Había una vez… cristianos perseguidos (3)
Esta es la tercera y última nota que prometimos escribir sobre las persecuciones actuales a los cristianos. Ya dijimos que no bastarían ni cientos, ni miles de páginas para conocer el alcance global de esta realidad. En la primera, partimos del mismo lugar en donde empezaron todas las persecuciones: Tierra Santa. Allí retumbarán hasta el fin de los tiempos los gritos que acobardaron a Poncio Pilato: “¡crucifícalo!” Gritos que, al que predicaba y practicaba el amor y el perdón, respondían con odio homicida. Tanto ese amor como ese odio han sobrevivido en lucha por siglos, hasta nuestros días. Lo que describimos en África en la última nota no es distinto de lo que se ha visto antes y de lo que se irá agravándose día a día hasta el Fin de los tiempos. Son todas escaramuzas de la Gran Batalla cósmica. Y conste que fuimos advertidos por Cristo con claridad: “Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a Mí antes que a vosotros…” (Jn XV, 18).
Y vaya si se cumple: el último informe de Puertas Abiertas habla de 388 millones de cristianos perseguidos en el mundo y advierte que crecen día a día. Y no se crea que son cuestiones orientales o africanas tan lejanas. No vamos a centrarnos en eso, pero observen estos últimos años: 1.500 Iglesias incendiadas o vandalizadas en Francia, otras tantas en Estados Unidos, apenas menos en el Reino Unido… ¿Más cerca? 200 en Chile, 40 de ellas destruidas gravemente. ¿Todavía más cerca? 150 en Argentina… A las feminazis es un acto que les gusta especialmente, registrando su marca poética con pintadas explícitas como “la única iglesia que ilumina es la que arde…” Lo vimos en nuestras calles, y está claro que eso no se atreverían a escribirlo ni en mezquitas ni en sinagogas. Aunque convengamos que al lado de otras persecuciones parecen poca cosa… Allí la vida está en juego todos los días.
Pero desde el año 33 la paradoja cristiana comprende que la muerte es vida. Y la sangre, semilla. Sí, sí, ya sabemos que todo es una locura para el que no cree, que el mundo va por otro lado. Y que el mundo persigue siempre lo que no puede comprender. Sin misericordia. Porque la misericordia solamente existe en contexto cristiano, un Reino “que no es de este mundo”. Así es como el cristiano auténtico, al no poder “ver bien” la lógica de ese mundo o al negarse a seguirla, se convierte en un “peligro”: ¡Crucifícalo! El mundo, en su soberbia, abomina de la humildad y la sencillez de Cristo y sus seguidores.
ENTENDERLO
Para comprender la naturaleza de esta persecución en los “tiempos actuales”, es imperativo partir de una premisa fundamental: la historia no es un proceso natural indefinido, sino un drama teológico con nudo y desenlace, cuyo centro es Cristo y cuyo final es la Parusía. En ese drama, los mártires son protagonistas victoriosos. Aunque tenemos que aclarar algo fundamental: peor que las persecuciones sangrientas, son las espirituales.
EL ENEMIGO INTERNO
Los 388 millones de cristianos perseguidos solamente contemplan las persecuciones causadas por enemigos externos. Pero, así como la traición de Judas fue más dolorosa que la de Caifás, la persecución más cruel no proviene necesariamente de los ateos o “antiteos”, sino de los propios “hermanos en religión”: el fariseísmo enquistado muchas veces en la estructura misma de la Iglesia.
El fariseísmo es la corrupción de la religiosidad, la “corrupción de lo óptimo”, un gusano ineludible que convierte el gesto religioso en mueca y la mística en política. Para entenderlo, el testimonio de nuestro gran escritor, el Padre Leonardo Castellani es clave. Él utiliza términos extremadamente fuertes para describir esta lucha intestina, citando a Sófocles: las disputas entre hermanos son “feroces” e “inhumanas”. El “mundo” también se infiltra en las estructuras religiosas para perseguir al cristiano fiel. Y esta infiltración también es mortífera.
Esta persecución moderna se manifiesta en lo que Castellani describió hace décadas como “descristianización”; un proceso que busca que el cristiano aparezca ante sus contemporáneos como un ser peligroso por el solo hecho de defender la verdad. Un fanático que debe eliminarse. La sociedad contemporánea, bajo la “dictadura del relativismo”, desconfía de la razón para alcanzar la verdad y, por ende, margina a quien da testimonio de ella. Así, el martirio de hoy es muchas veces el de la ignominia, el destierro intelectual y la noche oscura.
Otro escritor, contemporáneo de Castellani, Hugo Wast, lo sufrió en carne propia: de ser el autor argentino más leído y traducido, pasó a desaparecer porque lo destrozaron por su Fe. Él lo dijo claro: “algo le falta a un escritor cristiano que no es perseguido a causa de sus obras”. Quite “escritor” y ponga lo que quiera y cuadrará siempre… Un político cristiano: cancelado. Un médico: cancelado. Un juez católico: cancelado. Y sigan ustedes… Y si no me creen, traten de encontrarlos… Las “cancelaciones” también son caras crueles de las persecuciones.
PROFECIAS
San Juan Pablo II y Benedicto XVI advirtieron con lucidez sobre esta realidad. El primero, que había sufrido persecuciones en carne, denunció incansablemente la “cultura de muerte” y las nuevas formas de opresión ideológica. Benedicto XVI, por su parte, diagnosticó con precisión teológica esa “dictadura del relativismo” que no reconoce nada como definitivo y que termina persiguiendo a quienes se mantienen fieles a la verdad revelada. Ambos pontífices, atacados tanto desde fuera como desde sectores internos de la Iglesia, comprendieron que el mayor peligro muchas veces no viene con fuego y espada, sino con sonrisas mundanas, anarquía de ideas y corrección política.
Muchos autores, inclusive no cristianos, imaginan que nos acercamos a un futuro negro donde se impondrá un control policíaco mundial, se abolirá el culto público y se perseguirá con saña la predicación de la Verdad. En este escenario, los fieles, al ser excluidos de la vida social y económica por no adorar la imagen del hombre, tendrán que refugiarse en el “desierto” de la fe pura e interior. Es muy posible. Pero también es posible que el testimonio se deba dar “en las plazas”. El papel del cristiano no es ser meramente la "conciencia crítica de la historia" (un error común de los intelectuales), sino hacer, protagonizar una historia diferente. Pero si algo llega a lograr, será por la oración y mérito de arriba.
CONCLUSION
Vivimos en un mundo “cristofóbico” que prefiere una “cocacola” de cristianismo trucho y vacío, a la fuerte y pura bebida del Evangelio. El cristiano de hoy es perseguido por ser “lo opuesto”, por no hablar por “boca de ganso” y por negarse a adorar los ídolos de la Ciencia, el Dinero y el Estado. Pero, aunque la Cristiandad sea profanada y el santuario parezca asediado, la promesa permanece: el mal será vencido no por fuerzas humanas, sino por el retorno glorioso del Rey. O, mejor dicho: ¡ya fue vencido y para siempre! Nuestra tarea, en este interregno de tribulación, es simplemente no cambiar de bandera con la certeza de saber, como lo saben los mártires de hoy, que Él dijo que nunca nos dejaría huérfanos. Y lo cumplió.
