Hay que reconstruir la confianza

 

 

“Sólo los dioses pueden prometer

porque son inmortales”. (J. L. Borges)

 

Se había prometido la reforma estatal, la reforma impositiva, arancelaria, cambiaria monetaria y financiera. Falta mucho todavía para que las promesas se hagan realidad.

No se debería perder tiempo porque un programa global y simultáneo esperaba del Gobierno la mayoría de la población que lo  eligió. ¿Cuál es su error? No haber entendido que sólo con apoyo político y personas creíbles se puede revertir la caída actual y seguir creando las bases de un crecimiento sostenido. Todavía hay tiempo para pensar las cosas bien, restaurar la confianza, liberar todos los mercados y conseguir la estabilidad monetaria.

La gravedad de la situación del país amerita reflexionar seriamente sobre los problemas que aun falta resolver. La inflación, caballito de batalla del presidente Milei, está queriendo darle un susto. Hay que lidiar para derribar las causas que están llevando al aumento de la misma.

Lo fundamental para bajar la inflación y conseguir la estabilidad monetaria es aumentar la dosis de confianza, cosa que el gobierno últimamente ha tendido a deteriorar por los recientes hechos ocurridos que tienen a Manuel Adorni como personaje principal. 

Si suben los índices de inflación, lo sabemos por experiencia, puede impulsar descontentos, los cuales afectando lo económico y social podrían ser utilizados por quienes pretenden llevar al país por el rumbo que con acierto se dejó atrás, generando una convivencia social tormentosa.

Se agrega que la gente, a más de dos años de gestión, está pidiendo más resultados de la aplicación de las ideas liberales, se están cansando de hacer sacrificios. 

EL PESO DEL ESTADO

Los argentinos saben que el peso del Estado sobre las actividades privadas es uno de los errores que cometieron muchas administraciones anteriores y que el Gobierno está haciendo lo posible por enmendarlo. Pero  falta bastante para que la gente vuelva a confiar como meses atrás. 

Habría que ir más rápido y ello depende de medidas a tomar que requieren del apoyo de políticos, empresarios y de la gente. Se tiene que conseguir una firme economía de mercado y la imprescindible confianza de los argentinos y del mundo para impulsar la caída de la tasa de interés a niveles internacionales y fomentar la actividad productiva. Una política basada en la realidad o ésta se nos vendrá encima.

No es criticable el rumbo, o sea la orientación filosófica de la organización del país y los instrumentos básicos para llevarlo a cabo.

Se sabe que el presidente es voluntarioso amigo de la filosofía de la libertad. La historia, a cualquiera que la analice, le muestra que el sistema basado en el libre mercado, la propiedad privada y el gobierno limitado, es el mejor camino, el adecuado, el que proporciona un mejor nivel de vida a la gente.

Sin embargo, los políticos, los empresarios y los burócratas, que se han aprovechado en el pasado del favoritismo estatal, pondrán siempre palos en la rueda.

Existe un propósito deliberado para desprestigiar al Gobierno. No sólo de los políticos opositores sino también de parte de la prensa sin que importe la pesada herencia recibida: atacan cualquier punto débil no para hacer una crítica constructiva sino por el mero hecho de hostigarlo. Esto hay que destacarlo: irresponsablemente fomentan una vuelta a controles autoritarios en la economía, sin pensar en las consecuencias habituales que conlleva la inflación: escasez, mercados negros, descenso del nivel de vida y corrupción institucionalizada.

 ARDUA LUCHA

Javier Milei ha peleado desde siempre contra una onda intelectual con ideas de izquierda muy poderosa y difícil de resistir. Aún a pesar de lo que se dice no está en retirada, por ello no se debe dar tregua. La única forma de combatirla es dejar lo más rápidamente posible el sistema que nos ha empobrecido, hacer de la Argentina un país en el que la seguridad social, la educación y la alimentación estén al alcance de todos.

Ello se obtiene mediante la creación de las condiciones para la generación de riqueza, respetar la legalidad y no dar prebendas que se otorgan a unos en perjuicio de otros, o favores políticos. Esta es la verdadera revolución que esperan la mayoría de los argentinos.

Correspondería mejorar el comportamiento de los funcionarios, diferenciarse de los que ocuparon el anterior gobierno y lograr la unión de todos los que piensan de manera similar para empujar, juntos, por un destino mejor.

Obtener la cooperación voluntaria indispensable para una convivencia pacífica, la cual sea el resultado del bienestar no sólo para unos pocos sino para todos y en forma permanente.

La Iglesia debería dar una mano a este esfuerzo, no salir a consolidar a un sindicalismo que no se preocupa en realidad por la gente sino por abultar sus propios bolsillos.

La inercia  cultural hace que muchos hombres de la Iglesia rechacen el libre mercado, la libre competencia. No entienden que el hecho de competir no va en contra de principio éticos, por el contrario ayuda al bien común, facilitando el ajuste económico, eliminando del mercado a los ineficientes, y dando lugar a inversiones innovadoras las cuales hacen al mejoramiento de la vida social.

Demoras y conflictos internos en el Congreso, corrupción en sus propias filas, abusos y desinformación veraz en algunos medios de comunicación, canibalismo político en la esfera política, actitud permisiva a la corrupción enorme del gobierno anterior y pequeños actos de podredumbre dentro de las filas del gobierno, tienden a demorar y obstruir el modelo que nada tiene que ver con esos problemas.

Es lamentable porque la gente tiende a endilgarlos al sistema económico elegido, de extracción liberal, que se está intentando imponer en reemplazo del régimen anterior de clara filiación socialista.

Javier Milei ha adoptado, a pesar de los problemas, una actitud general en el tratamiento de los mismos, sujeta a una sana doctrina en materia financiera, de respeto y estímulo a la actividad privada. Tomó el camino más difícil;  era hora que alguien después del presidente Menem, se animara a hacerlo.

La probabilidad de que logre todas las soluciones propuestas no es muy alta hasta el momento, pero al menos se está esforzando por hacerlo.

Ni uno solo de los líderes que están en la escena nacional pudo exhibir unidad de pensamiento y de acción en muchos años, todos se acomodaron a los acontecimientos en lugar de tratar de conducirlos.

Incurrieron en lamentables contradicciones y claudicaciones y cuando dejaron el gobierno nunca  fueron explicadas. Sin embargo, piden que se los apoye otra vez.

El desorden, la confusión ideológica, la inestabilidad propia de las terceras posiciones y la corrupción han sido propios de gobiernos dirigistas a los que no habría que regresar porque son campo propicio, como sucedió en Cuba, para la instauración de gobiernos autoritarios o totalitarios.

Si se logra aumentar la confianza y el apoyo de la gente se podrá decir en un futuro, seguramente próspero, lo que dijo Ludwig Erhard, el exitoso ministro de economía alemán en la posguerra, cuando se le felicitaba por lo que se llamó el milagro alemán: “Fue la consecuencia del esfuerzo de todo un pueblo que siguiendo principios liberales, ha conquistado la posibilidad de volver a emplear su iniciativa y sus energías. Por lo tanto si este ejemplo ha de tener algún sentido más allá de las propias fronteras, éste será hacer presente al mundo entero el triunfo de la libertad humana y del libre funcionamiento de la economía”.

 * Miembro de Número de la Academia Argentina de la Historia. Miembro del Instituto de Economía de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Premio a la Libertad 2013 (Fundación Atlas). Autora de “El Crepúsculo Argentino” (Ed. Lumiere, 2006).