Había una vez… dos cóndores (III parte)

Homenaje a Casimiro Ferrari a los 25 años de su partida.

- ¿Sabés que me llegó otra historia de la Mara y el Cóndor?, le dije al nieto.

- ¿Por WhatsApp?, contestó sonriendo…

- Me la trajo el viento.

- Al viento hay que oírlo, así que contámela.

- Mari-mari estuvo esperando a su hermano varios días. Empezó a sentirse preocupada y ansiosa… eso de esperar no iba con su carácter. Aunque lo cierto es que había mejorado y empezaba a gustar de vez en cuando mirar el cielo en silencio… No demasiado tiempo, pero por algo se empieza. Lo cierto es que estaba llena de preocupaciones, en estos últimos días habían llegado un montón de máquinas y empezaron a desmontar un lindo bosque de lengas a orillas del río. El pueblo pretendía ser ciudad y crecía. Lo cierto es que durante los veranos era un hormiguero de gente la que iba por todos lados. Caminaban, pero a ellos les gustaba decir que hacían “trekking”. Con salirse un poco de las huellas marcadas, ya no había ninguna posibilidad de cruzárselos. Igualmente, eran medio ciegos. A su marido lo fastidiaban y sencillamente los ignoraba. Pero nuestra amiga era inquieta y quería saber. Además, las máquinas se oían desde lejos. ¿Con quién podría hablar de estas cosas que no fuese con don Cóndor? Y no aparecía. ¡Vaya a saber por dónde andaba!

Para la Mara, esa espera fue una ascesis…

- Abuelo, ¿qué es eso? Suena como asqueroso…

- Perdoname, soy un ridículo usando esa palabra… podría haber dicho “un ejercicio”. ¿Qué te parece que Mari-mari ejercitaba esperando?

- Paciencia.

- Exacto, y con ella vienen muchas otras cosas. No sabemos si la hizo esperar por eso, yo creo que no, porque era elegante. Lo gracioso fue una vez que el marido le preguntó qué hacía cuando se iba al cerro y se quedaba mirando el cielo, y ella le respondió: “Contemplo”.

Cóndores había muchos por la zona, pero desde muy lejos Mari-mari sabía distinguirlos, por eso se alegró como una niña cuando lo vio planeando en círculos lejanos todavía, pero acercándose.

- Mari mari, peñi, ¿chumleymi?, le dijo la Mara con una gran sonrisa.

- Aquí estoy,  contento, mi hermanita…

- Yo lo estuve esperando muchos días…

-…pero como pensábamos el uno en el otro, estábamos presentes… misteriosamente presentes, ¿no?

- Claro, pero necesitaba verlo… y oírlo.

- Yo también, pero hay un tiempo para cada cosa. Volé a la orilla del mar. Nunca lo había visto. Por más que subía a las alturas nunca vi otra orilla. Me habían hablado del mar.

- Yo no sé qué es eso…

- Como un inmenso lago… Necesitaba verlo y sentir esa infinidad… y saber que allí tenía ese límite que nunca iba a poder pasar. Voy viendo que se me acerca “el gran límite” y tengo que prepárame.

- ¿De qué habla mi hermano?

- Nada, cosas de viejo nomás. Quizás algún día charlaremos de esas cosas, pero ahora te veo preocupada, ¿qué le anda pasando a mi chiquita?

- Los hombres… arruinan todo.

- Los hombres buenos son la maravilla del Creador, su imagen y semejanza; los malos, son tristes caricaturas deformadas de lo que deberían haber sido. Yo tuve un hermano del que aprendí mucho, Casimiro, un italiano pequeño y fuerte con el que recorrimos muchas montañas. Le debo mucho… quizás la vida eterna. Lo llamaban simplemente “Miro”.

- ¿Qué es eso?

- La vida más allá de la muerte, los hombres saben que existe y Casimiro, la última vez que nos vimos, antes de cruzar su límite, me dijo que allí nos volveríamos a ver. Yo le creo.

- Pero yo de ellos no espero nada bueno…, y frunció el hocico.

