Había una vez… una vacuna contra la estupidez

Este no es un cuento sobre algo que ya pasó. Aclaro. Y ni siquiera sé decirles si era estrictamente una vacuna, un chip o cualquier otra cosa, pero alguien descubrió una especie de remedio contra las estupideces que decía la gente.

La cosa es que funcionaba: cuando alguien quería decir una estupidez, algo le paralizaba la lengua y se quedaba mudo. El invento fue recibido con aplausos y premios, tanto que todos los gobiernos del mundo decidieron implementarlo de forma obligatoria. La estupidez era reina y señora del mundo, una verdadera epidemia, y había que hacer algo. Probablemente no se dieron cuenta de que atentaban contra sí mismos, porque todos esos gobiernos estaban asentados sobre el trono de la estupidez universal. Nadie quedaba fuera. Todos sus gobernantes habían accedido al poder gracias a la omnipresente estupidez de sus pueblos; así que, sin saberlo o sin pensarlo, cavaron sus propias tumbas.

Pero, como les conté, al principio todos festejaron. Estaban sinceramente convencidos de que la estupidez provenía de afuera y que los estúpidos eran los otros. Lo cierto es que, a los pocos días de implementarse esta vacuna obligatoria en todo el mundo, ese mismo mundo se hundió en un silencio profundo que al principio resultó curioso y después, angustiante.

¿Cómo funcionaba?

No tengo ni idea, pero el resultado era que todo aquel que quisiera decir una estupidez era refrenado invenciblemente. A veces las estupideces se dicen sin pensar, otras pensando mucho… y el remedio funcionaba siempre. Tanto para los que hablan sin pensar como para los que piensan muy bien las estupideces que van a decir.

CAMARA DE DIPUTADOS

Como les decía, el mundo se hizo silencioso. Era curioso ver, por ejemplo, los problemas que causó en los noticieros de televisión: aparecían los periodistas… ¡y se quedaban mudos frente a las cámaras! Pero el espectáculo más grotesco se dio en la Cámara de Diputados de nuestro país, donde desde hacía larguísimas décadas solo se oían tonterías mezcladas con gritos, insultos y todas esas porquerías a las que nos tienen acostumbrados.

Lo que pasó en la primera sesión fue histórico. Se juntaban todos los diputados para aprobar una de esas leyes imaginadas en el más profundo de los círculos del infierno. Todos tenían las uñas afiladas y las lenguas bífidas preparadas para que, en ese mar de gritos e insultos, saliera aprobada una nueva ley perversa. Y sucedió lo mismo que en todas partes: reinó el silencio. Lo único que se oyó fue un saludo de “buenos días”. Después, nada más.

Muchos tenían sus discursos escritos, pero ni siquiera así podían decirlos. Uno de los diputados más furiosos y rabiosos se puso de pie, todo colorado, al ver su nueva incapacidad. Intentaba en vano hablar cuando parece que le dio un ataque, porque empezó a faltarle el aire. Así fue que se oyeron las segundas palabras de la noche: “¡Llamen a un médico!” “¡Un vaso de agua, por favor!”. Al tipo nadie lo quería y él tampoco quería a nadie, pero en esos momentos lo único que se escuchó fueron intenciones de ayuda. Fueron vanas… Habrá sido un ataque masivo. Murió ahí nomás. No se pudo hacer nada. La gente intentaba decir las frases comunes de esos momentos, pero ninguna salía. Lo único que se oyó fue que alguien dijo: “Pobre tipo, que Dios le perdone todas sus macanas”.

Visto y considerando la situación, el presidente de la Cámara pudo decir: “Se suspende la sesión”. Se ve que los resultados de la vacuna eran progresivos. Al principio la gente seguía pensando estupideces, pero como no las podía expresar, ese hábito se fue perdiendo. En las calles solo se oían cosas buenas que empezaban con “buenos días”. El presidente quiso dar un discurso por cadena nacional.

- ¿Qué es eso?

- Un invento perverso para que los que tienen el poder hagan oír a todos las cosas que nadie tiene ganas de oír. Allí estaba el pobre tipo tratando de hablar… y nada, nada de nada. Al que mandaba en la transmisión se le ocurrió, para terminar el papelón (vaya a saber por qué), poner el tango“Cambalache” ya empezado:

“Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador,
Todo es igual, nada es mejor,
lo mismo un burro que un gran profesor.
No hay aplazados ni escalafón,
los inmorales nos han igualao,
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón…”
.

Al presidente le dio un ataque de rabia y gesticulaba como un poseído, pero sin poder decir una palabra. Fue el segundo muerto. La gente empezó a preocuparse, más aún cuando averiguaron que el tango que describía tan bien la realidad que estaban viviendo no lo había programado nadie. Era como si la vacuna viniera también con una inteligencia ajena… inexplicable.

Se empezaron a borrar muchas de las estupideces viejas: películas, músicas, libros desaparecieron. Nadie sabía qué hacer… porque si antes habían estado dominados por la estupidez, ahora que ya no existía, se quedaron mirándose unos a otros. Todo cambió y para siempre. ¿Fue bueno o malo?

En la mayoría de las cosas fue algo positivo; del silencio reinante nacieron muchos frutos positivos. Se perdieron también muchas sonrisas inocentes, y eso fue malo, porque el humor es inteligencia verdadera. Algunos se dieron cuenta de eso y se quedaron pensando…