Había una vez… dos hermanos
Como les estaba contando la semana pasada, había una vez un rey que tenía dos hijos mellizos y que, aunque de aspecto eran casi idénticos, en todo lo demás eran muy distintos.
Uno era sumamente formal. Bien vestido, siempre elegante, cumplidor hasta el extremo de las normas y protocolos reales. Tan correcto que parecía un puritano…pero frío y distante como un témpano.
El otro era todo lo contrario: informal hasta el extremo, muy dado a la diversión, desordenado y medio vicioso, cosa que en esos tiempos era muy escandaloso. Fuego puro, pero del que quema, no del que calienta.
El rey, en cambio, era un hombre muy sensato, equilibrado. Un buen rey. Quizás no tan buen padre, pobre. La madre de los príncipes había muerto muy joven, y él se tuvo que arreglar para educar a los hijos como pudo. Es cierto que tenía ayuda, pero la tarea del padre es indelegable y las necesidades del reino le consumían gran parte de sus jornadas y de sus fuerzas.
Eso hizo, probablemente, que los hijos le salieran tan distintos. La política, el gobierno, es una ocupación cruel que a veces exige demasiado…Y no es raro que pase lo que les pasó a este pobre rey y a estos pobres príncipes. Su madre, una santa reina, los hubiese podido guiar. Aunque los hombres somos libres para poder elegir entre el bien y el mal, los buenos ejemplos que recibimos en casa suelen inclinar la balanza. A ellos les faltó “amor de madre”. Un amor clave, imprescindible,
EN CAMPAÑA
El reino estaba en un lugar difícil de Europa y en una época más peligrosa todavía, llena de guerras e invasiones. No era un reino rico, pero estaba en un lugar estratégico por el cual pasaban importantes rutas comerciales que despertaban apetencias de los reinos vecinos. Así es que, además de todo, el rey pasó gran parte de la infancia de esos niños en campañas militares y campamentos.
Cuando fueron creciendo, todo los llevó a querer ser soldados como su padre. Y fueron buenos guerreros, pero solo en parte. El rey envejecía y pensaba: “¿quién de mis hijos sería mejor rey cuando yo me muera?” Pero era lúcido y veía tanto las virtudes, como los hondos defectos que ellos tenían. Así que no sabía qué hacer. Esperaba que Dios lo ilumine por el bien de su gente.
La peor invasión que intentaron los enemigos del reino lo encontró ya viejo. Pero, aunque el rey era un toro y su gente lo seguía con un ímpetu invencible, por primera vez, lo hirieron de gravedad y, entre fiebres y delirios, ya nunca más pudo salir de sus aposentos.
Llegó a repartir el mando entre sus hijos de forma equitativa: a Esteban, el elegante, le confió el ejército del Norte. A César, el desordenado, el del Sur. Tanto al Este, como al Oeste, altas montañas los protegían naturalmente.
Los príncipes combatieron por meses y lo hacían bien. Y sus tropas eran fuertes y fieles, aunque hay que aclarar que eran fieles más por el rey que por ellos, porque nunca habían sabido ganarse el corazón de la gente.
El rey seguía enfermo, consumido por las fiebres. Cada día más delgado, cada día más ausente. En los pocos ratos de lucidez preguntaba por sus hijos y la guerra. Las noticias no eran malas, aunque todo marchaba lentamente y él, tiempo ya no tenía. A veces se despertaba gritando sus nombres. A veces, llamando a la difunta esposa, la reina.
En el castillo se enseñoreaban las tinieblas. Era invierno y, en esos lugares, el invierno era siempre oscuro, siempre triste.
Se alegraron las cosas cuando los invasores se retiraron vencidos. Las batallas habían sido largas y crueles. Las cicatrices abundaban en todos los cuerpos. Aunque siempre las cicatrices del alma son las peores,
y eso se vio cuando el Ejercito del Norte se reunió con el Ejército del Sur.
Ambos ejércitos llevaban las banderas del rey. Ambos vibraban al son de trompetas y redobles de tambores. Sus jefes victoriosos se encontraron en el campo y, en vez del abrazo que todos esperaron, se miraron con recelo. Sus hombres los aclamaron, porque, por más que todos luchaban por el mismo rey y por el reino, la fortaleza de sus capitanes había sido memorable y se habían ganado el respeto de los suyos. Pero a ninguno de los príncipes le gustó el entusiasmo de los otros.
Y así fue que sin que nadie se diera cuenta de cuál fue la primera chispa, el viejo fuego que había entre hermanos se encendió en un duelo doblemente mortal. Dicen que bastó una mirada.
Ambos esperaron que sus tropas les respondiesen, pero las tropas sabían que el rey los hermanaba y no estaban dispuestas a romper ese pacto. La pelea de los dos hermanos fue salvaje y triste, muy triste.
Algunos intentaron poner calma, pero era imposible. Muchos meses de guerra habían calentado la sangre de los hermanos. Muchos años de rencores se veían en cada golpe. No hay nada más trágico que una pelea fratricida, sobre todo cuando la muerte hace su trabajo y no deja lugar para el arrepentimiento.
El rey, entre las nieblas de su mente enferma, pudo oír las trompetas y los tambores cuando anunciaban la victoria, lo que nunca supo fue cuán amargo había sido su triunfo. Alrededor suyo callaron el otro desenlace y ese pobre rey murió feliz, pensando en sus hijos, esperándolos.
LOS FANTASMAS
-Abuelo, esta historia es fea… -dijo uno de mis nietos con el ceño fruncido.
-Horrible es, sí -respondí-. Porque pocas cosas hay más tristes que ver cómo dos hermanos, que podrían haber sido felices, terminan destruyéndose. En el castillo, desde entonces, las noches se volvieron terroríficas. Se oían choques de espadas en los corredores vacíos, gritos ahogados que nadie podía acallar y el eco de dos voces que alguna vez fueron de niños.
Con el tiempo, lo abandonaron. Nadie quiso vivir entre esas paredes que recordaban la peor de las derrotas: la que ocurre dentro de una misma familia. Sin embargo, lo mantuvieron en pie durante años, como una cicatriz. El castillo se alzaba silencioso sobre la colina, no como un monumento a la gloria, sino como un aviso sombrío.
-¿Y los hermanos nunca se llegaron a arrepentir? -preguntó la más pequeña. Me quedé un momento en silencio...
-Eso solo lo sabe Dios. Tal vez en el último instante, recordaron al padre y a la madre que los habían amado, tal vez...Ojalá...
-¿Y los fantasmas?
-Ah, de eso yo no entiendo nada…Sólo les cuento lo que se decía por ahí.
