Había una vez… años de silencio
Se fue para Buenos Aires a los 21 años. Tuvo que acompañar a su abuela que, gravemente enferma, fue derivada al Hospital Rawson. Fue una época muy triste, especialmente porque su abuela era lo último que quedaba de su familia y él tuvo que contemplar cómo día a día se iba achicando, marchitando. “Mama vieja”, le decía. Había sido su madre desde que nació. Su verdadera madre lo abandonó recién nacido y nunca más nadie supo nada de ella, así que doña Adelina se convirtió en padre, hermana y “mamá vieja”. No tan vieja al principio, hay que decirlo, pero los santiagueños tienen esa forma tan linda de llamar a sus abuelas… Ella era de Sumampa.
Hay que decir, en justicia, que Raulito llenó la vida de su abuela con un cariño infinito que nunca ocultó. Y, por eso, cuando tuvo que acompañarla, lo hizo no solamente con la esperanza de verla mejor, sino también con la certeza de cumplir con un deber.
En su pueblo, Santa Victoria, quedaba su novia, Celina. Era una muchacha espléndida, llena de vida, a la que doña Adelina quería como a otra nieta. Siempre les pedía que, cuando tuviesen hijos, a una la llamen Adelina y a otro Raulito.
Raúl se despidió prometiendo escribirle todas las semanas. Y lo cumplió religiosamente todos los meses en que “mama vieja” estuvo internada. Él soñaba con volver, casarse y tener muchas “Adelinas”, y verla a “mama vieja” jugar con sus bisnietos, como no pudo hacer cuando solo era su madre.
Pero la muerte cumplió sus promesas y Raúl se quedó en la ciudad más huérfano que nunca.
En el hospital se hizo amigo de un español que había tenido un accidente en la Patagonia y tuvo que pasar una larga convalecencia. Se cuidaron mutuamente. José, el español, lo quiso a Raúl como a un hijo. Raúl encontró en José a un padre, algo que nunca había conocido. Por eso cuando murió doña Adelina fue natural que José lo invitase a que lo acompañe a sus tierras de Palencia.
Allí tenía una granja y Raúl sabía esas labores. Pero estaba Celina. Por eso no quiso tomar ninguna decisión hasta escribirle y contarle. José, le aseguró que, llegado el momento, podría volver, casarse y decidir qué hacer. En su pueblo, trabajo no tenía. Y eso de volver a su casa solo, sin “mama vieja”, le pesaba. Celina lo aceptó. Se prometieron mil cosas y soñaron el reencuentro.
Pero la vida para Raúl fue más complicada de lo esperado. La “granja” de José era un establecimiento agropecuario con mayúsculas y el trabajo terminó por absorberlo. Se siguieron escribiendo con Celina un par de años y después cayó el silencio. No fue maldad, ni olvido, solo fueron miles de ocupaciones y preocupaciones que día a día le hacían postergar un sueño que todavía guardaba en su corazón.
Pasaron meses, pasaron años. Exactamente fueron 22. A Raúl le parecieron un rato. A Celina toda la eternidad. 22 años hasta que también murió José, el casi padre de Raúl y él se encontró huérfano nuevamente. Allí supo que tenía que volver. Había heredado la mitad de las posesiones de su padre adoptivo, de modo que tenía una posición económica importante. Volvería, sí, pero el viejo huerfanito, ahora era un industrial, un señor.
Al viajar de vuelta a Buenos Aires pensó en alquilar un auto y llegar a su pueblo a lo grande. Causaría sensación. Después creyó que mejor sería recorrer el mismo camino que había hecho al irse. Tren hasta La Quiaca y ómnibus. Le daría tiempo para adaptarse a su tierra, a sus paisajes, a su gente. ¡Tanto los había extrañado! Y, sobre todo, necesitaba pensar en Celina… ¿Por qué había dejado de escribirle hacia tanto tiempo? ¿Se habría casado o todavía lo esperaría?
Cuando llegó, quiso sacar un pasaje. Un poco se rieron cuando lo pidió: “¡Hace casi veinte años que dejó de correr ese tren!”, pero en avión no quería ir, así que se tomó un ómnibus. El que más tardase… Y tardó, pero él disfrutó del viaje mirando y respirando. En La Quiaca lo mandaron a la terminal de ómnibus. Todavía tendría un largo trecho por delante. En tiempo, no tanto en kilómetros.
Llegó casi de noche y tomó alojamiento en un hotelito cualquiera. Era bastante nuevo, así que no esperó conocer a nadie. Salió a comer a ver si encontraba un lugar conocido y lo encontró. Un barcito. Estaba igual. Y al llegar reconoció al dueño. Carlitos lo llamaba cuando era joven Ahora él ya era un cuarentón y Carlitos tenía más pinta de “don Carlos”. No se dio a conocer, pero empezó a preguntar por sus viejos conocidos. No quiso ir al grano.
- ¿Sabe algo de la familia Guzmán, los dueños de la panadería “La espiga de oro”?
- Todos muertos –le contestó secamente.
- ¿Y de doña Angelita, la que vivía al frente de la iglesia?, era una gran amiga de su mama vieja.
- También muerta.
Ni se animó a seguir preguntando. El ánimo de su informante parecía sacado de la funeraria. Comió y salió a pasear. Con temor se acercó a la casa de Celina. Estaba descuidada, pero igual. Se quedó largo rato esperando algún movimiento, pero nada. “Mañana”, pensó.
Los padres de Celina tenían un almacén. Al frente solían poner un par de mesas y sillas para quien quisiese comer algo. Los tamales y las empanadas eran una especialidad. Así que Carlos, por la mañana, rumbeó por otros lados. Caería por allí al mediodía; antes tenía que pasar por la iglesia. Tenía cosas que arreglar con el Jefe. Claro que le sirvió para tomar fuerzas… Le alcanzaron para llegar con sus mejores pilchas y sentarse en la vereda. Al rato, viendo que nadie salía a atenderlo, entró. Todo estaba igual. Hasta le pareció que el almanaque se había quedado en aquellos tiempos: un cuadro de Molina Campos. Al lado descubrió un tesoro: una foto grupal en donde se veían chicos de colegio. En la segunda fila estaba Celina; detrás, él.
Aplaudió y apareció.
- Buenas tardes –le dijo-, ¿en qué puedo servirlo?
- ¿Todavía doña María hace las mejores empanadas de Santa Victoria? –se animó Raúl.
- Murió hace diez años.
- ¿Y la de esta foto no es su hija Celina?
- También murió… igual que el muchachito que está detrás. Raúl se llamaba –y lo dijo con un tono realmente triste... tanto que Raúl le creyó, aunque sabía bien quién era Celina y quién era él mismo.
- ¿Y no hay manera de resucitarlos?
- ¿Para qué?
- Para cumplir un sueño pendiente.
- Ya es tarde, entre los dos sumamos más de 80 años… Sería ridículo…
- Y todavía nos quedarían otros tantos...
- Pero ya no los verán ni Adelina, ni todos los hijos que esperábamos tener…
Y ahí, por primera vez desde hacía más de veinte años, Raúl lloró. Con espasmos de congoja, sabiendo que había perdido el tesoro más grande que podría haber esperado. Y Celina, después de dudarlo un instante, tuvo que consolarlo dándole un beso en la cabeza. Parecía veinte años más joven.
Allí supo que Dios estaba contando cada una de las lágrimas de su futuro esposo y las ponía en su cuenta.
En homenaje a Giovannino Guareschi.
