Había una vez… un Papa en Argentina
Fui testigo de aquellos tiempos. Apenas llegado, Juan Pablo II aclaró que venía a cumplir “el deber impuesto por el mismo Cristo a Pedro y a sus Sucesores a través de los siglos: confirmar a sus hermanos en la fe”. Y lo hizo en forma completa y sistemática. Ordenada. Un itinerario impresionante que abarcó 10 ciudades de 9 provincias. 26 discursos y homilías ante más de 4 millones de personas.
No fue una “gira” en que se repitieron temas, no improvisó, al contrario. Aprovechó cada lugar al que llegó para tocar algún aspecto importante de nuestra vida. Quiso ir a todos los rincones y hablarnos a todos. Autoridades civiles y eclesiásticas, sectores productivos -campesinos, obreros y empresarios-, a las familias y a los enfermos en Córdoba, al mundo de la cultura en el Teatro Colón, a inmigrantes en Paraná, a presos y olvidados. A jóvenes y viejos.
En la Catedral de Buenos Aires dijo: “Espero muchos frutos de esta peregrinación apostólica. Frutos de renovación espiritual, de fidelidad a la Iglesia, de servicio a los hermanos”. ¿Llegaron esos frutos con el tiempo?
VOCACION
San Juan Pablo II repitió a diestra y siniestra que estábamos llamados a la perfección y que esa perfección (posible si nos dejamos llenar por Cristo) se llamaba “santidad”. Ay, ay… el mundo sigue teniendo algo de alergia a esa palabra, por eso ya no se la predica. Debería tener admiración por el santo, pero no… Quizás por que el santo nos interpela y cuestiona. El santo es aquél que, por ser vivo reflejo del Maestro, nos muestra que el Bien, la Verdad y la Belleza no son ideales inalcanzables. Están allí, a la mano de todos.
“La Iglesia -nos decía- necesita hoy más que nunca, de fieles que experimenten personalmente y transmitan a toda la comunidad, ese mensaje luminoso de la vida de Jesús: la labor diaria debe insertarse en el plan divino de salvación, el trabajo es una bendición de Dios, y forma parte de la vocación inicial del hombre. Con la mirada puesta en Dios -repito- podéis y debéis santificaros sin apartaros de vuestras ocupaciones diarias, en el campo, en la familia, en el trato de amistad, en las diversiones, en el descanso.”
Pero los argentinos tomamos el camino opuesto. El Papa proponía un camino que hoy ni siquiera la mayoría de los pastores recuerdan: “para que el trabajo humano sea realmente colaboración con Dios, es preciso también, amados hombres y mujeres de esta noble tierra, que en vuestra vida tengáis trato asiduo con Dios, que cumpláis sus leyes y sus preceptos. Consiguientemente habéis de conceder un espacio de tiempo al culto divino, participando en la Santa Misa los domingos y días de fiesta, como expresión de vuestra vida cristiana y del sentido religioso que os distingue. Acercaos al sacramento de la reconciliación, que os ayudará a mantener limpia y transparente vuestra conducta moral y recibid con frecuencia al Señor Jesús realmente presente en la Eucaristía. Escuchad la palabra de Dios y acudid a los sacramentos instituidos por Cristo, como medio indispensable para todos: hombres y mujeres, jóvenes y adultos”.
EL RECUERDO DE SU ESTAMPA
Ciertamente que fue uno de los hombres más carismáticos de todos los tiempos. Su porte lo ayudaba. Su sonrisa franca y mirada penetrante eran signos de que le importaba “el otro”, “los otros”. De joven supo ser actor, pero él no actuaba, “era”. Y así su personalidad nos quedó marcada en el alma. En aquel viaje, cuando lo conocimos todavía joven y lleno de fuerzas, y también cuando, ya anciano, dio testimonio hasta el fin. Creía y vivía la alegría de ser cristiano. Y lo transmitía con claridad y sin ambigüedades, que es lo que distingue a un “buen pastor”.