- Casimiro fue el primer hombre que conocí —siguió don Cóndor. El primero. Yo era joven y lo vi trepar con unos amigos a nuestro cerro Torre. Nunca había visto a nadie llegar hasta la cumbre, así que me dediqué largo tiempo a observarlos y ver que lograban lo imposible. Me alegré con la alegría de ellos, porque disfrutaban de lo que hacían, aunque eso era terriblemente peligroso. Por aquella época iba poca gente por esos lados y hacían esfuerzos enormes, porque las tormentas eran más fuertes y frecuentes. Pero lo disfrutaban todo con sencillez, yo veía que amaban mi montaña… Al verme me recibían como a un amigo. ¡Buenos muchachos! Me acostumbré a estar con ellos por las tardes. Y con los años volvieron muchas veces. Y con el tiempo, mi hermano Casimiro se quedó a vivir en la punta del lago. Disfrutaba estando con él, mientras me hablaba.

- ¿En italiano?, dijo Mari-mari sonriendo.

- No hacía falta. Compartíamos silencios, aunque él de vez en cuando decía cosas que yo atesoraba. En su tierra era un hombre famoso, un héroe. Tenía una fábrica; donde iba, lo aplaudían; a él le disgustaba. Un día me dijo que él no vivía de la montaña, sino para la montaña, y lo decía criticando a los que solamente buscaban negocios. Lamentaba que otros escaladores famosos se hubiesen arruinado buscando fama y gloria. 

Un día me dijo que a nosotros nos hermanaba nuestro amor por la montaña: “si uno tiene la montaña adentro no se pierde la pasión, si se pierde es porque la montaña, en realidad, era sólo un motivo para sentirse importante”. Ahí, me decía, entró la vanidad, se pierde la humildad y todo se arruina. Siempre. Porque, querida Mari-mari, solo conociéndonos, conociendo nuestros límites, podemos alcanzar esa perfección que se llama felicidad. Y si no los conocemos…

- Los hombres que yo veo solo están interesados en sí mismos…, objetó la Mara.

- En estos largos años que los estoy observando, especialmente después de la partida de Casimiro, te tengo que dar la razón, parece que perdieron lo mejor que tenían. Ya no veo a muchachos como aquellos, hoy los que suben están preocupados por sus récords, sus equipos, sus selfies… ni cantan… Se me da por pensar que los arruinó esa porquería que tienen siempre en sus manos y miran sin cesar.  Y aquellos que disfrutaban la montaña con alegría, dejaron lugar a acróbatas y mercaderes. Suben para mostrarse y no les queda nada después salvo la angustia del vacío. Cuando los miro, no siento desprecio. Siento la misma pena que sentiste tú por el zorro. Han preferido arrastrarse con una máscara de importancia antes que ser libres dentro de sus límites. Esa es la degradación más profunda: la que se impone a sí misma.

Se quedaron un rato en silencio, hasta que el cóndor preguntó:

- Abajo es peor, ¿no?

- Yo nunca encontré a alguien como su amigo Casimiro… Todo es ruidoso, sucio, superficial… “Fingen demencia”.

- El pobre Casimiro se vino para estos pagos buscando algo distinto… Si hoy viviese, probablemente se amargaría: en vez de ser cada vez más inteligentes, los hombres han entontecido… Hoy su casa del lago está abandonada y casi nadie se acuerda de él… Y si lo hacen, no es por lo que él querría.

- ¿Cómo se sostiene el ser cuando todo afuera se desmorona?

- No pidiéndole garantías al abismo, hermanita, le contestó el Cóndor. El hombre moderno se ha vuelto cobarde: quiere controlar el viento, la cumbre… todo… antes mismo de empezar a caminar. Cobarde y perezoso. Esos hombres pasarán, las máquinas se oxidarán, pero lo que se custodia en el silencio queda a salvo para siempre. Cuidá tu madriguera. Vendrán tiempos mejores… aunque no espero verlos.

- Yo sí, necesito verlo y estar con usted, le dijo Mari-mari sospechando un dolor.

- Pewkayal, lamngen…, le dijo el cóndor, alzando vuelo

- ¡Nos espera una eternidad!

- Yo le creo, peñi, yo le creo…

 

***

- ¿Se despidieron para siempre?, preguntó el nieto.

- No, faltaba un último encuentro.