Había una vez… Dos cóndores (IV y última parte)

Homenaje a Casimiro Ferrari a los 25 años de su partida.

Mi nieto me pidió que le contase el último encuentro entre la Mara y el Cóndor. Lo retrasé varias veces, pero no por perezoso.

Había estado pensando mucho en ellos, tanto que se me hicieron como amigos y me daba pena la despedida a mí también. Me hacía acordar a una frase de Casimiro Ferrari, después de llegar a la cumbre del Cerro Torre: “No me gustó llegar a la cumbre, ahí terminó mi sueño, porque uno no vive de montaña, vive de sueños”.

También vivimos de historias… Así que, si no fuese por la insistencia, los hubiese dejado allí: don Cóndor eternamente planeando, doña Mari-mari eternamente inquiriendo. Esos “sueños” son nuestros anhelos de eternidades… y chocan contra la finitud de lo material. Como la cima, como estos cuentitos o la vida misma.

- ¿Por qué, abuelo, a ese alpinista no le gustó haber llegado a la cima? ¿No era lo que tanto quería?, me preguntó el chico, cuando le contaba cómo fue esa expedición.

- Meses, años tardó en conquistarla… Y la respuesta a tu pregunta es triste: los hombres tendemos a creer que la felicidad es adueñarse de las cosas, llegar a la cumbre física, registrar el récord y sacarnos la foto para que nos vean. Pero lo material es eso… materia… y se termina… como esta historia. Estamos hechos para el anhelo, para lo que no tiene fin…

El viento de las cumbres ya soplaba helado y no quedaba más tiempo, así que tomé coraje y empecé:

- ¡Mari mari, peñi!, esta vez la Mara le gritó desde lejos. Hacía un largo tiempo que no lo veía. El invierno había sido muy duro y los baños de sol demasiado cortos para las ansias con que ella esperaba su regreso.

Don Cóndor planeó largamente sobre ella, mirándola. Torcía el cuello en cada viraje como para no perderla ni un segundo. Se posó a su lado con cierta torpeza. Algo raro, que la hizo inquietar.

- Mari mari, hermanita, ¡aquí estoy, contento! Aunque hoy no aprobaría el examen de aterrizaje.

- En “vuelo y planeo” le pongo un 10 sobresaliente, ¡como siempre!

- Me sentía pesado todo este tiempo… Me costaba un poco salir.

- ¿Y cómo se alimentaba?, Mari-mari era una buena madre y supo que allí había un problema. Pero el Cóndor no le respondió. Se lo veía flacón, más encorvado, de un negro tirando a grisáceo, apagado. Solamente dijo al pasar:

- Nuestros inviernos son duros… y yo ya pasé demasiados. La Patagonia es dura…

- ¡No me afloje, peñi! Para mí usted “es” la eternidad.

- Ni en broma, hermanita. La eternidad no envejece.

- Pensé mucho en su amigo Casimiro…

- Yo lo veo todos los días… cada vez más presente. Charlo con él y me cuenta cosas de su infancia, de sus montañas… En Italia lo llamaban “el cóndor”, ja…  Alguna vez me habló de un amigo suyo “el Padre gaucho de la Patagonia”. A veces lo llamaba Gianni, otras Juan… otro hombre sin máscaras.

- ¿Pero no se había muerto?, le dijo la Mara preocupada por la salud mental de su “hermano”. La respuesta fue elusiva:

- En los últimos tiempos, ya hace muchos años, Casimiro estuvo muy enfermo… Y empeoró justo durante un temporal de invierno, ¡de los peores! Lo fueron a buscar en un helicóptero verde y les costó muchísimo… ¡Cinco veces intentaron aterrizar! Yo lo miraba desde lejos y ni siquiera pude acercarme para despedirlo.

Seguro que él me esperaba…

- …habrá entendido…

- Sí, me lo dijo…

- ¿En verdad me dice que habla con los muertos?

- Si hablo con una Mara, a la que llamo “hermanita”, ¿por qué no voy a poder hablar con alguien que solo pasó “el gran límite”?

- Lo van a tomar por loco…

- ¿Quiénes? Solamente hablo con vos…

- Yo le creo…

- Lo sé, y por eso espero que sigamos hablando, aunque ya no me veas.

- Me vas a dejar, hermanito…, fue la primera y última vez que Mari-mari lo tuteó. Si hubiese podido, sé que don Cóndor hubiese sonreído, pero no podía, así que solo le dijo:

- Pewkayal, lamngen… ¡Nos espera una eternidad!

Abrió sus alas y espero que alguna racha de viento lo ayude a despegar con elegancia. Lo hizo mejor que nunca. Mari-marí se quedó con el corazón tan roto que ni pudo contestarle. Solo al rato pudo decir en voz baja:

- Te creo, peñi…

***

Será que los años lo ponen a uno más sensible, pero lo cierto es que me costaron a mí también decir esas palabras y tuve que hacer un silencio para tomar coraje. Y después también. No era un “Happy end”… o sí… Lo cierto es que nos quedamos mirando el fuego.

Y solo al rato me dijo:

- ¿Vos creés que los animales van al cielo?

- Yo creo que nada que sea bueno, bello y verdadero se va a perder… No me imagino el cielo sin pájaros, por ejemplo.

- Yo tampoco. ¡Qué triste es que haya quienes no lo saben y se lo pierden!

- Eternamente…  Y cuando lo veas al cóndor, ¿cómo le vas a decir?

- ¡Mari mari, peñi…!

- … y él nos va saludar planeando majestuoso y en silencio.

- Pero también vamos a saludar a Mari-mari, si no se va a poner celosa, me dijo sonriendo.