Como cuando nos exhortaba a cuidar la familia. Lo dijo con fuerza: “No lo olvidéis nunca: ¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!. Si se pierde la familia, es el mundo el que se pierde… La familia es el santuario de la vida y el corazón de la sociedad; defendedla contra cualquier intento de menoscabar el genuino amor matrimonial".
Pero claro, acá somos hijos de Porcel, Olmedo, Tinelli y Moria. Cuando San Juan Pablo sostenía que la fidelidad conyugal era "fuente inagotable de verdadera libertad", nosotros festejábamos lo contrario. ¿Creíamos que la familia era lo más importante? Sí, de palabras para afuera. ¿La cuidamos? No. Terminantemente no. La familia fue y es el enemigo número 1. Ni el segundo ni el tercero: el primero. Hablar de mamá, papá, hijos (¡peor si son varios!), terminó siendo mala palabra para los progres: poco inclusivo. ¡Hasta fue prohibido en las escuelas!
CULTURA
Decíamos que el mensaje de Juan Pablo II fue orgánico. Siempre guardé en mi corazón el mensaje “a los hombres de la cultura” que dio en el Teatro Colón. Como brújula certera y, también con un poquito de resentimiento. ¿A quienes hubiese invitado usted a ese encuentro? Pues no… a esos no. Se invitó a muchos de los exponentes de lo que JPII llamó cultura falsa. Yo era un jovencito, pero es lo que vi. El discurso fue espectacular. Una pequeña muestra: “Una urgencia particularmente importante hoy para la renovación cultural es la apertura a lo universal (…) La cultura, en efecto, al poner al hombre en contacto con inquietudes, ideas y valores que tienen su origen en otros lugares y tiempos, ayuda a superar la visión limitada, fruto de una dedicación exclusiva a un ámbito determinado (…) Una cultura sin valores universales no es una verdadera cultura”. Hasta aquí todos aplaudirían, porque por “valores universales” hoy cada uno entiende los que quiera entender. Pero esos valores que sostenía eran los de siempre, los olvidados, las cosas que “valen” en serio. Textual: “la verdad, la belleza y el bien, como la libertad, son valores absolutos y que, como tales, no dependen de la adhesión a ellos de un número más o menos grande de personas. No son el resultado de la decisión de una mayoría, sino que, por el contrario, las decisiones individuales y las que asume la colectividad deben estar inspiradas con estos valores supremos e inmutables, para que el compromiso cultural de las personas y de las sociedades respondan a las exigencias de la dignidad humana”.
REDONDEANDO
Al llegar a la Argentina nos había dicho que esperaba muchos frutos. Y nos dejó muchas enseñanzas para poder alcanzarlos. ¿Llegaron?
La República Argentina toda entró en un declive imparable… Ni renovación espiritual, ni de fidelidad, ni servicio. Quizás sí hubo por aquellos años un impulso fuerte que despertó alguna ilusión. No mucho más. Si evaluamos la vida de los argentinos desde aquellos tiempos, vemos que nos hemos degradado como sociedad. Y en esa bolsa pongamos todo lo que corresponde: vida familiar, derechos elementales como el de la vida, cultura, educación, política, Iglesia, fe… Lloremos por nuestra falta de frutos.
SALVEDAD
Al pie del avión, cuando ya no volvería a pisar nuestro suelo, dijo: “Ruego a la Virgen de Luján, que os alcance de su divino Hijo la gracia para corresponder fielmente a las exigencias de vuestra vocación cristiana.”
Y esa última oración quedó en la eternidad y todavía los ángeles la escuchan. Yo creo que la multitud creciente de peregrinos que año a año van a ver a la Virgen, son un signo de esperanza. Ponga todas las objeciones que quiera, pero cada año son más, aunque el “mundo” trate de ignorarlo. Este año rozaron los 3 millones, y cuando el río suena…
Y sé que San Juan Pablo II está rogando en este mismo momento para que los argentinos nos volvamos a unir alrededor del Papa para volver al camino del Bien, la Verdad y la Belleza. Fácil no va a ser, pero allá arriba su voz tiene peso.
