Había una vez… un guanaco

-Abuelo, contanos una historia con animales… -empezó uno.
- ¡Con escorpiones! - saltó otro.
- ¡No! Con osos… - parece que los dinosaurios cayeron en el ranking…
- Bueno, yo solo puedo hablar de cosas que conozco al menos un poco… Así que elijo yo: vamos por una historia de guanacos…
- ¿Dónde?
- Hoy, donde son más abundantes es en la Patagonia, pero en otros tiempos hubo por casi todo el país. Prefieren especialmente las zonas montañosas, seguramente porque allí están más seguros de sus enemigos.
- ¿Quiénes son sus enemigos?
- Bueno, eso es parte de la historia -le dije tratando de pensar rápidamente.
- ¡Los pumas! —saltó el mayor.
- Sí, claro. Hoy son casi sus únicos “depredadores” naturales.
- ¡Y los jaguares!
- Nosotros les decimos “yaguaretés”. Hoy quedan muy poquitos por el Norte. No se cruzan. En otros tiempos sí, probablemente sí, aunque son más selváticos… Y como la historia pasó hace pocos años, los enemigos de estos guanacos eran los pumas y los cazadores. Ambos por necesitad, hay que aclarar. Los guanacos los verían como enemigos y los otros como alimento. Es natural, no es algo malo. Donde estaban estos guanacos, los hombres casi no llegaban. Bien adentro de la cordillera. Quizás con las crías también se metieran los cóndores o los zorros… Hablando de eso, ¡un premio para el que me diga cómo se llaman esas crías!
- ¡Guanaquito! –saltó la primera.
- …
- Premio perdido… Bueno, no, lo repartimos al final, porque es difícil. Los llaman: “chulengos”. Los chulengos viven unos meses con la “manada familiar” y después se van a vivir solos. Especialmente los machos. Acá llega el cuento.
En las montañas de Santa Cruz, cerca de un gran glaciar, había una de estas manadas. Era chiquita. Mandaba un macho viejo, había solamente tres hembras. Chiquita porque lo común es que sean bastante más numerosas. Venían bastante castigados por el clima. El invierno había sido muy nevador, después no llovió nada, así que había poco pasto por sus parajes y el año pintaba mal. Así que el guanaco jefe se puso a pensar…
- ¡Los guanacos no piensan! - saltó la objetora…
- Es una fábula, nena… -le dijo su hermano con suficiencia.
- Claro –le dije yo, feliz de tener un aliado.
- Bueno… dale a ver si empezás…
- El Jefe se puso a pensar en el futuro de su manada. Él ya estaba viejo y como venía el año, sería prudente de su parte elegir sucesor. El problema era que tenía dos hijos y a ninguno lo veía con pasta de jefe. Uno sabía mucho, pero no entendía nada. El otro no sabía nada, pero entendía todo. ¿Ustedes a cuál elegirían?
- ¡A ninguno de los dos!
- En este caso no había otra opción posible, no era como en nuestras elecciones donde nos presionan a elegir al menos malo de dos, aunque haya otros. Acá, otros no había. Andaba el Jefe pensando qué hacer cuando un rugido terrorífico retumbó entre las rocas.
- ¡Un puma! -gritó una de las chicas.
- No era un puma cualquiera. Era un macho grande, flaco de hambre, con los ojos amarillos brillando como hielo. El invierno había sido duro para todos y ahora bajaba de las alturas buscando carne fácil. Y lo más fácil que vio fueron los cuatro chulengos que jugaban cerca del arroyo. El Jefe no dudó ni un segundo. Bajó la cabeza, echó las orejas hacia atrás y salió como un rayo.
“¡Atrás de la roca grande!”, les gritó. Los dos hijos se quedaron paralizados un instante. El que “no sabía nada” abrió la boca sin emitir sonido. El que “creía saber todo” dio un paso adelante y luego uno atrás, sin decidirse. El viejo ya estaba encima del puma. Fue una pelea corta y feroz. El guanaco jefe era viejo, pero tenía toda una vida de cordillera en las patas y en los dientes. Mordió, pateó, embistió. Logró que el puma retrocediera. Aparentemente. Pero en un giro rápido clavó sus colmillos en el cuello del viejo. El Jefe dio un último bramido ronco, empujó con las patas delanteras y logró que el puma rodara por la pendiente. Luego cayó él mismo sobre esas piedras... En el fondo del barranco quedaron los dos inmóviles. Se hizo un silencio terrible.
Los dos hijos se miraron. Por primera vez en su vida no había un padre que decidiera por ellos.
El que “no sabía nada” fue el primero en moverse. Corrió hacia un chulengo herido y lo empujó con el hocico y lamió sus heridas. El que “creía saber todo” también lo vio y, sin decir una palabra, se puso al lado de su hermano.
Entonces, los dos, miraron al resto de la manada. “¡Vamos!”, les dijo el mayor. “¡Juntos!”, agregó el menor.
Cuando el bien común está en peligro, los que valen se unen.
La manada, ahora guiada por los dos hermanos, bajó un poco más al valle donde todavía había pasto. Sobrevivieron ese año tan duro. Y cada vez que llegaba un chulengo nuevo, los dos hermanos les contaban la misma historia: la del viejo Jefe guanaco que murió defendiendo lo que más quería y de los dos hijos que, al final, aprendieron a ser uno solo.
Ahora, ustedes me dicen sus conclusiones –les dije concluyendo.
- Se llama “moraleja” - me corrigió la de siempre.
- Si te alcanza un par de versos, sería una moraleja, yo espero más de ustedes, así que quiero una “moralaza” o “moralota” –le contesté para que no me gane.
- Que si los hermanos no se unen, se los come el puma –dijo el mayor. Había leído en un cuadrito la frase de Fierro.
- Que todos pueden mejorar si tienen un buen ejemplo… - Bien, aunque agregaría que para que puedan mejorar, tienen que tener buen corazón, porque hay muchos a los que ni los buenos ejemplos les sirven… –les advertí pensando en que no siempre las cosas salen bien… Y meditando en eso salió otro de los chicos diciendo:
- Yo al puma, lo voy a buscar y lo reviento a patadas antes de que quiera atacarnos… - y ya metido en ese papel, se tiró salvajemente encima de sus primos. A las ocasiones hay que agarrarlas en vuelo…