios en defensa de la verdad. Profundamente creyente, sabía que, en todo caso, la muerte no es el final.
En la década del 70 recibía mensajes de amedrentamiento, que podían ser condenas a muerte, pero jamás retrocedió un milímetro de sus convicciones: había que detener al terrorismo marxista. Eso si, con la ley en la mano. Nunca justificó la represión ilegal e inmoral, ganándose así también enemigos de peso en el otro bando. Era, por sobre todas las cosas, un tipo noble y la nobleza lleva el honor escrito en la mirada. Respondía perfectamente a la definición de la palabra “quijote”: aquel que antepone sus convicciones a sus conveniencias.
Me encontré con él por primera vez en 1982 cuando, en medio del vendaval de calumnias que padecí al volver de Malvinas, salió a poner el pecho por mi, sin conocerme personalmente. Fue el inició de una amistad entrañable que, por cierto, no va a quedar interrumpida por su muerte.
MAESTRO DE PERIODISMO
Maestro de periodistas, dio clases elevadas del oficio, que quedaron registradas en medios como “La Nueva Provincia”, “Esquiú”, “Somos”. “La Semana”, “Políticamente Incorrecto”. Y también en libros: “Malvinas contrahistoria”, “¡Aniquilen al ERP!”, “Línea de fuego” (con Eduardo Allegri), “La droga está cerca”, “Los argentinos y el divorcio”. Uno de sus discípulos fue Carlos Reymundo Roberts, hoy prosecretario general de Redacción del diario La Nación.
Solíamos tener largas charlas. Su especialidad era el análisis político, despreciaba al periodismo amarillista. Cierta vez me dijo sobre ese tipo de reporteros: “Todos los días, saltando de la cama por la mañana, se zambullen en la superficie lisa de la vida cotidiana, arrebatando de ella todo lo inusual, lo horrendo, lo gritón, todo lo que de una u otra manera alteró la vida confortable de los habitantes, y lo arrastran a su medio. Y luego ese medio, a esta colección de todas las rarezas, bizarradas y tragedias, con todos los asesinatos, incendios y calamidades varias, la convierte en parte indispensable del confort del hombre común, que la consume en su mundillo protegido del espacio exterior”.
A Simeoni lo indignaba profundamente que los medios difundieran canciones con letras viles, dieran espacio a comentaristas de léxico e ideas indigentes, en vez de procurar elevar la vara. “Después la gente repite las ideas y frases más vulgares, pero nadie conoce a Lugones, ni a Castellani, ni a Hugo Wast, ni a Marechal”, se lamentaba. “Y en este océano de mediocridad y ordinariez se bañan nuestros pseudo intelectuales, como resultado del lavado de cerebros de los medios masivos, que no sólo imponen modelos deletéreos, sino que ocultan a los arquetipos. Nombres como los de Leonardo Castellani, Jordán Bruno Genta, Julio Menvielle, Juan Luis Gallardo han sido rodeados de ocultamiento, haciendo que sólo se conozcan los peores autores”.
Con esto, decía Simeoni, a los argentinos les estan robando el alma. Les implantan la dictadura del pensamiento único; todos deben pensar con criterio progresista, las individualidades brillantes con arraigo en las tradiciones nacionales son sospechosas y deben ser raleadas.
CAPACITACION EMOCIONAL
Para él, una persona que no ha experimentado una pasión abrasadora por la buena literatura, poesía, música, arte, que no ha pasado por esa capacitación emocional, para siempre quedará incompleta, aunque se destaque en ciencia y técnica. Es imposible ser una persona verdaderamente culta, sin haber experimentado admiración y exaltación frente a lo bello, bueno y verdadero.
Héctor Simeoni no sólo lo había experimentado, sino que eso había marcado y definido toda una vida de vocación y misión.
Hasta el reencuentro final, mi querido amigo, camarada y hermano.
