Había una vez… un pichiciego
- Un día hubo un encuentro curioso: el pichiciego Ramón se enfrentó a Oscarcito, una lechuza de las vizcacheras. Lechuza macho, bien macho el Oscarcito. De pocas pulgas. Ahí se toparon dos formas de entender la vida… dos concepciones del saber, filosóficas…
- No, abuelo, si empezás así, ya perdiste a todos tus oyentes, dijo la segunda de mis nietas. Yo creo que esa chica va a ser maestra. Y es cierta su objeción. Tachemos entonces lo último.
- El pichiciego era un tipo al que difícilmente hubiese algo que lo pudiese sacar de su cueva. ¿Viste alguna vez alguno?
- No.
- Yo, en vivo, tampoco. Son rarísimos… Tienen una caparazón parecida a las mulitas, pero son más chiquitos. Y Ramón era todavía más raro; ni se lo veía por el pago. Vivía entre las raíces de un viejo algarrobo y nadie sabía bien a qué se dedicaba. Pero cuando salía al bordecito de su cueva se dedicaba a advertir a sus vecinos sobre los miles de peligros que los rodeaban. Y lo hacía con datos que parecían ciertos, porcentajes y otras yerbas que dejaban a todos impresionados y preocupados.
Había encontrado en una cueva abandonada un viejo artefacto humano: un espejo brillante cargado de datos e imágenes que lo hipnotizó. Se pasaba el día bajo tierra, pegado a la pantalla de su cristal.
- ¡Un celular!
- Exacto. Y ese encuentro lo arruinó. Ahora decía que sabía el número exacto de granos de arena de la playa que tenían por ahí, sobre el Río Dulce, pronosticaba la velocidad de los vientos con días de anticipación, para todo tenía respuestas. Se sentía el pichiciego más sabio de la llanura porque lo sabía de todo sin necesidad de asomar la nariz al exterior.
Sin embargo, vivía aterrorizado. Alertaba sobre grandes sequías, seguidas por inundaciones. Un día se puso a gritar que Paris se estaba quemando y una cotorra que andaba por ahí empezó a gritar: ¡incendio, incendio! Se alborotaron todos, porque un incendio podía ser el fin… Pero como no se veía ni humo ni nada, cuando se juntaron frente a la cueva para pedirle explicaciones, y él le dijo que el incendio se estaba produciendo en un lugar que ellos nunca habían oído, a miles de leguas de distancia, se quedaron mirándolo fijo. El benteveo cambió su grito característico y dijo: “¡Bicho raro!” Todos se rieron.
CADA VEZ PEOR
La cosa se fue agravando día a día. La mente de Ramón ya solo procesaba amenazas. Para él, su pago ya no era un hogar, sino un mapa de peligros; y los demás animales no eran vecinos, sino extraños de los que debía desconfiar para sobrevivir.
- ¡Ramón!, le dijo Óscarcito con entusiasmo. Salí un ratito de tu cueva, ha florecido todo y el perfume del monte es un paraíso.
El pichiciego, sin apartar los ojos de su cristal brillante, le respondió desde el fondo:
- El aroma es solo una percepción química subjetiva, Oscarcito. Además, mis datos indican que hay un 73% de probabilidad de que esa floración atraiga parásitos dañinos. El mundo allá afuera es un caos identitario y peligroso. Deberías resguardarte en lugar de oler flores y no ser tan superficial e ignorante como los demás.
Que le dijese ignorante a la lechuza fue la gota que derramó el vaso. Y se empezaron a tirar con todo. El que andaba por ahí era el tero Tomás y como todos los teros era atento y servicial intentó mediar y arreglar la tormenta que se había desatado.
- ¡Atenti! ¡A ver si se callan y me dicen qué está pasando!, les gritó.
- Yo no sé que le pasa a este bicho, pero a mí no me engaña, yo sé que se la pasa todo el día mirando una porquería que tiene allí en el fondo de la cueva y después viene con ideas cada vez más raras. Antes era un tipo tranquilo, pero ahora se cree mil y da lecciones como un profeta y maestro.
- ¡Envidioso!, fue la única defensa que atinó a decir el más ciego de los pichis.
- A mí no me importa que ande diciendo tonterías a los jóvenes, a mí me molesta que los confunda, porque no hay cosa más asquerosa que la ignorancia revestida de ciencia. Y confundir a la pobre gente es algo de lo más perverso que se puede hacer. Quiero retar a duelo a Ramoncito, así nuestros paisanos se van a avivar…., el pichi se asustó y se puso a temblar. Oscarcito lo miró con una mezcla de pena y bronca y agregó:
- Bicho flojo… te reto a una payada a ver quién conoce lo que es la verdadera sabiduría.
- N…nnn…no sé responder en versos, respondió titubeando.
- ¡Bicho flojo!, repitió el benteveo desatando risas.
- Ni pa’rapero servís. Discutamos en público y vos hablá como sepas… lo que no es mucho, la lechuza estaba que hervía.
- Voy a necesitar mirar mis apuntes, dijo mostrando su celular.
-Mientras no te dejes manejar…
***
Se juntó todo el bicharraje del pago en la laguna seca y comenzó Oscarcito:
- Me va a decir Ramoncito, /para qué sirve el saber / si es que lo llega a entender. / Y le ruego que lo diga: / si ha encontrado la miga / y le ha valido el leer / tanta macana en su cueva / sin salir ni para ver /el sol que nace y renueva.
El tero Tomás, que es muy tradicionalista, le dijo:
- ¡Te faltó un verso chamigo!
El pichi se quedó patinando en silencio un rato… hasta que dijo:
- Sé cuándo sale el sol y cuánto en el cielo va a durar… yo le puedo asegurar, que no necesito verlo, pa’ saber que trae tormentas y refugiarme en mi suelo.
- No es vida vivir ansí / escondido y asustado, / ¿le repito mi pregunta / o va a dejarme colgado?, le contestó mosqueado Oscarcito.
Justo en ese momento se oyó un trueno y se largó a llover tenuemente. El pichi corrió a su cueva asustado en serio, mientras los demás lo miraban con tristeza. El benteveo volvió a decir: “¡Bicho flojo!” El tero lo miró a Oscarcito como preguntándole cómo seguía la cosa y le dijo:
- Aprovechó la volada Ramoncito, porque no sabe para qué sabe lo poco que sabe… , y se le vinieron al pico los versos de Martín Fierro: “… es mejor que aprender mucho / el aprender cosas buenas.”
- Sabés qué pasa, hermano… -cerró la lechuza, para aprender en serio hay que esforzarse y sudar…
- Y sufrir…, agregó una vaca vieja que estaba oyendo todo atentamente y rumiaba bien lo que decía.
- Y “saborear” … no se olviden que el saber tiene sabor,
se oyó decir detrás de un tronco. ¿Y a que no sabés quien lo dijo?
- No, respondió mi nieta.
- Una chica que estaba oyendo todo en silencio y que se llamaba igual que vos, y tenía tus mismos rulos y tus mismos ojos…
- ¿Era yo?
